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LA CASTIDAD

 

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Templanza y belleza

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La pasión

 

 

La castidad II

 

 

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Problemas de frigidez y disminución de la libido en la mujer

 

Psicología de la sexualidad

La sexualidad femenina

Sexualidad masculina

La sexualidad del adolescente

 

Los cultos tántricos

 

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La castidadLa sensualidad es la facultad de reaccionar ante los valores sexuales del cuerpo, objeto posible de gozo; el deseo carnal es tendencia permanente de la concupiscencia, provocada por la reacción de la sensualidad.

La sensibilidad y la afectividad dan materia al amor, crean en la interioridad de la persona, y entre las personas, hechos y situaciones favorables para el amor, pero que no son el amor. Llegan a serlo gracias a la integración, porque se encuentran elevados al nivel de las personas cuyo valor es recíprocamente afirmado. Sin ello, estos hechos sociológicos nacidos en la sensualidad o en la afectividad podrían fácilmente hacerse materia de pecado.

La exhuberancia afectiva debida a la sensualidad puede disimular la falta de verdadero amor. El amor se desarrolla gracias a la profundidad de la actitud plenamente responsable de una persona respecto a otra, mientras que la vida erótica no es más que una reacción de la sensualidad y la afectividad.

También se debe examinar la posibilidad de no integración del amor. Este es un estado erótico que tiene una base sensual y sentimental insuficiente para alcanzar el nivel de las personas: subdesarrollo ético del amor.

Las manifestaciones de sensualidad o afecto respecto a una persona de sexo opuesto, nacidas y desarrolladas con mayor rapidez que la virtud, no son el amor. Sin embargo, muchas veces se las toma por amor.

Para el bien del amor, para la realización de su esencia en cada una de las personas y entre ellas, hay que saber librarse de todo erotismo.

La palabra castidad contiene la eliminación de todo aquello que mancha. Es necesario que el amor sea transparente: todo acto que lo manifieste ha de dejar ver el reconocimiento de la persona.

El amor suprime la relación de sujeto a objeto reemplazándola por una unión de las personas en las que sus voluntades se unen porque desean el mismo bien considerado como un fin, sus sentimientos se fusionan porque experimentan en común los mismos valores. Cuanto más profunda y madura sea esta unión, tanto más el hombre y la mujer sentirán que son un sólo sujeto de acción.

Las reacciones de la sensualidad siempre están orientadas hacia el placer y por el cuerpo y el sexo. Estos son los objetivos de la concupiscencia y del amor carnal. Buscar satisfacción y deleite. Tan pronto como lo ha obtenido, toda actitud del sujeto respecto del objeto termina y el interés desaparece hasta el momento en el que el deseo despierte de nuevo. La sexualidad se agota en la concupiscencia. Aquí existe un grave peligro de naturaleza moral. El deseo carnal cambia el objeto del amor, sustituye con "el cuerpo y el sexo" de una persona a la persona misma. Los valores de la persona, tan esenciales en el amor, son reemplazados por los valores sexuales que se han convertido en centrales.

La concupiscencia conduce hacia un "amor" que no es tal sino un erotismo que no tiene como fondo más que el deseo sensual y su satisfacción, hacia un amor que se detiene en el cuerpo y en el sexo y que no llega a la persona, un amor, por lo tanto, no integrado. Es una deformación del amor y un despilfarro de sus materiales, pues la sensualidad suministra materia al amor, pero es la voluntad el que lo produce. Sin ella no hay amor. Lo que sí aparece es la actitud utilitaria respecto de la persona que viene a ser objeto de placer.

La afectividad es, de alguna manera, una protección natural contra la concupiscencia del cuerpo, porque es la facultad de reaccionar ante los valores sexuales ligados a las personas de sexo opuesto, es decir, a la feminidad o masculinidad, y no a los valores del cuerpo en cuanto a objeto posible de gozo. El amor afectivo parece tan puro que toda comparación con la pasión sexual parece degradarlo pero, no es todavía el amor.

La integración del amor exige que el hombre de forma a sus reacciones sensuales y afectivas afirmando el valor de la persona y dando vida a una verdadera unión de éstas.

Así, el sentimiento desvía nuestra mirada de la verdad, reemplaza los hechos objetivos y sus principios y se convierte en criterio de valor de los actos, que son "buenos" si así los siento. Al final, el placer llega a ser el único valor y la base de toda apreciación; resulta confusión y pérdida no sólo de la esencia del amor sino también del carácter erótico, pues la sensualidad y la afectividad suministran materia al amor, es una desvirtuación del proceso objetivo del amor en las personas.

El egoísmo se concentra únicamente en el "yo" del sujeto y busca la manera de realizar su propio bien sin preocuparse del de los otros; excluye el amor porque excluye el bien común y la reciprocidad. Todo lo que una persona egoísta puede desear es el placer del otro "a parte" o "a condición" del suyo propio. No ha de considerarse el placer como un mal, en sí mismo es un bien (como todo lo creado por el Padre) sino que el mal moral está en la orientación de la voluntad hacia el mero placer. "Lo que es" no es malo, pero puede ser mala la voluntad que ejercemos con respecto a "lo que es".

El placer es fruto de las aspiraciones a la afirmación del otro; y sin embargo no debería ser el fin principal de esas aspiraciones. El hecho de elevar ese fruto a rango de fin principal es un acto de egoísmo. Este egoísmo no sólo hace daño a la persona objeto del "amor" rebajándola al nivel de medio para la obtención de un fin, sino que también dificulta al sujeto de la acción la consecución de la felicidad plena. Ya que la felicidad se logra a través de la entrega en el amor hasta perderse. (Si el grano de trigo no muere se queda sólo, si muere dará mucho fruto). Por esta razón es moralmente incorrecto tanto someter a otras personas a la búsqueda de nuestro placer, como buscar para el otro un bien tal que no respete la dignidad de la persona.

El verdadero bien de la persona no se identifica únicamente con el placer sino que es difícilmente calculable; existe el peligro de preferir bienes "calculables" a aquellos cuya realización requiere en ocasiones mucho tiempo y sacrificio, como la plena realización de la persona a través del amor recíproco de los esposos. Este amor es digno y glorioso cuando tiene como fin la felicidad plena de la otra persona y no sólo una simple multiplicación de placeres y evitar disgustos.

El deber del ser humano es amar. La verdad sobre el pecado original explica ese mal fundamental y universal que nos impide amar simple y espontáneamente, transformando el amor de la persona en deseo de gozo.

Ni la sensualidad ni la concupiscencia del cuerpo son un pecado en sí mismas, porque sólo puede ser pecado un acto voluntario, consciente y consentido, ya sea una acción interior o exterior. El pecado de la concupiscencia de cuerpo comienza con la actitud pasiva de consentimiento. Nadie puede autoexigirse que las reacciones de la sensualidad no se manifiesten en él ni que cedan desde que la voluntad rehúsa el consentir, incluso opone su repulsa. Esto es importante para la práctica de la virtud de la continencia. "No querer" es diferente de "no sentir" o "no experimentar".

El pecado surge cuando el sujeto rehúsa subordinar el sentimiento a la persona y el amor, y de que, en cambio, lo subordina al sentimiento y al placer. Éste es el llamado "amor culpable". El peligro de este amor reside en una ficción, a saber, que en el momento en que es experimentado y, antes de toda reflexión, no es vivido como "culpable" sino sobre todo como "amor".

La voluntad conduce al pecado cuando está mal orientada, cuando se deja guiar por una falsa concepción del amor.

"Es bueno lo que es agradable". La tentación del placer reemplaza entonces a la visión de la verdadera felicidad.

El pecado es una violación del bien verdadero. En el amor entre el hombre y la mujer este bien es, sobre todo, la persona, no los sentimientos en sí mismos ni, menos todavía, el placer por sí mismo. Éstos son bienes secundarios, los cuales no bastarían por sí solos para construir el amor, en cuanto unión durable entre personas.

Existen en el ser humano fuerzas irracionales que le permiten subjetivar no sólo sus visiones teóricas sobre la felicidad (creencias) sino en particular sobre la manera práctica de mantenerse en ella, y que abren así el camino para los egoísmos que desintegran y destruyen el amor humano.

Un examen profundo demuestra la falta de esencia moral del amor en lo que muchas veces se llama "manifestación del amor", incluso "amor", y que, a pesar de las apariencias, no es sino una forma de placer de la persona. De ahí proviene el grave problema de la responsabilidad en lo que al amor y a la persona se refiere.

El deber de la voluntad es el de protegerse contra las fuerzas desintegradoras del "amor malo". El buen amor de uno puede transformar el amor malo del otro, así como el amor malo de uno puede envilecer el bueno.

No puede comprenderse el significado de la virtud de la castidad más que a condición de ver en el amor una función de la actitud recíproca de las personas, que tienden a su verdadera unión.

Los movimientos sensuales que tienden a los bienes sensibles han de estar subordinados al entendimiento; tal es el papel de la templanza. Si el hombre carece de esta virtud, la voluntad puede ceder fácilmente a los sentidos y pretender como fin solamente lo que ellos tienen por bien y desean. La virtud de la templanza ha de defender al ser racional contra semejante adulteración.

La virtud de la castidad es una aptitud para dominar los movimientos, reacciones de concupiscencia. No puede comprenderse la castidad más que con relación a la virtud del amor. Ella tiene la misión de liberar el amor de la actitud de gozo. Esta actitud resulta no tanto de la sensualidad o la concupiscencia del cuerpo cuanto del subjetivismo del sentimiento, y sobre todo del subjetivismo de los valores que se enraíza en la voluntad y crea condiciones propicias al desarrollo de diferentes egoísmos (de los sentimientos y de los sentidos).

Tales son las disposiciones para el "amor culpable", que entraña bajo las apariencias del amor la actitud de gozo. La virtud de la castidad, cuyo papel consiste en libertar el amor, ha de controlar no sólo la sensualidad y la concupiscencia del cuerpo, sino también, y aún más, la de los centros internos del ser humano, en los cuales nace y se desarrolla la actitud de gozo. Para llegar a la castidad es indispensable vencer en la voluntad todas las formas de subjetivismo y todos los egoísmos que ellas encubre: cuanto más camuflada está en la voluntad la actitud de gozo, tanto más peligrosa es; al amor culpable raramente se le llama culpable sino amor, así quiere imponer, a sí mismo y a los otros, la convicción de que es así y no de otra manera. Ser casto, puro, significa tener una actitud transparente respecto de la persona de sexo diferente. La castidad es la transparencia de la interioridad, sin la cual el amor no es amor y no lo será hasta que el deseo de gozar esté subordinado a la disposición para amar en todas las circunstancias.

No es necesario que esta transparencia de la actitud respecto de la persona de sexo opuesto consista en rechazar hacia lo subconsciente los valores del cuerpo o el sexo en general, o en hacer creer que no existen o son inoperantes. A menudo se entiende la castidad como un freno ciego de la sensualidad y los impulsos carnales, que rechaza los valores del cuerpo y el sexo confinándolo en el subconsciente, donde aguardan ocasión para explotar. Ésta es una falsa concepción de la castidad. Muchas veces se piensa que la virtud de la castidad tiene un carácter puramente negativo, que no es más que una serie de negativas. Por el contrario, se trata de un "sí" del que enseguida resultan los "noes". El desarrollo insuficiente de la castidad se traduce en que se tarda en afirmar el valor de la persona y se deja la supremacía a los valores del sexo, los cuales, al apoderarse de la voluntad, deforman la actitud respecto a la persona de sexo opuesto. La esencia de la castidad consiste en no dejarse "distanciar" del valor de la persona y en realzar a su nivel toda reacción ante los valores del cuerpo y el sexo. Ello exige un esfuerzo interior y espiritual considerable, porque la afirmación del valor de la persona no puede ser más que el fruto del espíritu. Lejos de ser negativo y destructor, este esfuerzo es positivo y creador desde dentro. No se trata de destruir los valores del cuerpo y el sexo en la conciencia rechazando su experiencia y confinándola en el subconsciente, sino de realizar una integración duradera y permanente: los valores del cuerpo y el sexo han de ser inseparables del valor de la persona.

La castidad verdadera no puede conducir al menosprecio del cuerpo ni al desprecio del matrimonio y la vida sexual. No se puede reconocer ni experimentar plenamente el valor del cuerpo y del sexo más que a condición de haber realzado estos valores al nivel del valor de la persona. De modo que únicamente un hombre y una mujer castos serán capaces de experimentar un verdadero amor. La castidad suprime en sus relaciones y en su vida conyugal la actitud de gozo, que es contrario al amor y por eso mismo, introduce en estas relaciones una disposición enteramente particular para amar. Los seres humanos, los hombres de manera un poco diferente que las mujeres, han de progresar interiormente para llegar a ese amor puro, han de madurar para poder apreciar su sabor. Porque toda persona marcada con la concupiscencia del cuerpo tiende a encontrar el sabor del amor sobre todo en la satisfacción de la concupiscencia. Por esta razón, la castidad es una virtud difícil y cuya adquisición requiere tiempo; es necesario aguardar sus frutos y la alegría de amar que ella debe aportar. Pero es la vía verdadera e infalible que conduce a este gozo.

La castidad no conduce en modo alguno al desprecio del cuerpo, pero sí que implica cierta humildad, la debida actitud de humildad respecto de toda verdadera grandeza, sea "mía" o no. El cuerpo humano ha de ser humilde ante la grandeza de la persona, porque ésta es la que da medida al ser humano y ante la grandeza del amor, ha de subordinarse a ella y, la castidad es lo que conduce a esta sumisión.

El cuerpo humano ha de ser humilde en presencia de la felicidad humana. (Cuántas veces pretende ser el único poseedor de la llave de su misterio! Si así fuere, la felicidad se identificaría con la voluptuosidad, con la suma de gozos que el cuerpo y el sexo proporcionan en las relaciones entre el hombre y la mujer.

¡Cuánto impide esta concepción superficial de la felicidad que se vea que el hombre y la mujer pueden y deben buscar su felicidad temporal, terrestre, en una unión duradera de las personas, en una afirmación profunda de sus valores! Con mayor razón, el cuerpo, si no es humilde, y subordinado a la verdad integral acerca de la felicidad humana, puede oscurecer su visión suprema: la unión de la persona humana con el Dios-persona: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".

 

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