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EL ESFUERZO

Para la mayoría de nosotros, toda nuestra vida se basa en el esfuerzo, en algún acto de la voluntad. Y no podemos concebir una acción sin volición, sin esfuerzo; nuestra vida se basa en ella. Nuestra vida social, económica, y la vida llamada “espiritual’ son una serie de esfuerzos que siempre culminan en cierto resultado. Y así creemos que el esfuerzo es esencial, necesario.

Hacemos esfuerzos con el fin de lograr un resultado, de llegar a ser algo, de alcanzar una meta. Y, si no hacemos un esfuerzo, creemos que nos estancaremos. Tenemos una idea acerca de la meta hacia la cual constantemente nos esforzamos; y ese forcejeo ha llegado a ser parte de nuestra vida. Si queremos transformarnos, si deseamos producir un cambio radical en nosotros mismos, hacemos un tremendo esfuerzo para eliminar los viejos hábitos, para resistir las influencias habituales del ambiente, y todo eso. Estamos, pues, acostumbrados a esta serie de esfuerzos para encontrar o lograr algo, hasta para vivir.

Pero no sabemos que todo esfuerzo así simplemente es la actividad del yo. El esfuerzo es una actividad egocéntrica. Así, si hacemos un esfuerzo desde el centro del yo, él ha de producir inevitablemente más conflicto, más confusión, más infortunio. Y sin embargo, seguimos haciendo esfuerzo tras esfuerzo. Y muy pocos de nosotros comprendemos que la actividad egocéntrica del esfuerzo no disipa ninguno de nuestros problemas. Por el contrario, aumenta nuestra confusión, nuestras miserias y nuestro dolor. Esto lo sabemos, sin embargo continuamos esperando que en alguna forma nos abrimos paso a través de esta actividad egocéntrica del esfuerzo, o acción de la voluntad.

Ciertamente, comprenderemos el significado de la vida si comprendemos lo que significa hacer un esfuerzo. El esfuerzo no trae felicidad. Seguro que has tratado alguna vez de ser feliz. Y luego te has dado cuenta de que es imposible llegar a ser feliz. Uno lucha por ser feliz, y la felicidad no le llega.

El júbilo no surge mediante la represión ni mediante el control o la propia complacencia. Podremos complacernos a nosotros mismos, pero al final habrá siempre amargura. Podremos reprimirnos o dominarnos, pero siempre habrá lucha en lo interior. Por lo tanto la felicidad no es fruto del esfuerzo, ni el júbilo es fruto del control y la represión; y sin embargo toda nuestra vida es una serie de represiones, una serie de controles, una serie de complacencias que traen pesar. Constantemente, además, nos dominamos, luchamos con nuestras pasiones, nuestra codicia y nuestra estupidez. Y luchamos y nos esforzamos con la esperanza de hallar la felicidad, de encontrar algo que nos dé un sentimiento de paz, un sentimiento de amor. Pero sin embargo, el amor o la comprensión no surgen mediante el esfuerzo.

Es muy importante comprender qué entendemos por lucha o esfuerzo. El esfuerzo es una lucha por cambiar lo que es en lo que no es, o en aquello que debiera ser o llegar a ser. Es decir, constantemente luchamos para evitar encarar lo que es; o intentamos alejarnos de ello y transformar o modificar lo que es. El ser humano verdaderamente feliz es aquel que comprende lo que es, que atribuye el verdadero valor a lo que es. Eso es la verdadera felicidad. No tiene nada que ver con la posesión de pocas o muchas cosas sino con la comprensión del significado total de lo que es; y la felicidad sólo puede surgir cuando vemos lo que es, cuando nos damos cuenta de lo que es, no cuando tratamos de modificarlo o de cambiarlo.

Vemos, pues, que el esfuerzo es una cerrazón o una lucha por transformar aquello que es en aquello que deseamos que sea. Estamos hablando únicamente de la lucha psicológica, no de la lucha con un problema físico como los de la ingeniería, o de algún descubrimiento o transformación puramente técnica. Hablamos tan sólo de esa lucha que es psicológica, y que siempre se sobrepone a lo técnico. Puede que construyamos con gran esmero una sociedad maravillosa, empleando los infinitos conocimientos que la ciencia nos ha brindado. Pero mientras no hayamos comprendido el esfuerzo, la lucha y la batalla psicológica, y no hayamos vencido las corrientes e impulsos subconscientes, la estructura de la sociedad, por maravillosa que sea su construcción, tendrá por fuerza que derrumbarse, como ha ocurrido una y otra vez.

El esfuerzo nos aparta de lo que es. No bien yo acepto lo que es, ya no hay lucha. Toda forma de lucha o esfuerzo, es un indicio de distracción; y esa desviación, que es un esfuerzo, tendrá que existir mientras en lo psicológico yo desee transformar lo que es en algo que no es.

Es preciso que empecemos por ser libres para ver que el júbilo y la felicidad no provienen del esfuerzo. La creación no surge mediante el esfuerzo, sino que surge tan sólo cuando el esfuerzo cesa. Cuando escribimos, pintamos o cantamos, cuando creamos sucede porque no nos esforzamos, porque cuando no nos esforzamos, cuando estamos completamente receptivos, cuando en todos los niveles estamos en completa comunión, cuando en nosotros hay completa integración: Entonces surge el júbilo, y entonces empezamos a cantar, a escribir un poema o a pintar o modelar algo. El instante creador no nace de la lucha.

Comprendiendo esta cuestión de la creatividad, podremos tal vez comprender qué entendemos por esfuerzo. Así, la creatividad no es un resultado del esfuerzo y, si nos damos cuenta de nosotros mismos en los momentos en que somos creadores vemos que en el estado de "creatividad" hay un estado de total olvido de uno mismo. Allí se tiene ese sentimiento que se experimenta cuando no hay turbulencia, cuando uno es enteramente consciente del movimiento del pensar y del sentir, cuando sólo existe el ser completo, pleno, exuberante.

Este estado no es un resultado del afán, de la lucha, del conflicto, del esfuerzo. Es casi seguro que te habrás dado cuenta que cuando haces algo con facilidad, con ligereza, no hay esfuerzo, hay ausencia completa de lucha; pero como nuestra vida es en su mayor parte una serie de batallas, de conflictos, de luchas, no podemos imaginar una vida, un estado del ser en que el bregar haya cesado completamente.

Para comprender el estado del ser en que no hay lucha, ese estado de existencia creadora, es preciso examinar en su totalidad el problema del esfuerzo. Entendemos por esfuerzo la lucha por la realización de uno mismo, por llegar a ser algo. Soy esto, y quiero llegar a ser aquello; no soy aquello, y debo llegar a serlo. En el hecho de llegar a ser "aquello" hay forcejeo, hay batalla, conflicto, lucha. En esta lucha nos interesa inevitablemente llenarnos y satisfacernos mediante el logro de un fin; buscamos la propia satisfacción en un objeto, en una persona, en una idea, y eso exige constante batalla, lucha, esfuerzo por devenir, por realizarse. Y este esfuerzo lo hemos tenido siempre por inevitable, pero esta lucha por llegar a ser algo puede terminar.

Este esfuerzo por llegar a ser algo existe porque hay deseo. Donde exista el deseo de realizarse, en cualquier grado o en cualquier nivel, tiene que haber lucha. La realización es el móvil, el estímulo que hay detrás del esfuerzo; ya se trate de un alto funcionario, de una ama de casa o de un pobre hombre; esa batalla por llegar a ser algo, por realizarse, prosigue siempre.

El deseo de realizarnos, de llegar a ser algo, surge cuando existe la percepción de que uno no es nada. Como no soy nada, como soy insuficiente, vacío, interiormente pobre, hago por llegar a ser algo; externa o internamente, lucho para llenar mi vacío con una persona, con una cosa, con una idea. Llenar ese vacío es todo el proceso de nuestra existencia. Dándonos cuenta de que somos vacíos, interiormente pobres, luchamos por acumular cosas en lo externo, o por cultivar la riqueza interior. Sólo hay esfuerzo cuando uno intenta escapar de este vacío interior por medio de la acción, de la contemplación, de la adquisición, del logro, del poder, y todo lo demás. Esa es nuestra existencia diaria. Yo me doy cuenta de mi insuficiencia, de mi pobreza interna, y lucho para huir de ella o para llenarla. Esto de huir, de evitar el vacío o de procurar encubrirlo, ocasiona lucha, rivalidad, esfuerzo.

Pero si uno no hace un esfuerzo para huir, si acepta vivir con esa soledad, con ese vacío, al aceptar esa vacuidad uno hallará que adviene un estado de ser creador que no tiene nada que ver con la lucha, con el esfuerzo. El esfuerzo sólo existe mientras tratamos de evitar esa soledad, ese vacío interior; mas cuando lo miramos y lo observamos, cuando aceptamos lo que es sin esquivarlo, hallaremos que surge un estado de ser en el que cesa toda lucha. Ese estado de ser es creatividad, y no es resultado del esfuerzo.

Cuando hay comprensión de lo que es, o sea del vacío, de la insuficiencia interior; cuando uno vive con esa insuficiencia y la comprende plenamente, surge la realidad creadora, la inteligencia creadora, que es lo único que trae felicidad.

Así, pues, la acción tal como la conocemos es en realidad reacción, es un incesante llegar a ser algo que consiste en negar; en evitar lo que es; pero cuando hay captación del vacío, sin opción, sin condenación ni justificación, en esa comprensión de lo que es hay acción; y esta acción es ser creativo.

Esto lo comprenderemos si nos damos cuenta de nosotros mismos en la acción. Debemos observarnos en el momento en que actuamos, y no sólo exteriormente; debemos ser conscientes del movimiento de nuestro pensar y sentir. Cuando nos demos cuenta de ese movimiento, veremos que el proceso de pensar ‑en el que hay también sentimiento y acción- se basa en una idea de llegar a ser algo.

La idea de llegar a ser algo surge tan sólo cuando hay una sensación de inseguridad, y esa sensación de inseguridad llega cuando uno se da cuenta del vacío interior. Así, pues, si nos damos cuenta de ese proceso de pensamiento y sentimiento, veremos desarrollarse una constante batalla, un esfuerzo por cambiar, por modificar, por alterar lo que es. Ese es el esfuerzo por devenir, y el devenir es evitar directamente lo que es. Mediante el conocimiento propio, mediante el captar constantemente lo que sucede, hallaremos que la lucha, la batalla, el conflicto del devenir, conduce al dolor, al sufrimiento y a la ignorancia. Sólo si nos damos cuenta de la insuficiencia interior y vivimos con ella, sin escapatoria, aceptándolo totalmente, descubriremos una tranquilidad extraordinaria, una tranquilidad que no es un resultado artificial sino que viene con la comprensión de lo que es. Sólo en ese estado de tranquilidad hay ser creativo. 

 

 

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