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FE

Es la capacidad de percibir que todo lo creado tiende a un estado de perfección y que, por tanto, a pesar de que en determinados momentos el proceso se manifieste desde el caos, la confusión o incluso el dolor, el resultado último siempre se dirige hacia la plenitud.

La fe es una virtud por la que, con la inspiración y la ayuda de Dios, se tiene la certeza que se está en el camino adecuado y que tanto los pensamientos como los actos que uno realiza en la Vida son los adecuados. Por ella se confía, teniendo la plena seguridad, que se avanza por el camino espiritual apoyado no tanto en nuestras fuerzas y conocimientos, como en los auxilios de la gracia de Dios y la ayuda de los seres de Luz.

Existe un tipo de fe, irracional, que nace de la creencia en una persona, grupo de estas o en una idea. Se basa en la sumisión a una autoridad también irracional, en la aceptación de algo como verdadero sólo porque así lo afirma una autoridad o la mayoría. Por el contrario, la verdadera fe, la fe espiritual, es una total confianza que está arraigada en la propia vivencia. Esta fe surge como consecuencia de ver la verdad a través de todas las herramientas espirituales que una persona tiene disponibles. No es una creencia en algo, sino la cualidad de certeza y de firmeza que poseen la propias convicciones, que nacen del ver la verdad. Es un rasgo de la persona que la interpenetra por completo y que arraiga en todos los niveles –físico, emocional y mental. Este tipo de fe nace desde la propia vivencia, en la confianza en Dios y en el propio poder y capacidades, a pesar de la opinión que pueda tener la mayoría.

En la esfera de las relaciones, la fe es una cualidad indispensable de cualquier amistad o amor significativos. “Tener fe” en otra persona significa estar seguro de la confianza e inmutabilidad de sus actitudes fundamentales, de la esencia de su personalidad, de su amor. No quiere decir que una persona no pueda modificar sus opiniones, sino que sus motivaciones básicas son siempre las mismas, que, por ejemplo, su respeto por la vida y la dignidad humana son parte de ella, no algo tornadizo.

En igual sentido, tenemos fe en nosotros mismos. Tenemos consciencia de la existencia de un centro del propio ser, de un núcleo de nuestra personalidad que es inmutable y que persiste a través de la propia vida, no obstante las circunstancias cambiantes y con independencia de ciertas modificaciones de nuestros sentimientos y opiniones. Ese núcleo constituye la realidad que sustenta a la palabra “yo”, la realidad de la propia identidad.

A no ser que tengamos fe en la existencia firme de una personalidad propia espiritual, el sentimiento de identidad se verá amenazado y será fácil que nos hagamos dependientes de otras personas, cuya aprobación se convierte entonces en la base de nuestro sentimiento de identidad. Sólo la persona que tiene fe en sí misma puede ser fiel a los demás, pues sólo ella puede estar segura de que será en el futuro igual a lo que es hoy y, por lo tanto, de que sentirá y obrará como ahora espera hacerlo.

Si el ser humano viera la Verdad no surgiría en él la fe. Pero como sólo tenemos la capacidad de ver la propia verdad, tener fe significa tener coraje, tener la capacidad de correr un riesgo, la disposición a aceptar la equivocación e incluso el dolor. Quien coloca por encima de todo la seguridad, la tranquilidad y la comodidad, no puede tener fe. Quien se encierra en un sistema de defensa, donde la distancia y la posesión constituyen los medios por los que obtiene seguridad, se convierte en un prisionero. Vivir espiritualmente requiere coraje, la valentía de tener fe en todo aquello que uno valora.

 

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