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FEMINIDAD Y ÉXITO

En la adolescencia, comienza a imponerse a la niña determinada regla cultural: el éxito y la feminidad son incompatibles, es decir, tener éxito es inadecuado para su género. Si la niña sigue cosechando éxitos, será poco femenina y serlo supone no tener éxito. La niña se encuentra atrapada en una situación en la que se contradicen dos sistemas de valores de igual importancia. Uno es el deseo de conseguir una valoración positiva de sí, la sensación de ser una persona valiosa y productiva. Hasta entonces, se ha estimulado y recompensado el hecho de tener éxito, conseguir buenas calificaciones y acceder a un nivel de excelencia, fomentando una vía para el desarrollo de la personalidad, en relación con su dignidad y valor. Pero el sistema de recompensas cambia de manera drástica en la adolescencia.

El sistema que entra en juego consiste en el deseo de ser una buena mujer, adaptarse a las expectativas relacionadas con el papel asignado al género y ser femenina, con las recompensas que ello aporte. Ahora, el deseo de ser una persona competente y valiosa se hace incompatible con el de desempeñar bien el papel femenino; pero, en general, la sociedad no valora dicho papel.

En realidad, la situación es algo más compleja, porque no todos los éxitos se consideran inadecuados para las niñas. Es perfectamente aceptable que se preparen para ser enfermeras o maestras, pero el éxito en campos estereotípicos de los varones (como ser soldadora o mecánica de automóviles) es inadecuado y está sujeto a sanciones.

El sistema de recompensas puede cambiar en la adolescencia por una de estas dos razones o por ambas: por una parte, se incrementa la importancia de las relaciones heterosexuales, la popularidad y las citas; en consecuencia, el grupo de iguales puede comenzar a obligar el cumplimiento de las reglas de incompatibilidad entre feminidad y éxito.

Las diferencias de género son menores entre niños y niñas más pequeños y, durante la adolescencia, aparecen serias diferencias entre los géneros. Hacia esa época, las chicas se hacen mucho más conscientes de sí mismas que los chicos; las adolescentes se orientan cada vez más hacia las personas, mientras que los adolescentes hacían hincapié en el éxito y la competencia.

En un estudio, se preguntó a alumnos y alumnas de enseñanza media si les gustaría más ser independientes, tener éxito o ser amados. Las adolescentes destacaron el ser amadas (60%, en comparación con el 35% de los chicos), mientras los adolescentes insistían mucho más en el éxito (46%, frente al 29% de las chicas).

No cabe duda de que el origen del doble vínculo de las mujeres radica en el conflicto entre el éxito y la feminidad. La adolescente se ve atrapada en una situación clásica de doble vínculo, en la que ella desea las dos alternativas, pero éstas son incompatibles. Ella quiere, a la vez, ser femenina y tener éxito, pero percibe la incompatibilidad de ambas metas. Aquí está, sin duda, el origen de gran parte de la ambivalencia y el conflicto a los que se enfrentan las mujeres: a la adolescente le resulta difícil combinar el hecho de ser una persona valiosa con el de ser una mujer hecha y derecha, a causa de contingencias impuestas por la cultura. Consideramos que ahí está una de las causas de los problemas de adaptación que padecen algunas mujeres adultas.

 

 

 

 

 

 

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