La Página de la Vida / www.proyectopv.org Página Principal

   Recibe tu Boletín            Vídeos             Libros, presentaciones, posts...

 
   
 
 
 
 
Búsqueda personalizada
 
 

 
 

LA COMPRENSIÓN

Conocernos a nosotros mismos, sin duda significa conocer nuestra relación con el mundo, no sólo con el mundo de las ideas y de las personas, sino también con la naturaleza, con las cosas que poseemos. Nuestra vida es eso, relación, relación con todo.

Comprender esta relación no exige, evidentemente, especialización. Lo que se requiere es una clara conciencia para hacer frente a la vida en su totalidad. Sin embargo, los seres humanos no sabemos, en general, cómo se puede ser consciente. Ese es nuestro problema.

No sabemos cómo uno va a tener esa clara conciencia, sin que ello signifique poseer la especialización de aquellos que "saben", como los psicólogos, gurús o sacerdotes, maestros... No sabemos cómo vamos a ser capaces de enfrentarnos a la vida como un todo.

Enfrentarnos a la vida como un todo implica no sólo ser conscientes y obrar apropiadamente en nuestras relaciones personales con el prójimo, sino también con la naturaleza, con las cosas que poseemos, con las ideas, y con las cosas que la mente elabora, tales como ilusiones, deseos, y todo lo demás.

No hay vida sin relación; y comprender esa relación no significa aislamiento. Ello requiere, por el contrario, un pleno reconocimiento o comprensión del proceso total de la vida de relación.

Debemos vivir con una clara conciencia, darnos cuenta de las cosas, de nuestra relación con una persona, de cómo percibimos los árboles, el canto de un pájaro. Pero no podemos darnos cuenta de la vida si nuestra mente se encuentra en movimiento, si estamos leyendo por ejemplo un periódico. Para darnos cuenta es necesario encontrarnos en la actitud y compostura adecuada, y ver con claridad las respuestas superficiales de la mente, así como de las respuestas íntimas.

Para darnos cuenta de cualquier cosa, primero, sin duda, debemos darnos cuenta de nuestra respuesta al estímulo, lo cual es un hecho evidente. Yo veo los árboles, y hay una respuesta; luego viene la sensación, el contacto, la identificación y el deseo. Ese es el proceso corriente. Podemos observar lo que de hecho ocurre, sin necesidad de estudiar libro alguno.

De suerte que, por la identificación, sentimos placer y dolor. Y nuestra “capacidad” es ese interés por el placer y por evitar el dolor. Si algo os interesa, si nos brinda placer, inmediatamente surge la “capacidad”; hay inmediata comprensión de ese hecho; y si él es doloroso, se desarrolla la “capacidad” para evitarlo. De modo que, mientras dependamos de la “capacidad” para comprendernos a nosotros mismos, fracasaremos, porque la comprensión de nosotros mismos no depende de capacidad alguna. No es una técnica que, a fuerza de pulirla constantemente, desarrollamos, cultivamos y acrecentamos a través del tiempo. Esta comprensión de uno mismo puede ponerse a prueba, seguramente, en la vida de relación. Puede ponerse a prueba en nuestra manera de hablar, en nuestro modo de conducirnos. Observémonos simplemente, sin condenar, sin ninguna identificación, sin comparación alguna. Observemos simplemente, y veremos que ocurre una cosa extraordinaria. No sólo ponemos término a una actividad que es inconsciente ‑porque la mayoría de nuestras actividades son inconscientes-, no solamente ponemos término a eso, sino que, además, captamos los móviles de lo que hemos hecho, sin adquirir, sin tener que verbalizar en ello.

Cuando tenemos una clara conciencia vemos el proceso total de nuestro pensar y de nuestra acción; pero esto puede ocurrir tan sólo cuando no hay condena alguna. Cuando yo condeno algo, no lo comprendo; y este es un modo de evitar toda comprensión. La mayoría de nosotros lo hace adrede; condenamos inmediatamente y creemos haber comprendido. Si en vez de condenar algo, lo consideramos, nos damos cuenta de lo que es, entonces el contenido de esa acción, su significado, empieza a revelarse. Experimentemos con esto y lo veremos por vosotros mismos. Debemos darnos cuenta simplemente, sin sentido alguno de justificación; lo cual podría aparecer más bien negativo, pero no lo es. Por el contrario, tiene la cualidad de la pasividad, que es acción directa. Esto lo descubriremos si lo ponemos a prueba.

Después de todo, si queremos comprender algo debemos hallaros en estado de ánimo pasivo. No podemos continuar pensando en ello, especulando al respecto, poniéndolo en tela de juicio. Tenemos que ser lo bastante sensibles para captar su contenido. Es como si fuéramos una placa fotográfica sensible. Si yo deseo comprenderte, tengo que ser pasivamente perceptivo; entonces empiezas a revelarme lo que eres. Eso, por cierto, no es cuestión de capacidad ni de especialización. En ese proceso empezamos a comprendernos a nosotros mismos; no sólo las capas superficiales de nuestra conciencia, sino las más profundas, lo cual es mucho más importante; porque es allí donde están nuestros móviles o intenciones, nuestros ocultos y confusos deseos, ansiedades, temores, apetitos. Puede que exteriormente tengamos dominio sobre todo eso, pero en nuestro interior todo eso está en ebullición. Mientras no lo hayamos comprendido por completo, mediante una clara conciencia, es evidente que no puede haber libertad, no puede haber felicidad, ni hay inteligencia.

La inteligencia tampoco depende en absoluto de la especialización. Entendemos por inteligencia la comprensión total de nuestro proceso. Y esa inteligencia no puede cultivarse  mediante ninguna forma de especialización. Porque eso es lo que ocurre, que se intenta cultivar la inteligencia mediante las especialidades. El sacerdote, el médico, el ingeniero, el industrial, el hombre de negocios, el profesor: nosotros tenemos la mentalidad de que las especialidades son imprescindibles.

Creemos que para realizar la más alta forma de inteligencia ‑que es la verdad, que es Dios, que no puede ser descrita- tenemos que hacernos especialistas. Estudiamos, buscamos a tientas, investigamos, y, con mentalidad de especialistas o ateniéndonos al especialista, nos estudiamos a nosotros mismos para desarrollar una capacidad que ayude a aclarar nuestros conflictos, nuestras miserias.

Nuestro problema ‑si es que de alguna manera nos damos cuenta de ello- consiste en saber si los conflictos, las miserias y las penas de nuestra existencia diaria pueden ser resueltos por otra persona; y si no pueden serlo, conocer cómo nos será posible enfrentarlos. Es obvio que, para comprender un problema, se requiere cierta inteligencia; y esa inteligencia no puede derivarse de la especialización ni cultivarse mediante la especialización. Ella surge tan sólo cuando captamos atenta y pasivamente el proceso total de nuestra conciencia, lo cual consiste en darnos cuenta de nosotros mismos sin opción, sin escoger entre lo bueno y lo malo. Cuando estemos pasivamente alertas, en efecto, veremos que como consecuencia de esa pasividad ‑que no es pereza, que no es somnolencia sino extrema vigilancia- el problema tiene un sentido completamente distinto; y ello significa que no hay ya identificación con el problema, y, por lo tanto, no hay juicio alguno; y así el problema empieza a revelar su contenido. Si podemos hacer eso constantemente, en forma continua, todo problema puede ser resuelto de manera fundamental, no superficialmente. Y esa es la dificultad, porque la mayoría de nosotros somos incapaces de estar atenta y pasivamente conscientes en nuestra propia vida, dejando que el problema revele su significación sin que lo interpretemos.

No sabemos cómo considerar un problema desapasionadamente. Por desgracia, no somos capaces de hacer eso, porque queremos que el problema nos brinde un resultado, deseamos una respuesta, buscamos un fin; o tratamos de interpretar el problema de acuerdo con nuestro placer o dolor; o ya tenemos la respuesta de cómo habérnoslas con el problema. Por lo tanto abordamos un problema, que siempre es nuevo, con una vieja pauta. El reto, el estimulo es siempre lo nuevo, pero nuestra respuesta es siempre lo pasado; y nuestra dificultad consiste en enfrentarnos al reto adecuadamente, esto es, plenamente. El problema es siempre un problema de relación ‑con las cosas, con las personas, con las ideas. No existe otro problema. Y para hacer frente a este problema de relación, con sus exigencias siempre variables, para encararlo como es debido, adecuadamente, uno tiene que captar con plena atención de un modo pasivo; y esa pasividad no es cuestión de voluntad, de determinación, de disciplina. El darnos cuenta de que no estamos en actitud atenta y pasiva es el comienzo. En la comprensión de que deseamos una respuesta determinada a un problema dado, está, sin duda, el comienzo; es decir, en conocernos a nosotros mismos en relación con el problema, viendo cómo lo encaramos. Entonces, según vamos conociéndonos a nosotros mismos en relación con el problema ‑cómo respondemos, cuáles son nuestros diversos prejuicios y exigencias, qué perseguimos, al hacer frente al problema-, esta comprensión revelará el proceso de nuestro propio pensar, de nuestra propia naturaleza interior; y en ello hay liberación.

Lo importante es darse cuenta sin optar, porque la opción trae conflicto. El que escoge está en confusión, y por eso escoge; si uno no está confuso, no hay opción. Sólo la persona que está confusa escoge lo que hará o no hará. El ser humano en quien hay claridad y sencillez no escoge; lo que es, es. La acción basada en una idea es evidentemente resultado de la opción, y dicha acción no es libertadora; por el contrario, sólo crea más resistencia, más conflicto, de acuerdo con ese pensar condicionado.

Lo importante; en consecuencia, es comprender de instante en instante sin acumular la experiencia que proviene de esa comprensión; porque, en cuanto acumulamos, sólo nos damos cuenta de acuerdo a esa acumulación, a esa pauta, a esa experiencia. Esto es, nuestra comprensión está condicionada por nuestra acumulación, y, por lo tanto, ya no hay observación sino simplemente interpretación. Donde hay interpretación, hay opción, y la opción trae conflicto; y en el conflicto no puede haber comprensión.

La vida es cuestión de relación; y para entender esa relación, que no es estática, tiene que existir una comprensión que sea flexible, alerta y pasiva, no agresivamente activa. Y, como ya hemos dicho, esa comprensión pasiva no adviene por medio de disciplina o práctica alguna. Consiste simplemente en darse cuenta, de instante en instante, de nuestro pensar y sentir, y no sólo cuando estamos despiertos; porque veremos, a medida que penetremos en ello más a fondo, que empezamos a soñar, que empezamos a proyectar a lo consciente toda clase de símbolos, que interpretamos como sueños. Abrimos, pues, la puerta hacia lo inconsciente, que entonces se convierte en lo conocido; mas para encontrar lo desconocido tenemos que continuar más allá de la puerta. Esa, por cierto, es nuestra dificultad. La Realidad no es algo que pueda ser conocido por la mente, porque la mente es el resultado, la acumulación de lo conocido, de lo pasado. La mente, por lo tanto, tiene que comprenderse a sí misma y su funcionamiento, tiene que comprender su verdad; y sólo entonces es posible que lo desconocido sea.

 

 

Menú de este tema

Home