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  La pereza y la apatía.

El ser humano debe alternar de manera inteligente la acción con el reposo. Éste ayuda a recuperar las energías que se necesitan para vivir espiritualmente. Sin el descanso, en muchas ocasiones sería imposible ser consciente y obrar a la altura que requieren las circunstancias, ya que si no se reparan las fuerzas éstas se agotan pronto, y el organismo sufre si se le tiene constantemente en ejercicio.

Pero cuando se desea el descanso y el reposo se alimenta el ego de la pereza. Este ego hace sentir a las personas una excesiva y desordenada necesidad de reposo. El perezoso descansa con el fin de huir del trabajo espiritual, cuando se debe descansar para poder seguir viviendo espiritualmente.

De la clase de ocupaciones a las que cada uno se dedica, de la edad, de la robustez y de otras circunstancias depende la cantidad de descanso que uno puede y debe tomarse. La pereza impide a unos ser conscientes y obrar adecuadamente, a otros no les deja terminar las tareas ya empezadas y es la causa de que muchos terminen sus obrar sin la debida perfección. Estos últimos no terminan sus propósitos como es debido porque no ponen en sus obras la suficiente diligencia ni ejercitan la actividad con el celo y el entusiasmo que requieren.

El sentir disgusto o fastidio por la labor que se debe realizar, incluso el decaimiento de ánimo en el obrar adecuado, no deben considerarse como culpa si no interviene la voluntad, aunque ésta sea la causa de que se murmure y se desapruebe el propio destino. Precisamente da muestras de mayor virtud quien no abandona el camino espiritual cuando más difícil se le presenta, y sigue obrando adecuadamente a pesar de todas las resistencias que encuentra y todos los obstáculos que le salen a paso. En ocasiones, la tristeza que se experimenta al obrar adecuadamente se origina únicamente al pensar sobre los esfuerzos que se precisan para obrar ordenadamente, sobre todo cuando se sufre por una falta de energía y se posee un organismo deteriorado que apetece el reposo como su mayor bien y se resiste a todo lo que signifique molestias o esfuerzos. Únicamente se alimenta al ego de la pereza y el ser humano equivoca su camino cuando, por su causa, se abandona la actitud de ser consciente y de obrar adecuadamente.

Este estado mental de pereza, de apatía y de escasez de energía se manifiesta en la Vida como falta de dirección. Es un hecho muy corriente que una persona con energía sobresalga como alguien excepcional. Más aún, la energía es una condición necesaria para vivir espiritualmente, así que se puede comprender lo esencial que es este ingrediente en espiritualidad. La energía surge cuando se tiene una dirección bien definida en la que utilizarla, cuando se sabe exactamente a donde se va y se persevera en ello. Pero cuando no se tiene un concepto claro de lo que se está tratando de realizar, salvo conservarse vivo, del interior no brota mucha energía, la Vida pierde su fascinación y su interés y el subconsciente cree que vivir es una causa perdida. Usar la propia fuerza y dirección sólo para sobrevivir no es una tarea fructífera y la energía entonces no surge. Viviendo espiritualmente permitimos surgir desde nuestro interior la energía necesaria para seguir siendo espirituales. Es como haber encendido una luz, si ésta se encuentra encendida y no cortamos la corriente la luz sigue brillando.

Como suele ser difícil estar sin hacer nada, el perezoso, a la vez que rehuye el trabajo espiritual, se distrae en bagatelas sin importancia. El vicio de la pereza es también un desorden muy perjudicial por los efectos que de él resultan. La Ley de la Vida obliga al ser humano a andar el camino espiritual. Éste sólo se recorre siendo consciente y obrando adecuadamente, y esto siempre significa regeneración, pureza y virtud. Quien, dominado por el vicio de la pereza, se entrega al ocio, se resiste a la Ley de la Vida y se sale del orden por ella establecido. Todas las facultades del ser humano deben ejercitarse y desarrollarse, éste ha nacido para el trabajo espiritual y no ha recibido dichas facultades ni la energía de Dios para tenerlas ociosas, sino para emplearlas consciente y adecuadamente.

Muchas veces cree el perezoso que no hace nada malo, puesto que no hace nada. No sabe que comete una falta moral de omisión, pues mal obra quien no obra adecuadamente. Se debe vivir espiritualmente en todo momento, pero esto no lo hace quien, por comodidad, deja de obrar apropiadamente. Sólo vive espiritualmente quien emplea el tiempo de su Vida en ser consciente y en obrar adecuadamente. Sólo podemos vivir el presente, el pasado desapareció y el futuro no ha llegado. Cada hora que da el reloj es un tiempo que desaparece de nuestra vida, y de ésta sabemos lo que ha durado, pero no sabemos cuánto le queda. En lugar de aprovechar el tiempo, el perezoso no piensa más que en malgastarlo.

Toda la naturaleza actúa según las Leyes de la Vida. El sol alumbra sus días y la luna sus noches; los ríos corren alimentando los campos y los árboles se visten de flores y se enriquecen de frutos; y no hay criatura que no cumpla sus propios fines. Sólo el ser humano cree que no tiene destino que cumplir y que no puede vivir en armonía con la Vida, cuando es la vida espiritual el destino de todos y la armonía y la virtud sus frutos.

El perezoso desconoce que sin movimiento no hay vida, y que en la naturaleza él mismo es un caso anormal. La pereza camina muy lentamente y la miseria le alcanza pronto. El perezoso arruina su vida y su salud, como viola las Leyes de la Vida y entra en el desorden moral se atrae el remordimiento, la tristeza y se le clavan también en su corazón los dardos del tedio, del disgusto y del cansancio de todo.

Si viéramos el alma de los que parecen y quieren parecer felices porque no obran adecuadamente, nos convenceríamos de que la realidad es muy diferente a la apariencia. En esta Tierra, quien busca su felicidad en alimentar al ego es quien antes se da cuenta de lo absurdo que es eso. Y es frecuente que, desengañado y mirando la Vida como una carga pesada e insoportable, se suicide para buscar un descanso que en realidad sólo halla la persona que vive espiritualmente.

El ego siempre nos tiene que encontrar viviendo espiritualmente. Las herramientas espirituales se desarrollan con el ejercicio y se estropean con el desuso. Cuando una persona vive espiritualmente, los egos, que andan siempre buscando la manera de alimentarse, no encuentran la forma de sugerir pensamientos equivocados y ponerla a obrar inapropiadamente. En cambio, si la persona no es consciente y no se encuentra obrando adecuadamente, le resulta fácil al ego colocarle en la mente ideas engañosas y perjudiciales

La pereza y la languidez o el letargo y la apatía se presentan cuando la mente no está dormida pero tampoco está despierta. Aparece cuando el ser humano se encuentra en una zona crepuscular en la que no se realiza ningún trabajo fructífero. Esta situación no es exactamente igual al sueño profundo, pues se suele salir con más facilidad de la zona crepuscular, pero posee la característica que uno puede caer una y otra vez en el letargo y quedarse sumergido en él.

Se necesita mucha energía para vivir espiritualmente, es extraño que normalmente se tenga tan poca energía cuando se está todo el día sentado o realizando poca actividad física. La mente está tratando constantemente de hacer algo distinto, en vez de permanecer atenta, y la energía se agota de este modo. Si la mente no estuviera lanzando toda clase de ideas, esperanzas y deseos, no agotaría al ser humano. El cansancio proviene también del poco ejercicio físico que se realiza normalmente, sin embargo casi todo el mundo está agotado cuando llega la noche. Es el hurgamiento continuo en la mente y la constante valoración –“ esto me gusta y esto no, esto lo quiero tener y de esto me quiero desprender”- lo que es tan agotador. Por esta razón, los que hacen trabajos de índole intelectual se cansan tanto o más que quienes plantan árboles o construyen carreteras.

La pereza y la apatía se pueden comparar a estar en prisión en una pequeña celda, no hay nada que se pueda hacer hasta que alguien abra la puerta. Si alguien se encuentra obstruido por el letargo y la somnolencia únicamente puede reunir y utilizar la energía suficiente para hacer las cosas más necesarias para su subsistencia básica.

La mayor parte de las personas no sabe o no acepta que vivir espiritualmente es una necesidad y, al no comprenderlo, en su interior entra el desánimo. Es necesario tener una idea muy clara acerca de la necesidad de vivir espiritualmente. No sólo necesitamos comer, dormir, lavarnos y vestirnos, éstas son necesidades básicas instintivas y no necesitan mucha energía. Pero para vivir espiritualmente necesitamos mucha energía y ésta sólo puede surgir si conocemos su importancia, si tenemos totalmente claro que vivir espiritualmente es lo que realmente debemos hacer. Ser consciente del propio modo natural e instintivo de vivir y de reaccionar requiere mucha energía, pero ocurre sorprendentemente que la energía utilizada para ello no representa un agotamiento, sino todo lo contrario, pues uno se siente pleno al llenarse de una energía renovada.

A veces nos sentimos tan fascinados por un libro que podemos pasar media noche despiertos y sin cansarnos en absoluto, simplemente seguimos leyendo; o vamos a una fiesta y pasamos la noche hablando con otras personas, sin cansarnos tampoco porque nos interesa o nos gusta estar allí. Vivir espiritualmente también es fascinante. El principio puede ser poco placentero, pues resulta difícil y sufrimos, pero cuando comprendemos lo que estamos haciendo, observando en cada momento todo lo que surge y obrando adecuadamente respecto a ello, resulta fascinante. Es difícil encontrar en la Vida nada más fascinante que esto. Hablar con otras personas o leer un libro sólo supone adquirir “conocimiento” ajeno, pero observar los estados de nuestra mente y de nuestras emociones, surgiendo y cesando constantemente, es lo más fascinante y lo más provechoso que podemos hacer.

En muchas ocasiones queremos permanecer conscientes, pero perdemos el estado de consciencia, nuestros movimientos y nuestra mente actúan automáticamente o bien entramos en la somnolencia. En cuanto empecemos a perder la consciencia es preciso abrir los ojos, mirar una luz, frotarnos las mejillas, tirarnos de las orejas o mover nuestro cuerpo para activar la circulación; cualquier cosa antes que vivir dormidos. Éstos son modos físicos de superar la somnolencia, pero también nos ayuda a ser conscientes conocer que la Vida es incierta y la muerte es cierta, y que es precisamente ahora cuando tenemos la mejor oportunidad para vivir espiritualmente. Tenemos compañeros, conocimiento, comida, vivienda, nuestro cuerpo está medianamente sano, etc., pero ninguna de estas cosas las tenemos garantizadas. Meditar sobre ello es un modo de despertar la energía.

No hay otro momento excepto éste. El futuro puede parecer seguro, pero eso es una ilusión. Muchas personas mueren a cada momento, y si morimos habremos perdido la preciosa oportunidad para aprender a ser conscientes y para obrar adecuadamente que la Vida nos ofrece. Tenemos que utilizar el tiempo que nos queda para lo más importante, para ser verdaderamente espirituales. Ahora es el momento, no hay otro momento mejor.

Cuando la mente está quieta y permanece inmóvil descansa. Hasta que esto ocurre es preciso que hagamos surgir la consciencia las veces que sean necesarias. Darnos por vencidos ante las inclinaciones naturales es lo que todo el mundo hace. Es el camino del instinto, darnos por vencidos y hacer lo más fácil. Pero aquel que conquista mil veces mil ejércitos no hace nada comparado con quien se conquista a sí mismo. Conquistarse a sí mismo significa conquistar por la consciencia y el conocimiento que esta nos aporta las propias inclinaciones naturales y no dejar que la mente haga lo que quiera.

Vivir espiritualmente debe tener su origen en un buen motivo, sólo así surge en uno la energía necesaria para vivir de forma espiritual. No es razón suficiente el deseo de disfrutar experiencias placenteras. Esta no es una buena razón y, sin embargo, es la principal en la mente de muchas personas. Este deseo de placer siempre produce desilusión y hace que la vida espiritual se convierta en una carga que provoca sufrimiento, como todo lo que se desea. El deseo de placer, también en la vida espiritual, supone caer en una desafortunada trampa mental que crea el pensamiento erróneo. La espiritualidad tiene un único objetivo, y este es ser conscientes y obrar adecuadamente. De ningún modo tiene el propósito de conseguir experiencias placenteras. Éstas pueden surgir y no hay ninguna razón para no disfrutarlas, pero si no se presentan tampoco importa, sencillamente debemos seguir siendo conscientes y obrar de manera adecuada.

Una dirección clara con un motivo adecuado permite el paso de la energía necesaria. Las personas espirituales conocen su motivo y su camino, por eso lo andan con vigor. Cuando no se tiene un motivo ni un camino no hay fascinación ni interés. Es difícil encontrar un camino claro en la Vida, pero la luz de la consciencia que impulsa a obrar adecuadamente lleva a los seres humanos por el camino de la espiritualidad.

 

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