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  LAS APTITUDES DEL ESTUDIANTE

Para empezar, es obligado distinguir entre el deseo de hacer algo y la posibilidad de hacerlo. Se dice que todos tenemos derecho a subir al Himalaya, pero sólo unos pocos están en condiciones de alcanzar sus cumbres...

Ciertamente, hay que tener una idea lo más objetiva posible de las inclinaciones, preferencias y posibilidades propias para orientarse hacia unos estudios y una profesión. Aunque debemos tener en cuenta que existen cualidades necesarias para la práctica profesional que no son estrictamente necesarias en los estudios, en parte debido al gran porcentaje de teoría en que se desarrollan, y que los alejan de las condiciones que se requieren en la práctica laboral y que no acostumbran a estar presentes en la preparación del alumno, como, por ejemplo: presencia, urbanidad, dotes de mando, resistencia física, etc.

Es conveniente, pues, distinguir entre la capacidad para seguir los estudios previos al ejercicio profesional y la aptitud necesaría para el ejercicio de la profesión, aunque haya un cierto perfil común a los estudios y a la práctica. Así, es obvio que para ejercer algunas profesiones se precise de determinadas cualidades específicas que no todo el mundo posee. Por ejemplo, hay que tener buena vista, excelente salud y aguante físico para ser piloto; destreza manual para ser habilidoso joyero; sentido musical (lo que se dice tener oído) para actuar de músico; entereza de ánimo a la vista de la sangre para ser médico cirujano; elevada capacidad de pensamiento abstracto para cultivar las matemáticas, etc. No hay que darle más vueltas: estas cualidades son discriminativas para quien no las posea.

Es bien cierto que todos somos iguales y, al mismo tiempo, todos diferentes. Y el rendimiento escolar, el aprendizaje de cada alumno tiene su ritmo propio, personal e intransferible. Intentar igualar y medir a todos los alumnos con idéntico rasero es poner cortapisas a su potencial de creatividad.

Lo dicho se pone de manifiesto especialmente en los jóvenes que presentan una personalidad creativa, que de alguna manera se escapa del perfil clásico del alumnado. Ya un pedagogo advertía en su época: “La escuela francesa mata diez mil artistas por año”, y ahora nosotros podríamos preguntarnos: ¿cuántos sucumben en toda la Tierra?

Es un hecho evidente que en la escuela tradicional, las personalidades geniales no acostumbran a encontrar el reconocimiento a sus peculiares aptitudes. Nos vienen a la memoria los casos de Salvador Dalí, con sus enfrentamientos con las autoridades escolares de su Figueras natal, o de Einstein, que fue juzgado débil mental por sus profesores, o de Darwin, que pasaba por estudiante extremadamente mediocre, o incluso de Napoleón, que por poco no le aprueban sus estudios militares (salió con el número 42 de su academia castrense), y de otros muchos, anónimos y con similares características, que lo habrán pasado mal con el curriculum oficial de turno.

Hay que saber detectar a tiempo estas personalidades creativas para poder orientar su futuro profesional y que no se malogre su potencial artístico e intelectual. Así lo pensaron unos investigadores, que diseñaron unos “tests de creatividad” para evaluar niños en situación de juego. Con estos tests -independientes de los tests psicotécnicos clásicos, medidores exclusivos del coeficiente intelectual (CI)-, han demostrado que existen adolescentes con pensamiento divergente (creativo), propio de las personas geniales, que van para artistas o inventores, y que carecen o tienen infradesarrollado el pensamiento convergente (convencional). Así, por ejemplo, ante la pregunta “¿para qué sirve un paraguas?”, el alumno con pensamiento convergente dará la respuesta convencional “para evitar que nos moje la lluvia”; mientras que un adolescente creativo podrá responder “para elevarnos por los aires y poder entrar en las casas por las chimeneas”, respuesta ésta que, obviamente, no se encuentra en los manuales clásicos de psicometría y merecería una puntuación negativa si no tuviésemos en cuenta la personalidad creativa.

A quien le quepan dudas sobre los diversos tipos de inteligencia de que podemos ser portadores (académica, espacial, kines-tésica, musical, interpersonal, etc.) que consulte el libro Inteligencia emocional de Daniel Goleman. En él se advierte que, en el mejor de los casos, el CI parece aportar tan sólo un 20 % de los factores determinantes del éxito, lo cual supone que el 80 % restante depende de otra clase de factores...

 

 

 

 

 

 

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