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Amistad tras el divorcio

El divorcio sucede a prolongadas e intensas tormentas emocionales. La ruptura añade nuevas tensiones a la pareja, centradas en dos temas: el dinero y los hijos (en muchos casos visitas del padre y la educación).

El proceso legal es largo y deficiente, complica siempre la relación, incluso la de los esposos que se separaron en relativa buena armonía, que no contaban con las argucias de los abogados de la parte contraria en los tres pleitos que en muchos casos son habituales («medidas provisionales», «oposición a estas medidas» y «pleito principal»). Si añadimos que durante estas pruebas, interesados y testigos mienten como bellacos en la mayoría de los casos, sin que se proceda contra los segundos penalmente por falso testimonio, cada uno de los ex cónyuges interpreta la conducta en las «pruebas» como una nueva traición del otro y de los antiguos parientes políticos y de los amigos. Se provoca una división en dos bandos, y se consideran enemigos a personas con las que se hubiese podido contar para la ayuda de la pareja separada y a los hijos.

Tras esta tempestad de resentimientos y desengaños, el vínculo sentimental con la antigua pareja, de modo especial si es padre o madre de sus hijos, no desaparece como por ensalmo, y queda un subfondo de odio-engaño-vestigios del antiguo amor-deseos de revancha, que complica aún más la situación.

Los hijos ya sufrieron muy importantes traumas durante el período de falta de amor y de hostilidad que provocó el divorcio, traumas que ahora pueden agravarse, por lo que es indispensable restablecer cuanto antes un tono de relación cortés, «civilizado». Para lograrlo es imprescindible dar por zanjado el cúmulo de pleitos previos; aceptar la situación (pensión y reparto del cuidado de los hijos) y tratar de mantener una relación distante pero amistosa, dominada por el respeto mutuo y la conciencia de lo difícil que es también la situación del otro.

El dinero es una carga de dinamita que explota al menor choque. Por ello el hombre que no posee legalmente la custodia compartida debe enviar puntualmente la pensión, y la mujer no exigir su aumento sin motivo muy justificado. El ideal es no tener «ni que hablar» de ese tema en el futuro; considerarlo asunto ya zanjado.

El otro tema peligroso es el de las visitas y estancias de los hijos con el padre. Ambos ex cónyuges tienden a dramatizar el menor incidente y, quizá sin darse cuenta, a usar los hijos como arma arrojadiza para herir al otro, olvidando que el más dañado es «el arma arrojadiza».

La recogida y entrega de los hijos debe ser puntual («me has hecho perder la tarde esperando que vengas a por ellos», «llevo horas angustiada, creí que al niño le había pasado algo, además tiene que hacer los deberes y aún no se ha bañado», etcétera). Las escenas de recepción y despedida son espinosas, si los hijos demuestran mucha alegría al ver al padre la madre se siente defraudada y celosa («con el daño que éste nos ha hecho a ellos y a mí, resulta que ahora es el simpático, claro como soy yo la que les tiene que reñir», etc.).

La información que padre y madre se transmiten sobre los hijos en estas situaciones debe ser aséptica, libre de reproches al otro. Informar sobre el estado y problemas de los hijos sin añadir: «claro, como tú le consientes todo», «¿cómo quieres que salga contento contigo, si le llevas donde te divierte a ti, no donde le gustaría a él?», «los estás maleducando, los vas a hacer unos desgraciados», etc.

Es distinto el tono de advertencia del de reproche. Conviene extremar todas estas precauciones, para lograr un vínculo de comprensión y apoyo mutuo en la ruptura, al menos en cuanto a la protección sentimental de los hijos, sin la que éstos sufrirán nuevos traumas y amarguras que pueden evitarse.

 

 

 

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