La Página de la Vida / www.proyectopv.org Página Principal

   Recibe tu Boletín            Vídeos             Libros, presentaciones, posts...

 
   
 
 
 
 
Búsqueda personalizada
 
 

 

RENUNCIA Y ABANDONO

Es la virtud por la cual se comprende que en realidad no hay ningún lugar a donde ir, ninguna pelea que ganar, ninguna meta que alcanzar, ni ninguna tarea que cumplir. Su aprendizaje requiere asumir la perplejidad que implica el empezar a percibir la Vida desde la sencillez que no es capaz de diferenciar qué es el “hacer”, qué es el “estar” y qué es el “ser”.

Se considera la renuncia y el abandono como cosa de frailes, monjas, yoguis o personas especiales que viven en cuevas, pero no es la mejor forma de entenderla. La renunciación significa renunciar a las aspiraciones del “ego”, y de esta forma no dejar que se alimente, que prospere. Al ego le gusta que constantemente se le alimente y se le reafirme; cuando se le obliga a estar quieto y a no hacer nada realmente interesante, protesta exaltadamente y trata de burlar la situación encontrando algo que lo siga apoyando, tal como hablar, leer, soñar despierto, lo que sea para continuar apoyándose. Mientras no renunciemos a esas tendencias, la vida espiritual que intentamos no saldrá bien.

La renunciación es parte de cualquier camino espiritual; significa abandonar la idea de quiénes somos, de lo que queremos ser y de lo que queremos hacer; ésas son identificaciones del “ego” que constantemente “nos” reafirman y que van en la dirección errónea. Aquello que pensamos poseer –“mi casa”, mi “marido”, “mi” trabajo, “mis “ amigos, etc.- hace que el “yo” se sienta más seguro porque forma un sistema de soporte, le da una estabilidad ilusoria. No obstante, ninguna persona o posesión es permanente, todas están constantemente a punto de desaparecer.

Parece que tener todas esas personas y todas esas cosas nos dé seguridad, que cuanto más tenemos más seguros estamos. Sin embargo, tener todas esas personas y cosas trae precisamente más preocupaciones y problemas. Nos gusta rodearnos de las elaboraciones del “yo”, “mi” y lo “mío”, pues nos hace sentir seguros. Así lo elaboran nuestros conceptos porque es evidente que no poseemos a nadie. Aunque le llamemos “mío”, creemos que nos pertenecen, y cuando peligran nuestras posesiones nos aferramos a ellos desesperadamente. Éste es el proceso de identificación con nuestra familia, nuestro trabajo y las cosas que poseemos. En vez de vivir espiritualmente, el ego crece y nos incrusta en diversas personas, un trabajo, una casa y todo lo que eso conlleva. Así parecemos más grandes, y esto ocurre sobre todo cuando nos identificamos con una religión, una nacionalidad o una creencia.

Renunciar a toda esta identificación es un paso muy importante, pues únicamente estando solos podemos verdaderamente andar el camino. Esto no quiere decir que se tenga que echar a todo el mundo fuera de casa, pero mientras dependamos de lo que otra persona diga, piense o haga no podremos poner en práctica nuestra propia libertad.

Llegar a ser algo o alguien, incluso una persona consciente, es una afirmación del ego. En vez de ser exactamente ahora y estar totalmente atentos a lo que realmente somos, queremos llegar a ser, que es futuro; y el futuro no existe, sólo es una imaginación de la mente. Pero ser exactamente ahora es algo que podemos hacer empleando toda nuestra consciencia. Llegar a ser algo que en realidad no se es –un santo, un jefe, famoso, rico, etc.- hace más grande al ego; es esperar y desear, son ensueños. Llegar a ser no es útil, ser lo es; se puede ser consciente de ser, pero no se puede ser consciente de lo que se va a ser.

Como parte del proceso de abandono podemos renunciar a nuestras posesiones, identificaciones y deseo de llegar a ser. Debemos abandonar el pensamiento, la espera, el juicio, la imaginación, el deseo y el confort. Si queremos ser conscientes debemos abandonar, pero esto no significa que tengamos que deshacernos de nuestras posesiones o de nuestras familias, significa que debemos deshacernos de nuestra identificación con ellas.

Todo aquello a lo que nos aferramos es un estorbo, un obstáculo, igual que no podríamos salir de casa si nos aferráramos a la almohada por la mañana. Podemos permanecer en la misma casa, llevar la misma ropa, tener el mismo aspecto y, sin embargo, haber renunciado a nuestros mayores apegos. Renunciar no significa que no queramos a nuestra familia. Por el contrario, el amor sin dependencia es la única clase de amor que carece de miedo y por lo tanto es puro. El amor con dependencia no es amor y además es un estorbo, se basa en ondas emocionales y generalmente crea invisibles barras de hierro. El amor real es amor sin dependencia, es dar sin expectativas, es “estar al lado de...” en vez de “apoyarse en...”.

La renunciación puede tener distintas formas; puede ser autodisciplina, como levantarnos un poco antes de lo acostumbrado, renunciando a la inclinación de estar más cómodos. La renunciación puede tomar la forma de no comer siempre que lo deseemos, sino esperar que tengamos realmente hambre. Cuando lleguemos al final de nuestras vidas deberemos renunciar a todo; ni siquiera poseemos en realidad a este cuerpo que llamamos “yo”. Más nos valdría aprender algo acerca de la Vida y de la muerte antes de que ésta llegue. Por esto el momento de la muerte es a menudo tan conflictivo. Algunas personas mueren pacíficamente, pero otras muchas no lo hacen así porque no están dispuestas a renunciar a todo. En toda su vida quizás no habían concedido ni un solo pensamiento a la espiritualidad.

 

Actualizar menú del tema

Home