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¿QUÉ QUEREMOS DE LA RELACIÓN DE PAREJA?

No suele ser frecuente que uno se pare a pensar verdaderamente qué es lo que quiere de una relación de pareja, aparte de esa primera sensación placentera que resulta tan agradable. Un primer paso supondría una mirada hacia uno mismo y preguntarse cuáles son esas características nuestras que podrían enamorar —o nos gustaría que enamorasen— a otro. Si hay algo que se reconoce que no acaba de gustar, lo más indicado es poner manos a la obra y cambiarlo hasta que uno se sienta bien con esa característica. Es muy importante este punto, porque a veces el concepto que uno tiene de sí mismo difiere mucho de la imagen que realmente refleja. Por ejemplo, se puede pensar que se es realmente gracioso, cuando uno se dedica constantemente a hacer burla de todo y de todos. La connotación es clara: con la broma se suelen reír todos, con la burla solamente el que la hace; la broma aporta un momento divertido, la burla supone una ofensa e incluso una humillación. En la medida en que uno no es así, sino que lo ha aprendido, puede modificarlo hasta que su conducta le reporte mayores beneficios.

En otras ocasiones, se espera tener una pareja atractiva, inteligente o socialmente destacada, sin pararse a pensar a priori si uno cuida su aspecto físico, su capacidad intelectual o cultural, o sus relaciones sociales o laborales. Es decir, a veces se espera de la pareja lo que uno no es capaz de conseguir por sí mismo, por la razón que sea. Sería bueno reconocer aquí que cualquier relación cuyo punto de partida sea el anterior tiene grandes probabilidades de acabar en conflicto y fracaso.

Se ha mencionado que una condición indispensable es que la otra persona resulte del agrado de uno o varios de nuestros sentidos. Luego se inicia la relación, y se van descubriendo puntos comunes, se comparten momentos agradables... y se suele pensar que de aquí a la convivencia prácticamente todo está hecho. En realidad, no.

La convivencia es un tema aparte, pues una persona nos puede gustar mucho, podemos quererla con locura, pero nada de esto garantiza una convivencia en armonía. Cuando se entra en el ámbito de lo privado, de las pequeñas manías cotidianas, de la organización de los tiempos y los espacios, incluso del dinero, se inicia una etapa de ajustes y reajustes que suele provocar más desencuentros que momentos pictóricos.

Es importante no olvidar en esta fase comunicarse abiertamente sobre aquello que nos gusta, y esencialmente lo que no nos gusta, y aplicar todas las estrategias de negociación que estén en nuestro repertorio de conductas. En cualquier caso, y retomando el concepto apuntado anteriormente de la individualidad, en primer lugar uno debería preguntarse si convive a gusto consigo mismo. Es decir, si le gusta cómo se organiza el tiempo, las actividades que realiza, si sabe mantener su buen carácter, si la gestión de su casa y de su espacio le resulta agradable... Si se espera que de todo esto se encargue el otro, hoy en día aumentamos significativamente las probabilidades de que la pareja no funcione como se hubiese deseado en un principio.

 

 

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