La practica de los valores fundamentales del alma en la vida cotidiana I

La posición de testigo de la forma que estamos aquí explicando es fundamental. En esta posición uno se encuentra y se siente integrado en la realidad que se está vivenciando, y desde luego no se desenvuelve como observador que observa lo observado. Si uno se separa de aquello que está observando está provocando, evidentemente, una separación y, por lo tanto, está tergiversando la percepción de la realidad y produciendo antes o después sufrimiento.

Así, la posición de testigo le permite a uno observarse atentamente en acción, ver su máquina en funcionamiento, y puede empezar a adquirir cierto dominio sobre ella poniendo en práctica los valores fundamentales con los que está en consonancia. No se trata de los valores morales que proceden de nuestro condicionamiento cultural, sino los valores que uno ha elegido de nuevo libremente porque están en resonancia con su propia verdad interior.

Si uno ya ha tomado consciencia de ciertos comportamientos erróneos, puede empezar conscientemente a cambiarlos; al menos a intentarlo. Como hemos visto en el espacio donde presentamos las estructuras del carácter, las raíces de todo comportamiento negativo o limitador se encuentran en el inconsciente, eso es cierto. De modo que uno no podrá liberarse de inmediato de sus automatismos primarios por el simple hecho de haberlos reconocido. Para deshacerse de ellos desde el plano consciente, tendrá que actuar también en los niveles inconsciente y supraconsciente. Sin embargo, algunos aspectos de la personalidad se pueden trabajar mediante decisiones conscientes, preparando así la transformación que habrá que hacer, en el momento apropiado, en los otros dos niveles. Esa buena voluntad abre también las puertas al alma, y ésta puede empezar a ponerse de manifiesto en la vida cotidiana. Vamos a citar algunos aspectos que, en cierta medida, se pueden abordar directamente mediante un acto de voluntad consciente. Son sencillos y, en el fondo, todo el mundo los conoce. Pero no está de más recordarlos, puesto que vivimos en una sociedad en la que ya no hay sistemas de valores fundamentales. Como se ha dicho antes, aunque su enunciado parece trivial, ponerlos en práctica en lo cotidiano permite adquirir cierto dominio de los mecanismos inferiores. Para facilitar la puesta en práctica, puede uno hacer uso, entre otros, de los datos que hemos presentado en los espacios que hablan sobre el funcionamiento de las mentes inferior y superior.


1) Desactivar las estrategias de la mente inferior, en especial:

- Dejar de querer tener razón y de querer imponer el propio punto de vista. En cuanto uno se da cuenta de que está metido en ese juego, se detiene, simplemente. Eso no impide tener un punto de vista, ni impide expresarlo, pero aprende uno a hacerlo escuchando y respetando el punto de vista de los demás. Querer tener razón e imponer el propio punto de vista es un mecanismo muy fuerte de la consciencia inferior, que puede manifestarse de forma muy sutil. Mediante un acto de voluntad consciente se puede llegar a dominar ese mecanismo, y es ya un paso adelante.

Sugerencia práctica: Obsérvese cada vez que piense que tiene razón y que los demás están equivocados. Cuando se dé cuenta de que está metido en esa dinámica,, inspire profundamente, invoque las energías de compasión y de apertura del alma, y utilice el proceso de cambio de contexto que se ha expuesto en los espacios anteriores. Si es necesario que comunique su punto de vista, hágalo, con claridad y sencillez, sin echarle al otro en cara su error, con espíritu de apertura y de apoyo mutuo.

A ese nivel, puede ayudar un buen curso sobre comunicación.

- Fomentar la flexibilidad frente al cambio: estar atento a las propias reacciones cuando las cosas cambian alrededor de uno de forma inesperada. Elegir entonces conscientemente la flexibilidad y la apertura en lugar de dejarse atrapar por el mecanismo de la resistencia y del bloqueo del ego. Éste es un entrenamiento cotidiano real, muy útil para flexibilizar la rigidez del mecanismo de la mente inferior.
 


2) La tolerancia, que llega como resultado de la mayor comprensión que uno tiene de sí mismo y de los demás. El estudio, la reflexión inteligente y la observación ayudan a incrementar la tolerancia, que es la expresión de la apertura del corazón y del espíritu. Para fomentarla, no hay como relacionarse con personas que sean muy diferentes de nosotros (al ego no le gusta la diferencia). Los viajes, por ejemplo (los verdaderos, no las expediciones turísticas materialistas y egoístas), los que nos hacen entrar en contacto con otras culturas y otras maneras de ver la vida, son muy útiles para ampliar la consciencia en ese sentido.


Subrayemos, de paso, que cualquier actividad de la vida cotidiana puede ser utilizada con fines de entrenamiento espiritual si se quiere. Un viaje, por ejemplo, puede ser la ocasión de una gran apertura de consciencia, pero también puede ser una huida o un acto más de llenado. Todo depende del estado de espíritu en el que nos encontremos en cada momento de nuestra vida, y de cuál sea nuestra intención.

 

3) Ausencia de crítica destructiva. La tendencia a criticar está anclada en la consciencia colectiva, hasta el punto de que, a menudo, no nos damos siquiera cuenta de que criticamos: pensamos que tenemos razón ¡y que nuestra percepción es la correcta! Si vigilamos nuestras palabras, nos sorprenderemos al constatar la cantidad de negatividad que transportan.

Mediante un acto consciente, podemos decidir dejar de criticar. Desde luego, no hablamos aquí de la crítica constructiva, que se expresa siempre de forma tranquila, sin alteración emocional y directamente a la persona a quien concierne, con el único interés de colaboración y de bien. La crítica destructiva no va nunca dirigida a las personas adecuadas. Sólo sirve para aumentar la negatividad y el deseo de justificarse y de querer tener razón.

Basta con mantener constantemente la posición de testigo a fin de estar atentos a nuestras palabras y cerrar la boca cuando vaya a salir de nuestros labios una crítica inútil. Parece sencillo, pero es todo un ejercicio de dominio de los mecanismos de la mente inferior y del cuerpo emocional. Es un acto de consciencia que mantiene la energía transparente en uno mismo y hace que la irradie a su alrededor, facilitando así la expresión del alma.

Por otro lado, hemos de aprender a hacer caso omiso de las críticas que hacen de nosotros los demás. Una sensibilidad excesiva a lo que los demás piensen de nosotros es signo de una falta de control emocional. El origen de esa dificultad suele estar en las memorias acumuladas en el ordenador de la mente, y es más difícil de resolver mediante un acto de voluntad consciente. Hay que trabajarla más bien en el inconsciente, mediante algún método de los que veremos más adelante. Haber adquirido respecto a eso una serena independencia indica una gran madurez psicológica.


4) La inocuidad y la palabra correcta. La ausencia de crítica forma parte de una cualidad más amplia, la inocuidad (o «in-ofensividad»).

El que trate de practicar esa inofensividad positiva que se manifiesta en el correcto pensar (por estar basado en el amor inteligente)) en el correcto hablar (por estar regido por el autocontrol), en la correcta acción (por estar fundada en la comprensión de la ley), descubrirá que tal tentativa exigirá todos los recursos de su ser y tomará mucho tiempo para realizarlo.

Nada de técnicas espectaculares, y sin embargo, en efecto, la práctica de la inocuidad lleva a una pureza de corazón tal que el alma encuentra de inmediato su camino.

 

5) La integridad, la autenticidad, la sinceridad son cualidades bien conocidas. Llevadas a la práctica en la vida cotidiana también incrementarán el flujo de la energía del alma.

 

 

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