La Página de la Vida / www.proyectopv.org Página Principal

   Recibe tu Boletín            Vídeos             Libros, presentaciones, posts...

 
   
 
 
 
 
Búsqueda personalizada
 
 

 
 

La enseñanza de la espiritualidad.

El objetivo de la enseñanza debe ser el aprendizaje espiritual, el aprender a ser consciente y obrar adecuadamente. Y todas las diferentes asignaturas tienen que servir a este propósito. Se debe lograr que todas las escuelas, y también las diferentes partes que componen cada escuela, trabajen como una unidad en este sentido, y debe existir en todos el sentimiento que todos estamos trabajando con el mismo fin.

Los estudiantes tienen que saber muy bien de qué estamos hablando. Tendremos a los estudiantes durante un tiempo, en el que podemos hacer que en ellos ocurra una sacudida, los maduremos y preparemos. Las escuelas existen para madurar a los estudiantes, pero en realidad no lo hacen.

Enseñar las materias “normales” es esencial, pero también podemos transmitirles a los estudiantes la enseñanza de la espiritualidad a través de las diversas asignaturas que deben cursar.

Es necesario transmitirle al estudiante lo que implica la responsabilidad, la ausencia de autoridad, la conciencia de que tienen la capacidad para investigarse a sí mismo y, por lo tanto, investigar el mundo, de forma impersonal y de manera que impulse a obrar adecuadamente.

Es muy importante establecer una buena relación con el estudiante. Normalmente el profesor suele saber más que el estudiante. Pero si el profesor ejerce la autoridad en el sentido de creer que como ser humano es mucho mejor que el estudiante, si se coloca a sí mismo en un pedestal y trata a los estudiantes como si estuvieran por debajo, entonces se pierde la relación necesaria. Inmersos dentro de esa relación inapropiada, es muy difícil que el profesor haga ver algo al estudiante.

Lo primero que hay que aprender es a bajarse del pedestal y establecer una relación de aprendizaje mutuo. El profesor también tiene que tener mucho cuidado de no formar un grupo alrededor suyo, lo que constituiría una nueva forma de jerarquía.

Se debe enseñar a vivir espiritualmente, a ser inteligente y vivir en libertad. Por eso, a parte de tener espacios de tiempo para trabajar estos temas en concreto, se deben relacionar las demás asignaturas con la espiritualidad, e intentar introducir apropiadamente sus diversos aspectos tanto al inicio de las sesiones como durante su transcurso.

No es cuestión de conseguir que el estudiante sea capaz de repetir las palabras, pues eso sería una estupidez. Existe una diferencia insalvable entre saber lo que dice la espiritualidad y vivir espiritualmente. Hay que hablar en clase, hay que cuestionar, criticar e investigar juntos los temas que conciernen a la espiritualidad –que son tantos como la vida misma. Y al reflexionar sobre ella, aprenden tanto el profesor como los estudiantes, por lo que a ambos les afecta su vida. Todos tenemos algo que aprender sobre la vida espiritual.

No nos debemos quedar en la ramas, sino ir siempre hacia la raíz. Existen raíces ocultas que debemos sacar a la luz. Algunos, quizás sean tan jóvenes que no sean capaces de hacerlo, pero si plantamos la semilla en ellos, ésta dará sus frutos.

Nos encontramos en el mundo de la enseñanza no sólo para enseñar o aprender, sino también para desprendernos del interés propio. Y esto también significa carecer de motivos. Vivir sin motivo significa una enorme claridad interior.

El profesor debe reflexionar de como trata con el estudiante, de modo que su obrar sin autoridad no signifique desorden, no signifique que cada cual haga lo que le plazca. Porque todos vivimos en una comunidad y somos responsables de su totalidad. Ausencia de “autoridad” significa que no existe la autoridad de un ideal establecido por el que se trabaje, o que una persona represente ese ideal y que, en consecuencia, se convierta en la autoridad.

El profesor debe carecer de ideales y no implantarlos con su enseñanza, pues si no fuera así desarrollaría una forma autoritaria de vivir. Tampoco es cuestión de decirle a nadie lo que debe y no debe hacer, ni al profesor ni al estudiante. En realidad, lo esencial no son los aspectos externos del ser humano ni sus acciones. En este aspecto, lo verdaderamente importante es comprender las causas y motivos por los que obra.

Es necesario que no nos formemos hábitos. Si el ser humano comprende por qué ha creado hábitos y cómo eso afecta al cerebro -cómo lo limita, lo condiciona, lo daña, lo empequeñece, lo vuelve corto de miras, mezquino, etc.-, si podemos transmitírselo al estudiante y después relacionarlo con sus actos, entonces él puede captarlo de inmediato.

Esto requiere sensibilidad, por eso es necesario un trabajo determinado de higiene para permitir que surja la sensibilidad en la persona que llega a nosotros después de haber comido carne, fumado y toda la porquería que ha acumulado.

En los problemas que surgen con los estudiantes no debemos acometer la forma exterior, sino tratar algo mucho más importante que eso. Podemos ayudarle a comprender lo que es la sensibilidad y, por lo tanto, evitar la formación de hábitos. Entonces, cuando reflexionemos entre todos acerca de los problemas concretos, él mismo lo verá de inmediato. Es esencial comprender el mecanismo formador de hábitos. Si el estudiante pudiera cambiarlo, de forma que nunca se forme hábitos, eso indicaría que es altamente sensible, que está atento, alerta, que es consciente de los demás y de sí mismo.

Permitiendo que el estudiante aprenda a vivir espiritualmente se le ofrece algo que es de la mayor importancia, que es el estar despierto. En vez de ordenarles “no hagas esto, haz aquello”, es más apropiado decir “despierta”. Luego, en ese estado de alerta le hablamos del problema en concreto. Así captará con rapidez. Si el profesor pudiera ayudar a aprender al estudiante lo que significa estar atento, si ambos aprendieran juntos a prestarle atención a todo, entonces, mientras se está aprendiendo, se pueden abordar todos los problemas y cuestiones.

Cuando se aborda el tema de la autoridad se acomete algo fundamental. “Sin autoridad” significa la no autoridad de cualquier hábito. Soy cristiano, eso es un hábito; soy norteamericano; soy judío; soy hindú; todo eso no es más que un hábito. De modo que si se acaba con la autoridad del hábito se acaba prácticamente con todo lo que el ser humano ha creado.

Hábito, ego, verbalización, etc. Si no hay autoridad, si juntos intentamos comprender qué es la libertad, en la que no existe la menor autoridad y por lo tanto no hay presión, no hay influencia, eso es inmenso, e implica muchas cosas más. De ese modo, la mente no está nunca influenciada y lleva en sí una semilla que germina. Todo esto debe aprender el estudiante, y por todo esto debe trabajar la comunidad.

Juntos debemos aprender a tener un cerebro, a tener una mente que no sea esclava de cosa alguna, esclava de las palabras, de una idea, de nada, y por lo tanto realmente libre. Hay que transmitirle al estudiante que lo que más nos interesa es la libertad absoluta. Y esto es lo más importante, la libertad.

No se debe intentar influir en nadie, pues la influencia es algo así como una droga. Cada uno debe ver eso por sí mismo, aunque también puede verse juntos. Pero no que unos lo vean y otros no, y por lo tanto, cuando unos lo vean influir sobre los que no lo ven y decirles lo que deben hacer, sino percibir juntos lo que es.

Cuando percibimos juntos la realidad, cuando juntos aprendamos a verla, en el acto mismo de aprender a verla, se transmite el conocimiento al estudiante. Pero para ver hace falta pasión, y la única manera de transmitir algo estar apasionado con ello. Juntos debemos ver la realidad, la verdad. Verla sin autoridad, no sólo superficialmente, sino en profundidad. Tenemos que hacerlo sin influir, sin ejercer ninguna presión, sino reconociendo que debe haber orden. Juntos debemos ver la realidad y apasionarnos con ello.

Todos juntos crearemos algo completamente diferente. Y donde nos encontremos será un lugar diferente en el que todos estaremos aprendiendo. Cualquier observador encontrará algo impresionante, que somos honestos y que, realmente, estamos aprendiendo. Esta es la clave del asunto. Estamos aquí para aprender unos de los otros, de los libros, de los estudiantes y de absolutamente todo.

Debemos reflexionar sobre la manera como proceder y preparar nuestra intervención, pues es posible transformar a un ser humano, no en un largo período de tiempo, sino muy rápidamente. Los estudiantes vienen a la escuela tan condicionados como uno mismo, y no se deben tener frases hechas para alardear y tomar determinadas posturas. Sencillamente se debe estar real, profunda y apasionadamente interesado en todo esto, hablar con ellos, señalarles las cosas y explorar juntos las posibilidades.

El ser humano sufre y se desintegra, tiene miedo, sufre, vive en el caos, etc. Y uno mismo debe sentir que forma parte de esa humanidad, que es esa humanidad, con todas sus miserias disputas y terrores. No sólo se tiene que ser capaz de formularlo con palabras, sino que uno debe sentirlo. Únicamente de esta forma un puede comunicar estas cosas a las demás personas y, a través de un trabajo conjunto, sacarlas del sentimiento de individualidad en el que se encuentran completamente separadas de todos los demás y que, probablemente, las tiene atrapada.

Sentir que uno es el mundo y que el mundo es uno, y que todo lo que ocurre a esta humanidad es parte de uno, tiene inmensas implicaciones, ese sentimiento procede de una inmensa profundidad y proporciona una extraordinaria vitalidad. Aprender acerca de todo ello permite que surja el interés por aprender sobre la vida espiritual ¿Cómo no va a surgir el interés, tanto en uno mismo como en el estudiante, si se ve con claridad la situación de la humanidad y de la Tierra, en tanto que son verdaderas partes de uno mismo?

Es muy importante señalar las mentiras que se inculcan a las personas en esta sociedad corrupta, en este mundo corrupto, y que los separan, como pueden ser las divisiones nacionales, geográficas, religiosas y psicológicas, que en definitiva no son más que creencias e ideales. Mostrarlas de forma que se vean, no sólo con la mente, sino con toda la conciencia, y que este ver sea un sentir vivo en los estudiantes que participan de la reflexión. Así, igual que cuando se ve percibe algo peligroso no se toca, como por ejemplo un cable de alta tensión, cuando una persona comprende realmente la dimensión que tienen estos asuntos, se acaban para siempre, pues no caerá en ellos más. Y esto es acción instantánea, eso es transformación.

Debemos trabajar para librarnos de la violencia. En liberarse de la violencia está el florecimiento de la inteligencia. Y queremos que las personas a quienes formamos tengan eso. Las asignaturas académicas son muy importantes, pero aparte de enseñar matemáticas y todo lo demás, nuestra mayor responsabilidad es enseñar a vivir espiritualmente y que surja la inteligencia en los estudiantes.

Tenemos que sentirnos interesados y responsables para intentar comprender que el mundo es uno mismo, y uno es el mundo, y que uno de los factores de este mundo monstruoso es la violencia, la violencia psicológica, la cual genera violencia externa. Todos estamos medidos en esto y debemos comprender la necesidad de ayudarnos mutuamente, a salir del nivel superficial de la mente en el que nos encontramos y a liberarnos de la violencia.

Pero todo el trabajo espiritual debe realizarse sin ningún motivo egoísta, consciente o inconsciente, sin interés propio. Cuando tenemos un motivo para ver, ya hay distorsión, y la distorsión impide la observación. Lo primero que el estudiante debe aprender es a observar, y ver si observa con o sin prejuicios o motivos. Y todos tenemos prejuicios. Nuestro principal interés, nuestro principal impulso debe ser ver las cosas claramente, sin el obstáculo de ningún motivo. En consecuencia, se debe ver que éste es el peligro, y cuando se ve con claridad el peligro, éste se acaba.

Lo importante es el despertar de la inteligencia y del orden. Ésas son dos cosas fundamentales. Inteligencia es ver algo muy claramente y actuar inmediatamente conforme a esa percepción. Por ejemplo, ver que uno es codicioso, egoísta o lo que fuere, verlo muy claramente y terminar con ello de inmediato, en un abrir y cerrar de ojos. Eso es inteligencia, ver un peligro y actuar según ese peligro. La percepción no sucede si existen el observador y lo observado, si hay prejuicios, si el pasado controla la actitud o la actividad en el presente. La inteligencia no surge si no se es capaz de ver como la palabra-pensamiento-imagen generan miedo y hábito. La libertad consiste en observarlo todo sin prejuicios, y en la misma observación está la acción adecuada, la terminación de algo.

Debemos sentir intensamente que los estudiantes deben transformarse, cambiar psicológicamente de manera radical. Debemos estar seriamente comprometidos con la transformación de la mente humana, del ser humano, algo que es absolutamente necesario en esta cultura y en estos tiempos y transmitirles a ellos nuestra pasión. Ésa tiene que ser nuestra preocupación principal, nada más, excepto que tienen que estudiar, etc. Queremos que se apasionen de tal modo que ese fuego arda por el resto de sus vidas, no sólo por un par de días y que luego desaparezca. Queremos que lo tengan siempre. Nuestra pasión es asegurarnos de que ellos comprenden esta necesidad fundamental de transformación.

Queremos que nuestros estudiantes sean inteligentes, no meramente seres indiferentes. Nuestro ardiente deseo es que sean totalmente diferentes del resto de los monstruos humanos que están creciendo en el mundo. Pero nuestro interés primordial, nuestro compromiso, nuestra pasión es que cuando acaben sus estudios con nosotros sean seres humanos totalmente diferentes. Este es nuestro principal interés. Ahora bien, siendo ése nuestro interés, tenemos que transmitírselo a ellos, de modo que vean su importancia, que vean la necesidad de que tiene que ser así. Esto es lo primero que queremos que entiendan. Lo cual significa que queremos que escuchen lo que estamos diciendo, que verdaderamente escuchen.

Cómo ese es nuestro interés, cada día nos podemos reunir con ellos para tratar del tema. Podemos reservar cada día algo así como un cuarto de hora para decirles: “escuchen atentamente, pues debemos descubrir juntos cómo transformarnos radicalmente”. Y seguir diciéndoles “¿os interesa? ¿queréis que esto suceda?”. Entonces ellos me preguntarían: “Qué entiendes por transformación?”. A continuación sostendría un diálogo con ellos. En ese diálogo, nos mostraríamos unos a otros cómo estamos condicionados, como aceptamos las cosas, etc. Durante ese cuarto de hora dedicaremos por completo nuestras energías en conseguir que lo comprenda.

La pasión es amor. Debido a la carencia de amor todo se vuelve intelectual, verbal, y por lo tanto, el conocimiento erudito no tiene un efecto realmente profundo. Los estudiantes tienen que sentir que hay amor, no sólo un poco de afecto, pues eso no basta, sino amor. Le comunicaremos por qué es nuestra pasión su transformación. Le diremos: “si observas el mundo, todo lo que está pasando, las cosas espantosas que ocurren, los fraudes, las mentiras, todo el terror”. Y seguiremos diciéndole: “Por eso debes cambiar, tienes que ser completamente distinto; no un ente superior; sólo sé diferente”. –Y entraremos en el tema, le explicaremos lo que esto implica: “Debes tener amor, tiene que haber amor en ti”.

No debemos abordar directamente las enseñanzas espirituales, pues la ocasión para mostrarles las enseñanzas espirituales debe surgir desde la reflexión conjunta que nos hace ver lo que no debe ser. La transformación del ser humano es lo importante, no las enseñanzas. Éstas se pueden ir al diablo.

 

 

Menú de este tema

Home