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FILOSOFÍA JONIA

Pocos pueblos han llegado tan alto en las artes y en la filosofía como el Griego, a tal punto que será necesario un cambio en la mentalidad humana para poder superarlo.

Esta civilización, nacida entre las columnas de las siete ciencias, tocó y profundizó todos los conocimientos, descubrió y sintetizó todas las bellezas y dio un nuevo sentido a la vida mediante la poesía, la literatura y la filosofía.

Es imposible enumerar todos los artistas del período arcaico, pues son numerosísimos; entre ellos se puede recordar a Solón, que además de poeta, dictó las leyes de Atenas, y fue uno de los siete sabios de esas épocas heroicas. Tampoco se puede olvidar a Safo, la maravillosa poetisa del amor, que cantó los placeres de la vida con tan delicados acentos como muy pocos pudieron hacerlo después de ella.

Pero el lírico más grande de Grecia fue Píndaro, cuyas poesías han llegado fragmentariamente hasta nuestros días. Como muchos ellos: Esquilo, Sófocles, Eurípides, Epicarmo y Aristófanes.

Ni hay que olvidar a Esopo, el autor de las prosas satíricas, ni a Heródoto, el historiador que nos ha legado infinidad de información.

Pero lo que más enriquece al saber Griego es esa legión de personas estudiosos y amantes de la búsqueda de la verdad: los filósofos.

Con Jenófanes empieza aquella columna de sabios maravillosos. Ya entonces éste escribía altamente sobre el origen del Universo y el concepto de la divinidad.

Pero en el periodo Ático es cuando brotan los filósofos como flores en un prado húmedo.

El más antiguo es Tales de Mileto, quien basó su filosofía en el estudio de la física, de la geometría y de la astronomía. Consideraba el agua como el principio originario de todas las cosas naturales.

A su escuela pertenecen Anaximandro y Anaxímenes, ambos oriundos de Mileto, que consideraban el universo, además de su composición física, como resultado de un elemento más sutil, desconocido, que llamaban “Masa inconcreta infinita”.

Heráclito de Efeso perteneció también a la escuela física y atribuía a los elementos un espíritu divino.

Se tiene por ese entonces a Jenófanes, el filósofo monoteísta, que aborrecía las imágenes y parece un predecesor de los iconoclastas.

Pero la escuela filosófica que alcanzó más alto relieve fue la itálica, dirigida por Pitágoras. El fue, ante todo, un gran matemático que aplicó los fundamentos de las matemáticas y del álgebra al universo y a las leyes metafísicas. Es uno de los primeros que expresaron la idea de la metempsicosis o reencarnación.

Leucipo de Elea fundó una filosofía atómica sosteniendo que el alma del ser humano es un resultado causal y energético de la agrupación atómica celular.

Empédocles quiso sintetizar el espíritu con la materia. Por eso imagino el universo como dos grandes corrientes que al confundirse entre sí crean la manifestación de la vida.

El primero en dividir los elementos y agruparlos fue Anaxágoras; también lo hizo Hipócrates, el filósofo médico.

Pero las filosofías Griegas decaían y cada vez se habían materializado más, hasta llegar a la sofística y su escuela.

Fue entonces cuando surgió Sócrates, el gran filósofo del espíritu.

Su obra la completó su discípulo Platón, fundador de la escuela académica, que dejó un número enorme de obras escritas en las cuales se ve claramente su profundo sentido espiritualista y esotérico.

Desde entonces empiezan los filósofos a volar por los espacios de la mente, y a buscar las sutiles cuestiones de las cosas imponderables.

Aristóteles es el filósofo de las ideas, de la mente, de las concepciones espirituales, del sentido estático de la vida, fundador de la escuela peripatética.

Mientras estas escuelas espirituales se iban difundiendo, otras dos escuelas habían nacido en Atenas: la epicúrea, y la estoica.

Epicúreo, fundador de la primera, enseñaba a sus discípulos que los dioses no se ocupan de los asuntos humanos, y que el hombre ha nacido para gozar sabiamente de los placeres de la vida, satisfaciendo con recto equilibrio sus deseos, desechando el dolor y la zozobra, y que no hay que temer a la muerte pues no es más que una disolución del cuerpo físico.

La escuela estoica fue fundada por Zenón de Cippo y sostenía que la felicidad del hombre consiste únicamente en la virtud, en dominar por completo las pasiones. Toda la moral cristiana está basada en esta escuela, que consideraba el alma humana como una parte y no como una emanación de la divinidad, y que el supremo bien consiste en poder auxiliar a los semejantes.

Los últimos filósofos Griegos, llamados del período romano ya muy influenciados por la grandeza del Imperio Romano, fueron Jámbilo, Heliodoro, Dionisio y muchos otros. Entre ellos hay algunos cristianos pertenecientes a la escuela neoplatónica como es Justino, Orígenes, Basilio y Eusebio.

Es digno de nombrarse el gran filósofo de Alejandría Amonio Saccas, fundador de la escuela esotérica neoplatónica y maestro de la virgen Hipatía, aquella gran mujer alejandrina que fue lapidada por una turba de cristianos ignorantes.

Basílides pertenecía también a esta escuela y puede decirse que con ella pereció aquella legión magnífica de filósofos griegos fundadores de todas las escuelas que aún rigen nuestro actual mundo.

 

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