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La globalización

El ser humano debe ser consciente de la inmoralidad que existe en la civilización que crea y en la que vive. Ésta representa un modelo injusto e insostenible, construido sobre el desprecio del ser humano, de la Tierra en la que habita y en la mentira del crecimiento ilimitado, que ignora los límites finitos de la Tierra. Por eso, la salvación del planeta y de la humanidad presente y futura exige la creación de una nueva civilización que esté fundada en la verdadera espiritualidad, de la que surja la moral y la virtud, la prudencia, el cuidado y el respeto por la diversidad, la solidaridad, la justicia, la libertad y que determine los límites.

Es imposible mantener un desarrollo sostenible con este sistema de cosas, pues se deben atender una serie de cuestiones, como a los sectores sociales más carentes y excluidos, la pobreza y las causas del empobrecimiento, el medioambiente, etc., que hoy en día se dejan tristemente de lado. Efectivamente, la inmensa mayoría de conflictos y problemas que hoy asolan al planeta tienen su origen en el criminal Sistema que impera en todo el mundo. El complot contra el mismo ser humano y la degradación del medio en el que vive son efectos de una causa común.

La globalización es el clímax, el éxtasis de ese proceso destructivo e insaciable: un marco legislativo internacional que permite a las grandes empresas imponer su Dictadura por encima de las fronteras físicas y culturales de cada pueblo y/o Estado. Su fin es el control y el lucro a corto plazo. Pero es imposible compatibilizar ese tipo de vida y el respeto por el ser humano y el medio ambiente. Es necesario un cambio del Sistema, es imprescindible vivir espiritualmente para que emerja esa nueva cultura, basada en el ser consciente y en el obrar adecuadamente, pues sólo pueden ser éstas las semillas de la moral y de la virtud. Mientras las personas que habitan en los países industrializados no renuncien a ese ritmo de vida que sacrifica al mismo ser humano y a los recursos naturales propios y de los pueblos más pobres, el futuro seguirá en manos del Poder y sus Estados.

La globalización perpetúa la pobreza en los países subdesarrollados. En vez de ayudar a los países pobres a prosperar y tener más poder, perpetúa su empobrecimiento y marginación. En un mundo que ha cambiado dramáticamente debido al proceso de globalización, los países ricos y poderosos ejercen un dominio macabro determinando la naturaleza y la dirección que debe tener las relaciones humanas, incluyendo las relaciones económicas y comerciales, que son dirigidas por instituciones y leyes que “benefician” a unos pocos y empobrecen a todos.

Toda obra humana debe mirar por el bien de todos, tanto el de uno mismo como el de las demás personas. Por ello, las acciones de las comunidades y de las naciones debe beneficiar al conjunto de la humanidad, a la mayoría de los países y no solamente a unos pocos. Pero el proceso que sigue la globalización lleva al continuo empobrecimiento de los países subdesarrollados y a la dependencia de los países ricos.

El camino contra ese proceso puede ser largo. Sobre todo, porque será muy difícil que las clases medias, aburguesadas y acomodaticias, renuncien a esa idea del bienestar que, en definitiva, identifica felicidad con consumo y despilfarro. Hasta ahora, esas clases medias han creído que eran los triunfadores de toda esta historia. Pero el Poder –que se concreta en el Estado, en el sistema neoliberal y en la globalización- no sólo sacrifica los recursos naturales, las economías y las personas que habitan en los países pobres, sino también la salud y la felicidad de los propios consumidores.

El poder político, militar, económico, sanitario, alimentario, informativo, productivo, tecnológico, científico, educativo… está, cada vez más, concentrándose en unas pocas manos. Adolf Hitler no podría haber soñado algo más afín a sus descabelladas y nocivas ideas. La coartada democrática, asentada en una malintencionada idea que hace ver a la ciencia y a la tecnología como algo neutral, justifica políticas aberrantes y criminales y procesos económicos, sociales y empresariales escandalosamente destructores.

Mientras, la población occidental continua adormecida, neutralizada. Sólo el despertar del consumidor medio occidental podrá detener esa carrera imparable hacia ninguna parte. Ese consumidor se debe dar cuenta de que también se está atentando contra su felicidad y su vida en ámbitos como la alimentación –hormonas, pesticidas, transgénicos…-, la medicina –fármacos abrasivos, errores médicos, sanidad deshumanizada e ineficaz…-, la destrucción de las economías locales –dependencia, contratos basura, precariedad laboral, paro, sueldos bajos…-, educación e información –dirigidas, alienantes, unidireccionales, verticales y tendenciosas…-, ciencia –que juega con la vida, contra las generaciones futuras, que inventa procesos cada vez más peligrosos-, tecnología –que concentra el poder en pocas manos, que deshumaniza la vida, que destruye la naturaleza, que no es perfecta y causa desastres: Chernobyl, el Concorde, Exson Valdez…-, cultura –uniformación de la población, imperialismo cultural, homogeneización idiomática…, justicia –que encubre las fechorías de los gobiernos e industrias contra los seres vivos y el medio ambiente, que permite la inmoral concentración de riquezas, que divide a los pueblos, que crea guetos, que actúa contra el “outsider”, etc.

Una vez más, debemos ser conscientes y obrar adecuadamente, porque la globalización, la forma en que actúa en cada uno de los ámbitos que afectan al entorno y a nuestras vidas, ya sea en el médico o en el cultural, en el alimentario o en el medioambiental, es cada vez más invisible y subliminal. Sin darnos cuenta, en muchos de nuestros actos cotidianos, tan simples como alimentarnos o curarnos una gripe, o asistir a un concierto o comprarnos ropa, estamos siendo, al mismo tiempo, cómplices y víctimas. Desentrañar cada uno de esos procesos en los que todos estamos inmersos es una tares muy difícil, pero necesaria y obligada.

 

 

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