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LA CASA DE TEBAS
Ofender a los dioses


ESTA HISTORIA TRATA DE LO QUE LOS GRIEGOS ENTENDÍAN COMO LA MALDICIÓN FAMILIAR: UNA OFENSA CONTRA UN DIOS QUE SE CASTIGA A LO LARGO DE GENERACIONES SUCESIVAS.

EN TÉRMINOS DE PSICOLOGÍA MODERNA, PODEMOS ENTENDER ESTO COMO LA TRANSMISIÓN DE CONFLICTOS FAMILIARES NO RESUELTOS, LO QUE NUESTROS PADRES NO HAN ACOMETIDO, PUEDE QUE NOS LO ENCONTREMOS NOSOTROS DE FRENTE; Y ESTOS «PECADOS DE LOS PADRES» PASARAN A SU VEZ A NUESTROS HIJOS SI NO TRATAMOS DE RESOLVERLOS.

LOS MIEMBROS DE ESTA FAMILIA OFENDEN CONSTANTEMENTE A LOS DIOSES DEBIDO A LA FALTA DE JUICIO, ARROGANCIA, INSENSIBILIDAD Y POR UNA CLARA Y CIEGA ESTUPIDEZ. LA MALDICIÓN TERMINA SOLAMENTE CUANDO ACABA LA EXISTENCIA MISMA DE LA FAMILIA Y LA CIUDAD QUE SUFRE BAJO SU GOBIERNO QUEDA LIBERADA. SI NO SE PRODUCE LA REDENCIÓN ES, CASI SIEMPRE, PORQUE NADIE APRENDE LA LECCIÓN DEL PASADO NI SE APROXIMA A LOS DIOSES CON ESPÍRITU DE HUMILDAD.


Layo era el rey de Tebas. Afligido por no poder tener hijos, consultó secretamente con el Oráculo de Delfos del dios Apolo. El oráculo le informó que este aparente infortunio era, de hecho, una bendición, porque un hijo nacido de su esposa Yocasta se convertiría en su asesino. En consecuencia, el rey se deshizo de Yocasta, aunque no le informó del motivo. Ella, furiosa, hizo que Layo se emborrachara y lo retuvo en sus brazos toda la noche. Cuando, después de nueve meses, Yocasta tuvo un hijo, Layo arrebató al niño de los brazos de la niñera, atravesó sus pies con un clavo y lo dejó al aire libre en una montaña. Este fue el primer pecado de la Casa de Tebas contra los dioses; pues Apolo y su hermana Artemisa, protectores ambos de los niños, tomaron debida nota de este acto perverso.

Gracias a su intervención, el niño no murió en la montaña. Un pastor corintio lo encontró, le puso por nombre Edipo (que significa pie hinchado), porque sus pies quedaron deformados por la herida del clavo, y lo trajo a Corinto. Los reyes de Corinto acogieron al niño y lo criaron como si fuera de ellos, ya que no tenían hijos y ansiaban tener un varón. Edipo creció pensando que era el heredero del trono de Corinto. Pero cierto día, provocado por un joven corintio que afirmó que no se parecía en lo más mínimo a sus supuestos padres, Edipo viajó a Delfos a fin de preguntar al oráculo qué era lo que el futuro le tenía deparado. El dios Apolo previno a Edipo de que asesinaría a su padre y se casaría con su madre.

Horrorizado por esta profecía, Edipo decidió no regresar a Corinto; estaba determinado a demostrar que el dios se había equivocado. Este fue el segundo pecado de la Casa de Tebas contra los dioses; pues nadie desafía la voluntad de Apolo impunemente, por más cruel e incomprensible que esa voluntad pueda parecerle. En un estrecho desfiladero cercano a Delfos, mientras viajaba a pie, Edipo tropezó con el carro del rey Layo (a quien, naturalmente, no reconoció). Layo ordenó al joven desconocido que se apartara del camino y cediera el paso a sus superiores. Edipo se puso furioso y replicó que no reconocía a ningún superior excepto a sus padres y a los dioses, ajeno a la ironía de su afirmación. Layo, en represalia, pasó con la rueda de su carro por encima del pie de Edipo, reabriéndole la antigua herida. Montando en cólera, Edipo arrojó a Layo sobre el camino, hizo que los caballos pasaran por encima de él y abandonó el cadáver insepulto sobre el polvo.

Entre tanto, Tebas estaba afligida por una maldición. De hecho, Layo también se había ido a Delfos, para preguntar cómo librar a la ciudad de la temida Esfinge. Este monstruo había sido enviado por la diosa Hera para castigar a Tebas por el rapto y secuestro de un joven, que Layo había llevado a cabo (esta era la tercera ofensa de la Casa de Tebas contra los dioses, por ser Hera la protectora de la familia). El monstruo se estableció a las puertas de la ciudad y le proponía a cada viajero un acertijo: «¿Qué ser, con una sola voz, tiene a veces dos pies, a veces tres, a veces cuatro, y es más débil cuanto más tiene?» Aquellos que no eran capaces de resolver el acertijo eran degollados de inmediato, y el camino estaba lleno de cadáveres medio devorados.

Edipo, al acercarse a Tebas, poco después de haber matado a Layo, acertó con la respuesta. «El hombre», replicó, «porque se arrastra en cuatro patas cuando es niño, se mantiene firmemente sobre sus dos piernas en su juventud y se apoya en un bastón en la vejez». La atormentada Esfinge se tiró desde las murallas de la ciudad y se hizo pedazos en el valle que había debajo. Los tebanos agradecidos aclamaron a Edipo como rey de Tebas, y este se casó con Yocasta, sin saber que era su madre.

Posteriormente, cayó sobre Tebas una plaga enviada por los dioses, y el Oráculo de Delfos, cuando una vez más fue consultado, ordenó: «¡Echad al asesino de Layo!». Edipo, desconociendo a quién se había encontrado en la carretera, pronunció una maldición sobre el asesino de Layo y lo sentenció al exilio. De esa forma, se maldijo a sí mismo, sin saberlo.

Pronto llegó un vidente ciego a la corte de Tebas y declaró que el propio rey Edipo era el asesino de Layo. Al principio nadie lo creyó, pero finalmente llegaron noticias de la reina de Corinto confirmando los verdaderos orígenes de Edipo. Yocasta se ahorcó, sumida en el dolor y la vergüenza, y Edipo se cegó con un alfiler que tomó de las vestiduras de ella. Perseguido por las Furias y desterrado de Tebas, Edipo fue expulsado por el hermano de Yocasta, Creón. Antes de ser desterrado maldijo a sus hijos (que eran también sus hermanos), Eteocles y Polineces. De ese modo se lanzó otra maldición sobre la Casa de Tebas. Tras muchos años de vagar, con su hermana-hija Antígona como guía, Edipo llegó finalmente a Ática, donde las Furias dejaron de perseguirlo, muriendo por fin en paz.

Sin embargo, la paz no se hizo presente en la (Casa de Tebas. Hemos visto en el espacio anterior cómo Antígona, hija de Edipo, desafió a su tío Creón para liberar el espíritu de su difunto hermano Polineces, y por ello fue sentenciada a muerte. Y también hemos visto cómo los hijos de Edipo fueron destruidos en la guerra que estalló por la sucesión del trono tebano. Incluso con la muerte de los dos y del rey Creón no cesó el conflicto. El hijo de Polineces intentó reconquistar el trono que le correspondía por derecho de nacimiento como nieto de Edipo. Sin embargo, en la gran batalla que siguió, el y sus aliados fueron derrotados; Tebas fue saqueada, y la maldición que los dioses lanzaron sobre Layo y sus descendientes concluyó finalmente.


COMENTARIO: ¿Cuál podría ser el significado de esta leyenda a nivel psicológico? Todas las familias arrastran conflictos no resueltos que pasan de una generación a la siguiente; y si una generación rehúsa encarar y acabar con el conflicto, este se cernirá inconscientemente sobre la generación siguiente. Todos somos seres individuales, pero también cargamos con el legado de los puntos de vista, actitudes y valores de nuestros padres. Si permanecemos ignorantes de los patrones psicológicos heredados, estos ejercerán una poderosa influencia en el modo de tratar a nuestros hijos. En el mito, el problema se inicia con Layo, que reacciona ante la advertencia de Apolo repudiando a su esposa. Esta no es una ofensa a los dioses; pero Layo deja de comunicar la verdad a Yocasta y en consecuencia, inicia su propia destrucción por la humillación. La falta de comunicación entre los cónyuges es una omisión moderna, y antigua también. Al negar a su esposa una explicación de por qué la ha dejado a un lado, Layo invoca a su propio destino, Y aunque comprendamos su temor, su fría intención de asesinar a su hijo y su abuso de un joven inocente constituyen grandes ofensas contra los dioses. El poder de destrucción de Layo no termina con su muerte, pues el encubrimiento del nacimiento de Edipo representa para su hijo una ignorancia mortal.

El mismo Edipo comete dos errores fatales: no puede controlar su ira y no es capaz de aceptar la palabra del oráculo de mejor modo que Layo, Padre e hijo son iguales, en el sentido de que no están dispuestos a inclinarse ante la voluntad de los dioses, sino que colocan en primer lugar su propia seguridad e importancia. Este, apego al poder aflige no solo a Layo y a Edipo, sino también a Creón, el hermano de Yocasta, y a los hijos y nietos de Edipo. En esta familia parece como si el amor, la compasión y la humildad no tuvieran cabida.

La naturaleza sangrienta y violenta de esta historia no debe impedir que consideremos el modo en que cometemos errores psicológicos e incluso materiales de tipo similar. ¿Cuántos esposos y esposas dejan de compartir con sus cónyuges el motivo de sus acciones y decisiones? ¿Cuántos cónyuges dejan de buscar el motivo real por el que son rechazados, y en lugar de ello toman venganza? ¿Cuántas decepciones se producen en cada familia, en las que los secretos se mantienen ocultos con la esperanza de que nosotros, como padres, aparezcamos como seres importantes e intachables a los ojos de nuestros hijos? ¿Cuántas veces la irrupción de la ira y el temperamento violento echan por tierra la paz de la familia? ¿Y cuántas veces la envidia y la rivalidad son causa de que los hermanos peleen entre si y destruyan cualquier vestigio de lazo familiar?

Afortunadamente, nuestras ofensas son de menor importancia que las de la Casa de Tebas, y podemos hallar la suficiente honestidad y humildad para disculparnos cuando hemos herido a alguien, o cedemos gustosamente cuando está claro que la vida no se va a inclinar por nuestra voluntad. En cualquier momento de esta historia, una demostración de amabilidad, de paciencia o de buena voluntad que implicara desprendimiento —por cualquiera de los miembros de la familia— podría haber resuelto la maldición y liberado a la familia. La caída de la Casa de Tebas no se debe, en verdad, a la ira de los dioses. Es debida a la insensibilidad y al error humanos, repetidos generación tras generación, hasta que el peso acumulado de la carga del conflicto se vuelve demasiado grande y la familia queda dispersada e irrevocablemente perdida.

 

 

 

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