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  LA ALEGRÍA. REFLEXIONES

Voy a compartir con ustedes una reflexión sobre la alegría y al hacerlo deseo brindarle un homenaje a la memoria de mi padre, Francisco, la persona más risueña y alegre que he conocido. Todavía resuena en mis oídos una de sus citas favorita: “Yo me río hasta de mi propia sombra”, y no eran palabras vanas, su sentido del humor empezaba a desbordar en su propia persona.

A pesar de que hubo muchos momentos en su vida en la que tuvo que enfrentar situaciones difíciles –Guerra Civil española-, siempre conservó esa alegría a toda prueba, porque su felicidad estaba afincada en una fe inquebrantable. En este mundo lleno de estrés, qué gratificante es encontrarse con personas alegres, ellas llevan la luz divina en su mirada y en su sonrisa, realmente nos iluminan la vida, porque su alegría, siembra esperanza y nos dan fuerzas para seguir adelante.

La alegría es la esencia más importante y necesaria de la vida, no se compra ni se vende, sin embargo, cualquier persona daría su fortuna por ser feliz. Alguien dijo en una ocasión: ”Si yo tuviera que pedir un don, un solo don, pediría, y creo que sin dudarlo, que me fuera concedido el supremo arte de sonreír”.

Los afanes de la vida cotidiana nos hace cada día más insensibles, no tenemos tiempo para cultivar la alegría de vivir. Cada día estamos más cansados, más hastiados y más tristes, la depresión es un mal colectivo en nuestra sociedad. Hagamos un alto en el camino. Tenemos muchos más motivos para estar alegres que para estar abatidos. Hoy en día las personas están muy apresuradas, por lo tanto, han perdido su alegría y han extraviado un gran tesoro, el cual tiene que reencontrar. Es muy triste vivir siempre con
prisas, pasando por la vida corriendo, abriéndonos paso a empujones para alcanzar metas que nos impone una sociedad frívola, consumista y materialista. Hasta la manera que tenemos de divertirnos es tan agotadora, tan vacía, que muchas veces esta diversión es falsa y cada vez hay en ello menos alegría verdadera. Sólo nos aturde y nos hace olvidar temporalmente nuestros problemas.

Todos, en algún momento, hemos experimentado el dolor de los contratiempos, de las mentiras, de los desengaños, del cansancio, del fracaso y de las derrotas, pero hemos aprendido que con la actitud correcta, podemos superar todos estos acontecimientos. La mejor forma de capacitarnos en la alegría, es sonriendo.

Todos nosotros en nuestra mente tenemos a una persona que en una ocasión nos ofreció una sonrisa, y ese recuerdo permanece para siempre en nuestra memoria. Cuando la alegría brille en tus ojos, la confianza abrirá las puertas del éxito. La alegría nos es dada a través de las pequeñas cosas de la vida, contemplar el amanecer, oír el canto de un pájaro, escuchar buena música, recordar un poema, la lectura de buenos libros, el servicio generoso que le hacemos al prójimo, el deseo de superación personal y la participación activa en la sociedad a la que pertenecemos.

La alegría surge cuando vivimos y obramos conscientemente, con un conocimiento que refleja en frases como éstas:

• Satisface tus necesidades sin mermar las del resto de tu comunidad.

• Vive respetando el derecho a la vida y al desarrollo de los demás.

• Salvaguarda el derecho a la vida y a la salud de todas las cosas vivas.

• Persigue la felicidad, la libertad y la realización personal teniendo en consideración los intereses similares de los demás.

• Ayuda a los menos privilegiados a vivir sin hambre ni miseria.

• Preserva o recupera la integridad del medio ambiente.

• Ayuda a los niños y a los jóvenes a que descubran formas de pensamiento y actúen por sí mismos.

• Pide a tu gobierno que trate con las demás naciones de forma pacífica y cooperativa.

• Patrocina empresas que no dañen el medio ambiente.

• Escucha sólo a los medios de comunicación que proporcionen información de confianza. Y luego reflexiona.

Y por último, seamos coherentes, que es la capacidad de actuar en armonía con las propias convicciones. Convicción, en el sentido que se usa, significa conciencia, por lo tanto coherencia es una actitud que permite relacionar nuestros actos con nuestra filosofía de vida.

¿Nos preguntamos cómo se desarrolla la recta conciencia? La forma de hacerlo es aplicándola, ejercitándola. En otras palabras, la conciencia se forma utilizándola a partir del examen de los hechos cotidianos. Ese examen se realiza a la luz de nuestro sistema de creencias, las cuales deberían estar dirigidas al bien personal y de la colectividad. En el desarrollo de la coherencia se necesitan de cuatro grandes virtudes: la prudencia que nos dispone a discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien, y a elegir los medios rectos para realizarlos. Es la regla de oro de todo comportamiento que guía el juicio de la conciencia. Gracias a esa virtud, podremos superar las dudas en las situaciones concretas.

Otra de las virtudes en juego es la justicia. Es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar al prójimo lo que es debido, disponerse a respetar los derechos de cada uno y establecer, en las relaciones humanas, la armonía que promueve la equidad, respeto a las personas y el bien común. Junto con la prudencia, es posiblemente la virtud más necesaria y probablemente la más ausente. Otra de las virtudes que influyen en la coherencia es la fortaleza. Expresa la capacidad para perseverar, resistir y ser constante en la búsqueda del bien.

Reafirma la resolución de superar obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza nos hace capaces de vencer el temor, incluso a la muerte y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. La última condición virtuosa que contribuye a la coherencia y tal vez la menos valorada es la virtud de la templanza, que modera la atención al placer y vela por él equilibrio en el uso y provecho de los bienes creados, evitando todo exceso. Significa autocontrol, y es una condición necesaria para la honestidad y la discreción.

Y volviendo al principio, tratemos de sonreír más a menudo, la sonrisa contagia la serenidad y la paz. La sonrisa es la mejor medicina para el alma abatida por el sufrimiento.

 

 

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