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  LA ADOLESCENCIA: TERRENO ABONADO PARA LAS TOXICOMANÍAS

La drogadicción se trata de un hecho social impreciso y complejo que involucra a dos campos diferentes no articulados: uno el que reprime y castiga, el otro el que previene y asiste (el estamento sanitario); ambos implican a la juventud como principal protagonista.

Es necesario saber de la red de producción, comercialización ilícita y transgresiones que presenta el mundo del tráfico y consumo de drogas, como ocurre en Hispanoamérica. Podemos poner como ejemplo la lógica del campesino boliviano que cultiva coca (una hectárea de producción le representa al año un beneficio entre 5.000 y 9.000 dólares, y una hectárea de producción de cítricos unos 500 dólares), diferente a la lógica del joven que anda por las calles de una ciudad vendiendo cocaína: por cada dólar invertido en hojas de coca en las zonas de producción se obtienen 300 dólares por venta en las calles.

El fenómeno de la drogadicción, mucho más que en la acción farmacológica de una sustancia que interactúa con un organismo vivo, radica en una respuesta del ser humano, de lo cual se deduce que éste no es un problema de drogas, sino un problema de personas. Con él aparecen dos universos: el del narcotraficante y el del consumidor. En este último se abre el espectro, y jóvenes de diferentes lugares y culturas consumen sustancias variadas de diversas formas y cantidades, haciendo del ritual, el código que identifica, el símbolo que da pertenencia, el hecho que asemeja. El adolescente coloca a la droga en el lugar en que él desea, la droga ocupa así el lugar que se le da. Su acción, por lo tanto, no depende tan sólo de sus características como fármaco sino de todo lo que de ella se espera, de lo que buscan quienes la consumen y la suministran, y de lo que dicta el entorno.

Y todo ello confluye en una persona que está atravesando un peculiar período de su desarrollo, en el que tiene que consolidar las bases de su salud mental y física de las cuales dependerá en el futuro. No olvidemos que, finalizada la infancia, la adolescencia constituye la última oportunidad de la persona para establecer una estructura de personalidad adaptada al modelo de salud. El adolescente ensaya modos de vida alternativos, que puedan sustituir a aquellos que durante su infancia le resultaban incuestionables. Una vez que el adolescente “ha perdido” a sus padres, las alianzas que establece con sus compañeros resultan vitales para su desarrollo emocional y psicológico. Con ellas obtiene la validación de sus cambios y un característico sentimiento de invulnerabilidad y omnipotencia que le permite explorar nuevas sensaciones sin evaluar de forma completa los riesgos que asume. Además, su situación personal genera un aumento en la vulnerabilidad frente al estrés, la frustración y la ansiedad, que incrementan la probabilidad de que desarrolle una rápida dependencia de una determinada sustancia.

Hay estudios que confirman la existencia de patología psiquiátrica en una importante proporción de adolescentes que consumen tóxicos. Los trastornos detectados con mayor frecuencia son: trastornos afectivos (como la depresión), ansiedad, déficit de atención y alteraciones de conducta (como, por ejemplo, la agresividad). Asimismo, hay investigaciones que han permitido detectar importantes factores de riesgo en el consumo de sustancias, como son: el fracaso escolar, el abandono de la escolarización, el embarazo de adolescentes, la presencia de compañeros consumidores, la existencia de una disfunción familiar, los trastornos psiquiátricos y los antecedentes de alcoholismo en los progenitores. También se ha visto que el consumo de alcohol y tabaco preceden de forma significativa al consumo de otras sustancias ilegales, lo cual confirma la teoría del fenómeno de escalada, sugerida por muchos investigadores (por motivos aún no bien comprendidos, se ha observado que el tabaco tiene un efecto facilitador sobre el desarrollo de adicciones mayor que el alcohol).

Respecto a los tratamientos, actualmente no constituyen más que pequeñas variaciones de los modelos terapéuticos para adultos y entre ellos cuesta encontrar alguno que muestre una superioridad definida frente a los demás. Los resultados, por lo general, muestran elevadas tasas de recaídas, atribuidas habitualmente al intenso craving (impulso de consumir) de los pacientes adolescentes. Con todo, las líneas terapéuticas actuales se inclinan cada vez más por mejorar la autopercepción del joven, su habilidad para afrontar la presión social y que cuente con adecuado soporte por parte del entorno sociofamiliar.

 

 

 

 

 

 

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