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EL JOVEN NO ES EL EMISOR DE VIOLENCIA, ES EL RECEPTOR

Piénsese en los niños maltratados, a veces físicamente, otras emocionalmente. Los que nacen con síndrome de fetoalcohol u otras drogas, los que aprenden bajo el lema «la letra con sangre entra», los que tienen que estar en una cárcel con sus madres, los que son obligados a traficar («trapichear») con drogas, a robar como forma de subsistencia, a prostituirse, los que trabajan, mendigan, no asisten a la escuela, porque una sociedad injusta que «no va bien» los etiqueta como desheredados, porque hay padres que de hecho no lo son, que fracasan en la educación o inducen al comportamiento disocial, porque han errado absolutamente al interpretar lo que significa patria potestad. Padres que no educan coherentemente, que tampoco se coordinan con los maestros, que adoptan una posición cobarde y errónea, no permitiendo que nadie recrimine a sus hijos sus malas acciones. Padres que no escuchan, que no conocen las motivaciones y preocupaciones de sus hijos, que no saben decir nada positivo de ellos, «me salió así» (como si de espárragos se tratara), que pierden los primeros días, meses y años de sus hijos, «se me ha hecho mayor sin enterarme», que creen que no se influye sobre ellos, que no educan en la autoresponsabilidad; los que muestran una relación gélida y utilizan la palabra como florete y el mediador verbal como esgrima; los que quieren hacer de sus hijos puras «esponjas de conocimiento» sin otros horizontes.

Tenemos una sociedad profundamente injusta, económicamente fracturada, que golpea con el canto de sirenas del consumo. Hay jóvenes que cuando se les pregunta ¿qué quieres ser de mayor?, contestan «rico». Son los frutos de la denominada y padecida «cultura del pelotazo», que lo más que aporta a los jóvenes son zonas de «copas» para pasar el tiempo. Una colectividad que ha perdido en gran medida el sentimiento de trascendencia, de espiritualidad, que rehuye con pánico la soledad buscada.

Son muchas las personas que quieren modificar conductas sin ofrecer valores.

Nos encontramos ocasionalmente con que se ha perdido el respeto intergeneracional; no es fácil que cuando entra una embarazada en un medio de transporte público un joven se levante para cederle el asiento. Los más pequeños tienen que apreciar en sus mayores (en nosotros) el respeto a los que nos han antecedido. Hemos de inculcarles pautas educativas esenciales, desde la razón, la palabra y la práctica.

 

 

 

 

 

 

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