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EL DETERIORO DE LA MENTE

A medida que vamos avanzando en años nos damos cuenta que la mente –que es el instrumento de la comprensión- se deteriora debido a su mal uso. El principal motivo de deterioro de la mente es el proceso de la opción. Toda nuestra vida se basa en la opción. En la opción nunca hay una comprensión directa, sino siempre el tedioso proceso acumulativo de la capacidad de distinguir, el cual se basa en la memoria, en la acumulación de conocimientos. Y la opción genera este constante esfuerzo.

La opción es ambición. Nuestra vida es ambición, y el “llegar a ser”, esa aspiración, ese empuje, el impulso para llegar a serlo, es el proceso de la ambición, que se basa esencialmente en la opción. Así, nuestra vida es una serie de luchas, un movimiento que va de un deseo a otro, y en este proceso de devenir, en este proceso de lucha, la mente se deteriora. La naturaleza misma de este deterioro es la opción, que es el origen de la ambición.

Pero se puede vivir una forma de vida que no se basa en la ambición, en la opción, que es un florecimiento que no proviene de una búsqueda, que es sencillez. La ambición engendra competencia. Ésta produce ciertos beneficios económicos, pero deja como secuelas el embotamiento mental y el condicionamiento tecnológico. El ser humano pierde su sencillez, su capacidad de vivenciar directamente y se crea un mundo horrible.

Se debe ser consciente de la ambición en la propia vida, investigarla y averiguar que implica. La opción es corrupción, ya que impide el florecimiento. El ser humano que florece es, no está deviniendo, llegando a ser. Existe una gran diferencia entre el ser humano que florece y el que deviene. La mente que deviene es una mente que está siempre creciendo, expandiéndose, acumulando experiencia como conocimiento. Siempre está en conflicto, en lucha, en un estado de desdicha. Esta gran diferencia que hay entre la mente que deviene y la que florece la debemos descubrir en nuestro vivir cotidiano. Vivir en florecimiento es vivir sin ambición, que es el camino de las opciones, es descubrir un florecimiento que es el camino de la Vida, que es la verdadera y apropiada acción.

Pero sin haber descubierto el camino del florecimiento de la Vida nos limitamos a decir que no debemos ser ambiciosos, pero el simple matar la ambición destruye también la mente, porque no deja de ser esta una acción de la propia mente, o sea de la opción y de la ambición. Por esto es esencial que dada uno de nosotros descubra en su vida la verdad con respecto a la ambición. A todos se nos estimula para que seamos ambiciosos; esta sociedad nuestra se basa en eso, en la fuerza del impulso dirigido a la obtención de un resultado. Pero ese modo de abordar la Vida es esencialmente erróneo, hay otro modo que es el florecimiento de la Vida, el cual puede expresarse sin acumulación alguna.

Hay una energía, una tremenda fuerza que no tiene nada que ver con el proceso acumulativo, tonel trasfondo del “yo”, del sí mismo, del ego. Ese es el camino de la creación. Si comprender esto, sin vivenciarlo, nuestra vida se vuelve muy opaca, se convierte en una serie de conflictos interminables en los que no hay creatividad ni felicidad alguna. Si pudiéramos, sin descartar la ambición, comprender sus modalidades –percibiendo, escuchando la verdad de la ambición, estando abiertos a ella- podríamos dar con ese estado de creatividad en el que hay una expresión constante que no es del ego, de la autorrealización, sino que es la expresión de esa energía libre de las limitaciones del “yo”.

 

 

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