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INCONVENIENTES DE LOS ANTICONCEPTIVOS

En primer lugar, hay una serie de costes sociopsicológicos. La utilización y la planificación del uso de anticonceptivos suponen el reconocimiento de la actividad sexual de la mujer. El uso de anticonceptivos como la pildora indica que la disponibilidad sexual es permanente, lo que alguien puede considerar que reduce el derecho de la mujer a decir "no". Algunos métodos, sobre todo la espuma espermicida y el diafragma, reducen la espontaneidad del sexo, lo que, para algunas personas, supone un coste psicológico.

En segundo lugar, existen costes derivados de la misma estructura social: para utilizar determinados métodos, la mujer tiene que pedir cita a un médico y puede que le digan que no es posible recibirla hasta pasadas varias semanas. Incluso los métodos de "supermercado" (espuma o preservativos) suponen la necesidad de ir a la tienda, poniendo de manifiesto ante todo el mundo (o, al menos, ante el público que está en el comercio) que se mantienen actividades sexuales.

En tercer lugar, los costes pueden recaer en la relación: la mujer puede temer la reacción negativa del hombre si utiliza un anticonceptivo como la espuma o el diafragma, o su rechazo si le pide que utilice un preservativo.

Por último, también existen costes biomédicos, sobre todo, el temor a los efectos colaterales de la pildora.

La mujer puede prever ciertos beneficios derivados del embarazo. Algunas personas lo consideran como prueba de feminidad, lo que puede tener especial importancia en una sociedad en la que los papeles asignados a los géneros fluctúan. Asimismo, el embarazo puede realzar el sentimiento de valía de la propia interesada, como prueba de su capacidad para traer hijos al mundo. No cabe duda de que el embarazo constituye una prueba de fertilidad y hay mujeres que sienten la necesidad de esta prueba (dos tercios de las entrevistadas este estudio dijeron que sus respectivos ginecólogos les habían dicho que les resultaría difícil quedar embarazadas a causa de los problemas que presentaban sus sistemas reproductores). El embarazo puede contemplarse como una forma de llevar a término algo con alguien significativo para la interesada, obligando, quizá, al varón a definir con mayor claridad su relación o a pasar de la simple convivencia al matrimonio. Por último, la pura excitación que suscita el riesgo puede entusiasmar a algunas personas: el enemigo número uno de la contraconcepción.

Dadas todas estas circunstancias, la mujer sopesa los pros y los contras y, a menudo, decide correr el riesgo. Por supuesto, pros y contras varían de una mujer a otra y de una época a otra de la vida de la misma persona. Es probable que los contras del embarazo para una estudiante universitaria que no viva en pareja sean mucho mayores que para una mujer casada, con dos hijos, que no quisiera tener más. El hecho de correr el riesgo y salir airosa puede promover la decisión de afrontar más riesgos: "lo he conseguido una vez; seguro que puedo hacerlo de nuevo", prolongándose el círculo vicioso, que quizá se rompa con un embarazo no deseado. Pero los costes de este fallo ya no son tan terriblemente altos, en la medida en que el aborto es legal y al alcance de cualquiera. Por eso mismo, muchas mujeres dejan la clínica en la que abortan sin que piensen utilizar ningún método eficaz en el futuro, con lo que vuelve a cerrarse el círculo.

Es esperanzador que, a medida que las mujeres sean más conscientes de sus propios procesos de decisión, utilizarán anticonceptivos de manera más eficaz para conseguir las metas que en verdad desean.

 

 

 

 

 

 

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