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EL CONTACTO INTERPERSONAL

EL CONTACTO INTERPERSONAL Por cuestiones sociales y religiosas, la civilización occidental ha reprimido durante siglos el contacto interpersonal. Abrazos demasiado intensos, caricias entre padres, hijos o amigos, han sido anatematizados como insalubres o, aún peor, pecaminosos.

Sin embargo, modernas investigaciones han demostrado que tocarse no sólo es sano, sino imprescindible para la vida.

El primer sentido que desarrolla el ser humano, aun antes que el oído, es el tacto. En él se fundamenta nuestro sentido de relación con el mundo que nos rodea, ya que nos proporciona una información más profunda, rica e intensa sobre nuestro entorno.

Curiosamente, en nuestra sociedad es el menos utilizado a pesar de ser la forma de comunicación física más intensa de que disponemos. Y es que la cultura judeocristiana, con sus tabúes sobre el cuerpo y su rechazo del "pecaminoso" contacto físico, ha limitado algo tan simple como tocarse, hasta el punto de haber generado una sociedad neurótica, de individuos aislados, que registra las más altas tasas de suicidio y enfermedad mental en toda la historia de la humanidad.

Nuestro cuerpo posee más de cinco millones de receptores del tacto, de los cuales más de tres mil se encuentran en las manos. También tenemos, en la mayor parte de nuestros órganos, los llamados pioceptores, corpúsculos muy similares a los externos, que proporcionan información sobre las circunstancias de nuestro organismo (dilataciones intestinales, ocupación de las vías aéreas o inflamaciones en las vías urinarias, entre otros muchos). Además de la simple -que no es tan simple- información táctil, los tactorreceptores -que envían sus impulsos nerviosos a través de la médula- condicionan una serie de respuestas cerebrales que van desde la liberación de adrenalina, endofinas, calcitonina y otras muchas sustancias necesarias para el equilibrio del individuo, hasta la regulación de la tensión arterial, el flujo linfático o la contractilidad intestinal. Y mucho más.

El sentido del tacto y ese otro sentido primitivo que es el del olfato influyen poderosísimamente en nuestras relaciones interpersonales.



La importancia del tacto

El tacto es tan fundamental para la vida que el ser humano llega a padecer importantes trastornos físicos y mentales, pudiendo incluso morir si se ve privado de él. Las investigaciones de Stephan Rose en 1979 demostraron que los monos separados de sus madres desarrollaban no sólo agresividad y retraimiento, sino que eran mucho más sensibles a enfermedades generales e infecciones. Curiosamente, lo mismo se comprobó en niños criados en orfanatos, atendidos de forma masiva y con mínimo contacto afectivo, o en bebés que permanecían durante estancias prolongadas en unidades de Cuidados Intensivos. Además, algunos experimentos de privación sensorial de la NASA demostraron la aparición de trastornos de personalidad muy precoces en los sujetos experimentales. Incluso mucho antes, en el siglo XIII, Federico II de Alemania condujo algunos experimentos similares cuando quiso saber qué idioma hablarían los niños que no hubieran tenido contacto con otros seres humanos. Y así, crió un grupo con nodrizas que les daban de comer pero que tenían prohibido tocarles y hablarles. Pues bien, todos los niños murieron antes de llegar a la edad en la que se aprende a hablar. 

Las manifestaciones fundamentales de cariño son siempre táctiles. Desde el primer abrazo de la madre al recién nacido hasta el apretón de manos de los amigos o a la relación sexual, gratificante precisamente por constituir el máximo exponente de contacto corporal posible entre dos seres humanos (aparte del beso), el sentido del tacto está siempre presente en nuestras vidas, no sólo como un sistema de información y equilibrio físico-químico, sino también porque a través suyo se plantea el intercambio de feromonas.



Los tres niveles

El tacto funciona no sólo a nivel meramente físico, sino también bioquímico, especialmente feromonal y, de manera especial, a nivel energético.

La mera proximidad física de una persona querida ya nos aporta una sensación de bienestar, aunque esto no debemos atribuirlo sólo a la transmisión de las feromonas que segregan los neurorreceptores superficiales y la propia piel. De hecho, también el contacto físico es capaz de poner en marcha una serie de mecanismos de orden biológico elemental, fundamentados en la reacción general de adaptación -el famoso estrés- y en la producción de una serie de sustancias que favorecen el equilibrio orgánico, lo que desde la más remota antigüedad ha sido utilizado como un importante elemento del arte de curar.

La presión sobre la superficie de la piel produce una dilatación de los vasos superficiales, lo que disminuye la tensión arterial, aumenta el transporte de oxígeno a los tejidos -especialmente a los músculos-, mejora el drenaje linfático y eleva el nivel de endofinas en la sangre, rebajando los de cortisol y epinefrina, hormonas que tienen funciones relacionadas con la producción del estrés.

Por eso un masaje profundo refuerza el sistema inmunológico y estimula la función del vago, ese nervio tan importante en la regulación de las funciones "rutinarias" de nuestro organismo como la digestión, el ritmo respiratorio o la inhibición del latido cardiaco. Su estimulación en el curso de un masaje profundo mejora la secreción de insulina por el páncreas y, a través de ella, el mejor aprovechamiento de los hidratos de carbono de la alimentación; incluso facilita la función de nuestra gran fábrica de sustancias químicas y biológicas, que es el hígado.
 


A nivel energético

Pero no solamente el tacto es importante en los niveles físicos y hormonales. Las actuales investigaciones de la Medicina de la Nueva Era van descubriendo los mecanismos energéticos que se ponen en marcha con el sencillo hecho de tocarse. Para la teoría vibracional -y simplificando mucho-, la materia es una forma de energía que se interrelaciona. Es decir, que cuando la mano de una persona se acerca a la de otra, los niveles de energía sutil -no detectable con nuestros medios actuales- se interpenetran, como ya sugirieron desde Paracelso a Mesmer, intercambiando energías entre ambos de una forma muy similar a la de dos campos magnéticos de alta densidad, con interesantes peculiaridades.

Es precisamente ese campo de energía que rodea y penetra los sistemas vivientes lo que se conoce como cuerpo etérico y que actualmente se considera como un simple patrón energético de interferencia. De hecho, la diferencia entre la materia física y la etérica no es más que una cuestión de frecuencias y las energías de distintas frecuencias pueden coincidir en el mismo espacio físico sin que se produzcan interferencias destructivas entre ellas, como coexisten las de los diferentes canales de televisión, la radio y el radar, por no mencionar más que algunos ejemplos de la ensalada de frecuencias electromagnéticas que utiliza nuestra sofisticada sociedad actual.

Y por eso la matriz energética del cuerpo etérico se superpone a nuestra estructura física (no hay que olvidar que en el plano subatómico desaparece la distinción de la naturaleza física de la materia) y es posible que se produzca el intercambio de esas energías, que son independientes del tiempo y de la propia materia.

Investigaciones como las de Grad en la Universidad McGill de Montreal sobre el efecto real de los curanderos, confirmaron ese intercambio energético y el hecho de que no sólo se establecía en el espacio -de sanador a paciente- sino también en el tiempo, siendo el sanador capaz de prevenir la aparición de bocio en los animales con los que se experimentó.

En definitiva, una madre que abraza a su hijo o dos amantes físicamente próximos no sólo están recibiendo una compensación emocional, sino que también reequilibran su actividad feromónica, lo que se traduce, entre otras cosas en la mejoría física, bioquímica, hormonal y energética, mejorando el estado general de ambos. No en vano, la primera reacción instintiva de cualquier ser humano ante prácticamente cualquier situación intensa, se traduce en un abrazo o en un simple contacto con la mano, que transmite mejor que nada la emoción del momento. 

La curación por medio del tacto, es decir, su imposición en determinadas partes del cuerpo para producir efectos curativos (tema que tocaremos próximamente), es tan antiguo como el ser humano y ha sido utilizado desde la más remota antigüedad. Hasta que en el siglo III de nuestra Era, la Iglesia Católica decidió que la era de los milagros había llegado a su fin y la curación táctil, que había sido una realidad integrada y efectiva en la vida precristiana y cristiana primitiva, fue oficialmente detenida, desaprobada y muy pronto dejó de practicarse. El cuerpo pasó a ser "sospechoso" y los contactos físicos de cualquier tipo se consideraron "pecaminosos".



Los masajes

Las terapias de contacto, la curación a través de ese sentido despreciado pero fundamental en nuestra vida de relación y en el equilibrio orgánico que traducimos por salud, están siendo cada día más reconocidas.

Pero no hace falta llegar a una sistematización. El simple hecho de tocarse, de abrazarse o de cogerse de la mano produce un estado de equilibrio físico y espiritual que mejora la calidad de vida de forma notable. Tanto es así que hace ya más de diez años viene practicándose en muchos países del mundo la simple "Terapia del abrazo" cuyas sesiones consisten, nada más y nada menos, que en abrazarse con el terapeuta y con las otras personas del grupo de sanación. Con ello se consigue un buen intercambio feromonal y la presión adecuada para lograr el equilibrio orgánico y la curación de gran número de problemas afectivos y psicológicos.

Otras culturas, en las que el hecho de tocarse no tiene connotaciones negativas, presentan índices de suicidios y enfermedades psicosomáticas notablemente más bajos que los nuestros.

Menos mal que los usos sociales van cambiando y vamos volviendo a aprender a tocarnos. Y eso que todavía nos queda por recorrer un largo camino hasta aceptar algo tan simple como que nos movemos en un espacio físico y estamos aquí para aprender en él, usando todas las herramientas y nuestros cinco sentidos físicos y alguno más.

 

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