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Crisis de ansiedad y pánico

La ansiedad es una expresión afectiva desagradable comparable al miedo. La diferencia entre una y otra es que el miedo está provocado por el temor a algo concreto, mientras que en la ansiedad se siente igualmente miedo pero sin que lo provoque objeto alguno.

Algunos tratados de psicología consideran la ansiedad y la angustia como sinónimos. Estudios más recientes establecen, sin embargo, algunas diferencias.

La angustia se percibe más físicamente a través de una serie de cambios fisiológicos del organismo, como aumento de la frecuencia cardiaca y la respiración, temblor, sudoración, opresión en el estómago, «nudo» en la garganta, etc., al tiempo que induce a una reacción de «sobrecogimiento» que tiende a paralizar a la persona.

La ansiedad, en cambio, se percibe más en la esfera psíquica, resaltando el sentimiento desagradable de peligro inminente, a veces de muerte cercana, sensación de indefensión, tensión y expectativa ante una supuesta amenaza. Predomina en ella la reacción de «sobresalto» con inquietud motora que incita a la agitación.

La persona angustiada suele estar encogida sobre sí misma, con los brazos plegados sobre su pecho o su estómago e inmóvil o con cierto balanceo típico. La persona ansiosa suele estar inquieta, caminando de un lado a otro sin rumbo fijo, tirando de su ropa o sus cabellos con desesperación y dando muestras desaforadas de estar buscando alivio.

Es difícil explicar la sensación subjetiva de ansiedad, pues para ser bien entendida, debe sentirse. Por ello damos mayor énfasis a las manifestaciones físicas acaecidas que a la sensación psíquica en sí. Pero lo cierto es que personas que han sufrido graves crisis de ansiedad han alcanzado tal nivel de pánico y temor que padecerían cualquier dolor físico, por tremendo que fuese, por no sufrir otra.

La ansiedad puede comenzar de una forma lenta e insidiosa, con cierta tensión nerviosa que va creciendo paulatinamente, o bien de forma brusca, constituyendo la crisis de ansiedad o ataque de pánico. A menudo no se relaciona con acontecimientos precipitantes y el que la sufre no encuentra motivos que la justifiquen.

 

Describimos a continuación una típica crisis de ansiedad.

El primer síntoma destacable tiene lugar en el corazón: violentos latidos cardíacos que golpean el pecho y repercuten en el cuello y cabeza. Ello desencadena el primer pánico. Lo primero que se piensa es en el infarto, en el paro cardiaco y la muerte. Este miedo se va incrementando cuando, a continuación, aparece dolor en el pecho, sensación de ahogo por dificultad respiratoria, mareo, debilidad muscular y pérdida de equilibrio. El individuo, en plena crisis de ansiedad, pasa por momentos que él, con toda razón, cataloga de espantosos; no sabe si correr, gritar o huir. Lo más probable es que acabe en el servicio de urgencias de algún hospital, ingresado con la convicción de que no saldrá vivo. Lo normal es que, tras ser tranquilizado y atendido debidamente, salga a los pocos minutos por su propio pie y con gran sensación de alivio tras el mal rato pasado.

Otro síntoma destacable ocurre en el sistema respiratorio. Aparece una dificultad respiratoria que los especialistas definen como «hambre de aire». El ansioso siente que no puede tomar el aire suficiente y que su pecho no se expande al inspirar. Esto le hace respirar jadeando y con gran aceleración, lo cual disminuye el anhídrido carbónico de su organismo y produce otro síntoma que le asustará aún más: sensación de acorchamiento y cosquilleo en los dedos y extremidades, a veces siente incluso contracciones y espasmos musculares y, con frecuencia, mareos y vahídos.

Por último, y por si todo lo anterior no ha sido suficientemente terrorífico, el sistema nervioso neurovegatativo puede activar de forma descontrolada el resto del organismo, con la aparición de náuseas, vómitos, diarreas, etc.

Naturalmente, aquí hemos reflejado una crisis de ansiedad grave y completa. Por suerte no siempre ocurre así; a veces pueden aparecer tan sólo algunos de los síntomas, pero son suficientes como para que una vez sentidos no se olviden jamás.

 

 

 

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