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El “Horus viviente”

Los egipcios nunca le vieron como a un invasor, sino como un libertador. Alejandro aceptó la corona que le ofreció el clero de Menfis y fue coronado como rey del Alto y del Bajo Egipto, con todos los atributos de la monarquía faraónica.

Este acto que lo erigió en un “Horus viviente” y confirió carácter sagrado a sus conquistas posteriores, fue el final de ese proceso comenzado con su peregrinación al santuario de Amón en Siwa.

Alejandro escribió a su madre Olimpia, prometiéndole confiarle el oráculo del dios a su regreso. Es probable que lo hiciese, dado lo unidos que estuvieron siempre, pero ninguno de los dos confió a nadie este secreto y se lo llevaron a la tumba. Sobre esa revelación nada sabemos de cierto.

Las versiones que circularon sobre cuáles fueron las preguntas efectuadas por Alejandro carecen de credibilidad histórica. En realidad, lo único seguro es que, al parecer, este oráculo de Amón funcionaba como un enorme tablero oval de oui-ja, sobre el cual unos oficiantes realizaban movimientos rituales bajo las órdenes del consultante, asumiendo el papel de signos que interpretaban los sacerdotes.

Finalmente, existe una leyenda persa que también apunta a una procreación ritual. Según ésta, Alejandro habría sido engendrado por el faraón-mago Nectanbeo, quien se habría trasladado a Macedonia para dirigir la liturgia que daría a Olimpia un hijo-héroe, de la simiente de Zeus-Amón y también habría planificado la unión sagrada para que “el niño mágico” naciese cuando los astros alcanzaran la conjunción adecuada.

Aunque esta atribución de paternidad al faraón es muy poco probable –Nectanbeo huyó de Egipto ante la invasión persa y se exilió cuando Alejandro ya tenía 13 años–, es evidente que su carácter legendario se inspiró en una convicción muy difundida entre los contemporáneos del gran rey macedonio, según la cual su procreación no había sido profana, sino fruto de un rito de sexo sagrado.

En cualquier caso, Siwa no fue ni mucho menos la única ocasión en que Alejandro subordinó su actividad político-militar al imperativo religioso. Lo hizo siempre. También visitó el oráculo de Delfos para consultar a la pitonisa, antes de lanzarse a la conquista de Oriente.

Y peregrinó a la tumba del gran Aquiles –su semidivino ancestro materno–, donde dejó en ofrenda sus armas y lloró por el héroe, sin olvidar detenerse en Ilión para realizar una ofrenda a la Atenea troyana.

Alejandro no fue un monarca guerrero de gestos piadosos, sino un iniciado cuya vida se regía por objetivos psicoespirituales en función de su misticismo. Seguramente, también concebía la guerra como lance ritual de su vía iniciática.

La educación que recibió desde su infancia confirma este cuadro. Olimpia lo instruyó en astrología y en el arte de la adivinación por el fuego y el vuelo de los pájaros (ornitomancia). También le preparó para una primera y temprana iniciación.

A los 13 años, Alejandro viajó a Mencia para ser iniciado en los misterios órficos, en la gruta de las ninfas, lugar de poder muy evocador del nombre ritual que adoptó su madre para alumbrarlo. Las poderosas impresiones del rito secreto marcaron su sensibilidad, ya preparada por su institutriz Lánice, que le descubrió el mundo de los poemas homéricos y lo introdujo en las tragedias de Eurípides.

Desde niño se aficionó a la lectura y concibió que era su deber emular a los héroes homéricos, sobre todo a su admirado Aquiles. Entonces, tanto la Ilíada como las tragedias griegas eran consideradas obras sagradas, no literarias.

El término “tragedia” significa literalmente “canción del macho cabrío” y, precisamente, se originó en las festividades religiosas del culto a Dionisos.

Al mismo tiempo, su padre se ocupó de que recibiera una estricta preparación política, atlética y militar. En estas disciplinas tuvo como preceptor a Leónidas, formación completada en una auténtica academia, en Mieza.

El príncipe adolescente regresó al hogar a los 14 años. En esta etapa de su educación tuvo como preceptor a Aristóteles, que estimuló su interés en la medicina, zoología, botánica, historia, filosofía y geografía, poniendo la piedra de toque a su formación.

En esos años sus padres se distanciaron. El mujeriego Filipo –que tuvo siete esposas– se casó con una joven aristócrata macedonia y marginó a Olimpia. Pero el joven Alejandro tomó partido por su madre. Cuando Olimpia fue desterrada la acompañó y no regresó sin ella.

También es evidente que heredó su temperamento impulsivo, su profundo misticismo y su tendencia a actuar siguiendo sus propias intuiciones.

El iniciado ya había demostrado su temple y sus dotes. En cierta ocasión, observó junto a su padre cómo varios oficiales se esforzaban sin éxito en montar a un indómito caballo llamado Bucéfalo, que resistía todos los intentos.

Alejandro pidió autorización a Filipo para probar fortuna. El rey se la concedió, probablemente convencido de que un buen revolcón podía ser una experiencia valiosa, que le ayudaría a medir sus posibilidades de éxito antes de pasar a la acción.

Alejandro se acercó al caballo, consiguió hacerle girar suavemente la cabeza para que mirara al Sol y estuvo acariciándolo y susurrándole. Después, lo montó y emprendió un galope victorioso. Hay quien considera legendario este episodio. Pero el enorme afecto que profesaba Alejandro por Bucéfalo está documentado.

En Gaugamela, cuando se jugaba toda su suerte en una batalla decisiva, se ocupó personalmente del cuidado de Bucéfalo, ya viejo. Además, el joven dio muy pronto suficientes pruebas de sus enormes dotes de mando y persuasión. Debía tener un fuerte carisma para que los generales de Filipo le adoraran cuando sólo tenía 16 años.

A esa temprana edad, su padre le confió el reino mientras se ausentaba para proseguir sus campañas militares en Grecia. Aún no había cumplido los 17 años cuando consiguió su primera campaña victoriosa, en lucha contra tribalos e ilirios, en la frontera norte de Macedonia.

A los 18 años dirigió la carga de la caballería de elite macedonia en la decisiva batalla de Queronea (338 a.C.), imponiendo su estrategia. Toda Grecia quedó desde ese momento bajo el dominio macedonio. Sólo dos años más tarde, Filipo moría asesinado por Pausanias.

Alejandro ascendía al trono a los 20 años, enfrentándose con la hostilidad de los cortesanos y de los parientes de la esposa macedonia de Filipo, cuya familia aristocrática pretendía la corona, marginando a Olimpia –esa hechicera extranjera de la tribu de los molosos– y proclamando heredero a un príncipe macedonio de pura cepa.

Pero Alejandro contó con dos apoyos decisivos para consolidarse en el trono: su madre Olimpia y el ejército, que veía en él a su jefe natural y carismático.

 

 

 

 

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