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CONOCIMIENTO Y PAZ. REFLEXIONES

Los niños representan la sinrazón máxima de los conflictos armados. A poca distancia del lugar donde hace unos días un adolescente fue descubierto con un cinturón con explosivos, ayer un niño de seis años murió en el campo de refugiados de Balata, en Naplusa, de un tiro en la cabeza durante un tiroteo entre soldados israelíes y milicianos palestinos.

Como es habitual, palestinos e israelíes se culpaban ayer de la muerte de Jaled Walweel, que estaba en su casa jugando cuando una bala perdida le atravesó la cabeza.

No puede ser de otra forma cuando se intenta apagar una hoguera arrojando gasolina en ella.

Israel siempre presume de ser el único país democrático de Oriente Próximo, y a continuación se arroga el derecho de utilizar en la lucha contra el terrorismo todos los métodos antidemocráticos a su disposición, que son muchos, visto el poderío de su Ejército, armas de destrucción masiva incluidas. Los abogados del Estado judío alegan que Israel tiene derecho a defenderse, como si la legítima defensa no tuviera límite ni medida. Como si fuera ya indispensable la guerra preventiva para el nuevo orden mundial. La verdadera pregunta es otra: ¿acaso se puede acabar con el asesinato matando a todos los asesinos? La ley del talión no es democrática, civilizada ni eficaz, llevamos ya muchos siglos comprobándolo.

En este mundo, nuestro primer y más importante deber es aprender de dónde vinimos, porqué vinimos, y adonde vamos. La búsqueda del conocimiento es, por tanto, una obligación. En esta vida, el conocimiento es la guía más verdadera.

Algunas personas leen muchos libros pero no pueden aprender lo que leen, y algunos son incapaces de asimilar aquello que han llegado a conocer. No hay diferencia entre quienes leen sin aprender y no practican lo que han aprendido, y el burro cargado de libros. El poner a prueba nuestra comprensión, nuestra reflexión y posteriormente nuestro discernimiento no es tarea fácil.

 

Conocer es comprender el conocimiento,
conocer es comprenderse a sí mismo,
ya que no te comprendes a ti mismo,
¿de qué sirve leer?


El conocimiento sin contemplación causa iguales sufrimientos que el alimento no digerido. Leer podría entenderse simplemente como pasar las páginas, pero la reflexión y la meditación requieren que el lector aplique sus poderes de comprensión. Leer es la habilidad práctica de conocer los valores simbólicos de las letras, mientras que la verdadera comprensión exige el conocimiento de aquello a lo que estos símbolos se refieren.

El hombre llega a ser verdaderamente humano, cuando vislumbra que fue creado con amor, y que el inicio de la búsqueda de su propia verdad es la iniciación de la sabiduría.

La paz es un valor muy deseado por todos, incluso por esos sesudos analistas geoestratégicos con los que cuentan las grandes potencias, también es deseado por esos manipulados combatientes de cualquier nación pobre, un concepto entendido de formas muy diversas, incluso opuestas. No se puede contar con la violencia para detener la violencia, es preciso que cada sociedad, y la humanidad entera, haga prevalecer sus objetivos generales sobre los intereses particulares. Es preciso que la práctica del dialogo y una moral del amor, o simplemente de la comprensión, modifiquen las instituciones y las costumbres. La paz solo podrá ser posible cuando sea un estado o condición gracias a la cual los ciudadanos o los grupos interesados saquen más ventajas que desventajas, siendo su expresión la colaboración armónica y constructiva.

Pero, ya sabemos que “No hay peor sordo que el que no quiere oír”.

 

El pastor sordo

Había una vez un pobre pastor de cabras. Todos los días, en busca de pastos frescos, llevaba su rebaño a una colina que dominaba el pueblo donde vivía con su familia. Era sordo, pero eso no le importaba en absoluto. Un día su esposa se olvidó de darle la bolsa que contenía su almuerzo y tampoco envió a su hijo para que se lo llevara, como había ocurrido en otras ocasiones, aun cuando el sol estuviese en todo su apogeo.

“Iré a casa por ella” pensó el pastor, “no puedo quedarme aquí sin comer nada hasta que el sol se esconda”.

De repente vio a un hombre que estaba cortando arbustos en la ladera de la colina. Se acercó a él y le dijo: “Hermano, por favor vigila las cabras para que no se pierdan, pues a mi esposa se la ha olvidado mi comida, y debo regresar al pueblo a por ella”. Pero el que cortaba los arbustos también era sordo y no comprendió lo que quería decir el pastor.

Entonces le dijo: “¿Porqué habría de darte alguno de los arbustos que estoy cortando para mis propios animales? Tengo dos borregos y una vaca en mi casa, y he de caminar mucho para hallarles comida. ¡No, vete de aquí! Pues no quiero saber nada de gente como tú, que solo quieren quitarme lo poco que me pertenece”. E hizo un ademán de burla con la mano, riéndose a carcajadas. El pastor no oyó lo que el hombre le dijo y contestó: “Oh, gracias por aceptar, generoso amigo; iré tan rápido como pueda. Bendito seas, ahora me siento más tranquilo”.

Corrió hacia la aldea y fue hasta su humilde choza. Encontró a su esposa enferma con fiebre y a la esposa del vecino atendiéndola. Tomó su bolsa de comida y regresó corriendo a la colina. Contó las cabras cuidadosamente y no faltaba ninguna. El cortador de arbustos todavía estaba ocupado en su trabajo, y el pastor dijo para sí: “¡Caramba, qué excelente persona es ésta tan digna de confianza! ¡Ha cuidado mis cabras para que no se extravíen y ni siquiera busca el agradecimiento por su servicio! Lo obsequiaré con esta cabra lisiada que, de todas maneras, pensaba matar. Será una rica cena para él y su familia”.

De manera que cargando la cabra sobre sus hombros, corrió exclamando: “Oh, hermano, he aquí un regalo por haber cuidado de mis cabras mientras yo estaba ausente. Mi pobre esposa tiene fiebre, y eso lo explica todo. Prepara esta cabra para tu cena de hoy, ves, tiene una pata lisiada, y, de todas maneras, pensaba matarla”.

Pero el otro no oyó sus palabras, y gritó furioso: “¡Despreciable cabrero, no vi lo que pasó mientras estuviste ausente. ¿Cómo puedo ser responsable de la pata de tu infernal animal? ¡Yo estaba ocupado cortando estos arbustos y no tengo ni idea de cómo ocurrió! Lárgate de aquí o te golpearé”.

El pastor estaba asombrado por los gestos de furia que hacia el hombre, pero no podía oír lo que decía, así que llamó a un hombre que pasaba por allí, montado en un esbelto caballo. “Noble señor, te suplico, por favor, que medigas qué está diciendo este cortador de arbustos. Soy sordo, y no sé por qué me ha rechazado el regalo de la cabra con tal furia”.

El cabrero y el cortador de arbustos le empezaron a gritar al viajero, que desmontó y camino hacia ellos. Era ladrón de caballos y sordo como una tapia. Se había perdido y quería preguntarles dónde estaba. Pero, cuando vio los gestos de furia de los otros dos hombres, dijo: “Sí, hermanos, robé el caballo, lo confieso, pero no sabia que os pertenecía. ¡Os suplico que me perdonéis, pues tuve un momento de tentación y actué sin pensar!”.

“No tuve nada que ver con la pata lisiada de la cabra” gritaba el cortador de arbustos.

“Haz que me diga por qué no acepta mi regalo” urgía el cabrero “¡Sólo quería dársela como una muestra de aprecio!”

“Ciertamente admito haber robado el caballo” decía el ladrón, “pero soy sordo y no puedo oír cual de vosotros es el dueño”.

En ese momento apareció un viejo derviche por el camino polvoriento hacia la aldea. El cortador de arbustos corrió hacia él y tirando de su manto, dijo:

“Venerable derviche, soy un hombre sordo que no puede entender nada de lo que estos dos están diciendo. Por favor, juzga sabiamente y explícanos qué gritan los otros”.

Sin embargo, el derviche era mudo y no podía responder pero se acercó a ellos y observó detenidamente las caras de los tres sordos, que habían dejado de hablar. Los miró a uno por uno, por tanto tiempo y tan fijamente, que empezaron a sentirse muy molestos.

Los chispeantes ojos negros del derviche profundizaban en los ojos de los hombres, buscando la verdad, buscando encontrar algo que le diera la clave de la situación. Pero los otros comenzaron a sentir miedo de que los embrujara, o de que fuera a controlar su voluntad de alguna manera. Y de repente el ladrón saltó sobre el caballo y se fue galopando. Inmediatamente el cabrero comenzó a reunir a sus animales y a conducirlos a la cima de la montaña. El cortador de arbustos, bajando la vista, empacó sus arbustos en
una red y, echándosela a los hombros, corrió hacia su casa.

El derviche continuó su viaje, pensando que el habla puede ser una forma de comunicación tan inútil que seria lo mismo no tenerla. 

 

 

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