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  ESCUELA Y TRABAJO

Una característica del período adolescente es la postergación del ingreso a las actividades adultas y al hecho de privilegiar la pertenencia al sistema educativo como su más importante obligación social. ¿Qué puede ofrecer la sociedad al joven ante la escasez de puestos de trabajo? Mantenerlo estudiando el mayor tiempo posible. Es un estado de moratoria psicosocial que, al menos, le evita enfrentarse con la angustiosa realidad del paro (precisas son las palabras del escritor Antonio Gala acerca de que el paro comienza para los muchachos antes que el movimiento). Está vaciándose de sentido el criterio adoptado por los sociólogos durante largo tiempo para apuntar el fin de la adolescencia: el acceso a un empleo profesional que marca el inicio de la independencia económica respecto a la familia de origen.

Con independencia de los motivos que hayan desembocado en un fracaso en la búsqueda del primer empleo, ya sea de origen individual o de origen social (por ejemplo, la paupérrima oferta del mercado laboral), las consecuencias sobre el equilibrio afectivo y sobre las esperanzas y expectativas del adolescente no dejarán de notarse: sentimiento de fracaso personal, de rechazo de la sociedad, impresión de inutilidad del tiempo invertido en la formación escolar, riesgo de marginación social, etc. Para el propio adolescente, la búsqueda y el desempeño de un empleo concretan en general una serie de aspiraciones más o menos realistas, pero cuya realización práctica representa, en un primer tiempo, una gratificación asegurante y estimulante para la propia imagen que él busca adquirir o confirmar. Inversamente, el fracaso en la búsqueda del empleo se vive con frecuencia como un fracaso de la propia imagen social.

Pero hay más problemas que los propios y derivados de la dificultad de encontrar un primer empleo, como por ejemplo las dificultades halladas por los adolescentes y los jóvenes adultos para adaptarse a un mundo de trabajo cuyas características difieren sensiblemente del mundo de la escuela. En otros términos: ¿está el adolescente escolarmente bien preparado para acceder al mercado laboral? Es bien sabido que en la respuesta inciden diversos factores (motivación individual, contexto cultural, ámbito sociofamiliar, etc.). Cierto que las actuales corrientes pedagógicas intentan que el estudiante perciba las conexiones entre la vida real y su aprendizaje escolar. De tal manera que todo lo que aprenda tenga su aplicación práctica inmediata: así los alumnos pueden aprender matemáticas estudiando la demografía de su municipio, lo cual, a su vez, puede conectarles con el estudio de la historia de su región, etc., descubriendo de esta manera sus propios intereses e inclinaciones para un futuro profesional. Pero aún queda mucho por cambiar en la enseñanza y, también, en esta línea escolar de acercamiento a la vida real.

Es evidente que la consecución de un empleo no representa más que el último eslabón de una larga cadena, que precisa de una evolución que se inició ocho o diez años atrás en la historia personal de cada uno. Ésta consiste en:

1) “Período de fantasía”, entre los 10 y 12 años, en una fase exploratoria de sí mismo y de sus propios deseos, sin que el niño tenga en cuenta la realidad.

2) “período de ensayo”, que va desde la pubertad (12-13 años) hasta la mitad de la adolescencia (16 años), en la cual comienza a tomar en consideración sus propias capacidades e intereses en las diversas materias escolares, centrándose en las que le suscitan mayor placer y sentimiento de competencia.

3) “período realista”, que va desde la mitad de la adolescencia hasta la edad adulta (en torno a los 20 años) y que termina en una precisa selección profesional.

Debemos constatar, por último, dos situaciones extremas previas a la entrada laboral. El caso de los adolescentes en situación de fracaso o de rechazo escolar, que idealizan fuertemente el momento en que podrán trabajar con la esperanza de alejarse de tal sentimiento de fracaso. La cruda realidad es que, al no estar preparados de ninguna manera para tal inserción profesional, sólo encuentran rechazo o proposiciones de empleo sentidas como desvalorizadas y desvalorizantes, haciendo de este paso al mercado del trabajo un fracaso suplementario. A la inversa tenemos el caso del mantenimiento prolongado en el sistema escolar o universitario, que genera problemas de excesiva dependencia económica y niega además a los jóvenes una confrontación realista con las exigencias de la vida profesional. Está demostrado que algunos adolescentes encuentran un refugio para sus propias dificultades a través de una escolaridad interminable, que genera la llamada “adolescencia prolongada”.

 

 

 

 

 

 

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