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  El deseo de trascendencia.

Casi todo el mundo anhela ser otra persona diferente de la que es, salir de sí mismo e ir más allá de los límites de su propio aislamiento. Éste es el deseo de trascendencia, que surge del dolor que produce la propia existencia. Casi todos, incluso entre aquellos a quienes la naturaleza y la fortuna han dotado de mayores riquezas, sienten en su interior el deseo de trascendencia y el rechazo de su identidad.

El deseo de autotrascendencia no es más que un deseo de evasión y de escape de la propia realidad y de la responsabilidad que cada uno tiene ante la Vida. Este deseo de trascendencia y de evasión de la realidad resulta en el mejor de los casos insatisfactorio y en el peor desastroso, enajena mentalmente y lleva al ser humano a una especie de animalidad inconsciente. Puede dispersar hacia el arte o la ciencia, la política, la religión o el trabajo. Aunque también puede hacerlo hacia las drogas.

Millones de hombres y mujeres son esclavos del alcohol, del hachís, del opio y sus derivados, de los barbitúricos o de otras drogas sintéticas que, en la actualidad, se han sumado a los antiguos venenos capaces de generar “autotrascendencia”. El éxtasis por medio de la intoxicación fue una parte importante de las religiones antiguas y sigue siendo parte esencial en las prácticas religiosas de muchos pueblos primitivos. Pero lo que parece ser en un principio una liberación es en realidad una nueva esclavitud.

Igual que la intoxicación, la sexualidad, practicada al margen de la consciencia y del amor, es otra forma de autotrascendencia. Se practica así una sexualidad animal que tiene el poder de transportar al individuo más allá de su personalidad y de su aislamiento; de ahí la perpetua atracción que tienen la orgía y el desenfreno. Esta es, por desgracia, la forma más habitual de sexualidad, que lleva a quienes la practican a un nivel inferior de humanidad y a una alienación completa.

Unas pocas personas pueden reunirse para trabajar aspectos de su personalidad que les impida vivir espiritualmente. Éstas pueden ejercer sus consciencias de forma que Dios, la Verdad o la Luz, como queramos llamarle, florezca en ellas. Pero si se aumenta el número de los componentes, la presencia divina resulta algo más que problemática, de manera que la probabilidad de que Dios esté ahí, en la consciencia de cada uno, mengua hasta el punto de esfumarse. Ésa es la naturaleza de las muchedumbres excitadas -y toda multitud se excita automáticamente. Allí donde se congregan dos o tres mil personas se produce una ausencia no ya de la divinidad, sino también de la humanidad más simple. El hecho de ser parte de la multitud libera al ser humano de la consciencia de estar aislado en su ego y lo transporta hacia lo abyecto, hacia un dominio menos que personal, en el cual no hay responsabilidades, no hay bien ni mal, no hay necesidad de pensar, de juzgar ni de discriminar, tan sólo existe una vaga sensación de ayuntamiento, una excitación compartida, una alienación colectiva. Además, se trata de una alienación menos agotadora y más prolongada que las de otro tipo, como por ejemplo la que sigue al envenenamiento por alcohol o morfina.

Individualmente o en grupos muy reducidos y con características concretas, el ser humano normal puede desplegar una reducida capacidad de pensamiento racional y de elección libre de sus actos. Pero pastoreados hasta formar muchedumbres informes, esos mismos hombres y mujeres se conducen como si estuvieran poseídos, pero no precisamente por la razón ni por la libre voluntad. La intoxicación en masa los reduce a una condición caracterizada por la irresponsabilidad infrapersonal y antisocial. Drogados por ese misterioso veneno, que toda muchedumbre excitada segrega, caen en un estado de muy alta sugestionabilidad. Mientras se encuentren en tal estado, creerán cualquier estupidez y obedecerán cualquier orden, por insensata o delictiva que pueda llegar a ser. Para todos los que se hallen bajo el veneno del rebaño, todo lo que dice el líder o pastor es verdad o, incluso, revelación divina. He ahí por qué las autoridades -los sacerdotes y los líderes de los pueblos- nunca han proclamado la inmoralidad de esta forma de autotrascendencia deshumanizante. Es verdad que el delirio de las masas, que evocan los integrantes de la oposición, o que se invoca en nombre de principios heréticos, siempre ha sido condenado por quienes estuvieran en el poder. Pero el delirio de las masas suscitado por los agentes del gobierno, el delirio de las masas en nombre de la ortodoxia, es una cuestión enteramente distinta. En todos los supuestos en los que pueda llevarse a la práctica este tipo de trascendencia para servir a los intereses de quienes controlan las religiones y el estado, la autotrascendencia por medio de la intoxicación en rebaño recibe el tratamiento de algo legítimo y sumamente deseable. Las peregrinaciones y los mítines políticos, las celebraciones coribánticas y los desfiles patrióticos, todo este tipo de manifestaciones en masa son éticamente correctas mientras sean “nuestras” peregrinaciones, “nuestros” mítines, “nuestras” celebraciones y “nuestros” desfiles. El hecho de que la mayoría de los participantes de ese tipo de celebraciones se encuentren provisionalmente deshumanizados por el veneno que inyecta el rebaño no tiene relevancia en comparación con el hecho de que su deshumanización puede utilizarse para consolidar el poder religioso y político. Pertenecer a una muchedumbre es el mejor antídoto de cuantos se conocen contra la espiritualidad, la inteligencia y el pensamiento independiente.

Las drogas, la sexualidad elemental y la intoxicación de las masas son las tres vías más populares de autotrascendencia deshumanizante. Existen muchas otras vías, aunque no tan utilizadas como estas anchas autopistas, que conducen a esa misma meta infrapersonal. Por ejemplo, está la vía del movimiento rítmico, tan abundantemente empleada en las religiones primitivas con objeto de conseguir el éxtasis. Estrechamente relacionado con el rito del movimiento rítmico se encuentra el rito del sonido rítmico, que tiende igualmente a alcanzar el éxtasis. La música influye fuertemente en las personas y puede ser una potente droga que las altere totalmente.

Con objeto de huir de los horrores del aislamiento y de la soledad, la mayor parte de la humanidad se identifica con una causa, con un ideal “más elevado” que sus propios intereses inmediatos. Este ideal se suele encontrar siempre dentro de la escala de valores sociales al uso, y esta forma de autotrascendencia puede tener por objeto algo tan banal como un hobby, o tan preciado como el amor conyugal. Puede alcanzarse a través de la identificación con cualquier actividad humana, desde la dirección de una empresa hasta la investigación en el terreno de la física nuclear, desde la composición musical hasta el estudio de los hábitos de apareamiento de las aves. Hagamos lo que fuere en nuestra vida, en cualquier campo –arte, ciencia, leyes, filosofía, religión, etc.-, si lo realizamos con el deseo de trascendencia todo quedará manchado por el egoísmo y la ignorancia. La consecuencia será entonces el sufrimiento y la confusión para uno mismo y para los demás.

Sin deseo de trascendencia no habría enfrentamientos ni guerras, ni odios religiosos ni ideológicos, ni intolerancia ni persecuciones. Los enormes males que acosan a la humanidad son fruto del deseo de trascendencia y de la identificación el ser humano con ideas, sentimientos y causas.

 

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