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LA PERSONALIDAD IDEAL

La personalidad es como la tarjeta de visita de cada sujeto, lo más característico de él. Se la puede definir diciendo que está constituida por aquel conjunto de elementos físicos, psicológicos, sociales, culturales y espirituales, que muestran un sello particular, un estilo propio, una manera de ser; ese conjunto forma lo que se ha venido en llamar un perfil de personalidad, que es como un dibujo de los principales componentes que constituyen la identidad de una persona. ¿Se puede hablar de una personalidad ideal? Parece un atrevimiento y de algún modo lo es, ya que encerrar la riqueza y variedad de posibles personalidades es un esquema, es un intento quizá excesivamente comprometido. Vamos a proponer un decálogo de la personalidad ideal, madura, equilibrada, aquella que se ha encontrado a sí misma, lo que le convierte a uno en individuo. Estos son sus rasgos:

1. Es esencial seguir aquel principio que se leía en el templo de Apolo en Grecia: conócete a ti mismo, lo que supone conocer nuestras aptitudes, aquello para lo que se está dotado y también nuestras limitaciones, aquello que, de algún modo, no nos va o para lo que no tenemos facilidad. Esto conduce a ser realista con uno mismo.

2. Es importante tener un modelo de identidad. Lo que quiere decir que uno se fija o se apoya o aprende de otras personas cercanas, que para él son interesantes, que tienen una marcada personalidad, atractiva, fuerte, con garra, que invita a trazar la propia personalidad de una forma parecida, aproximada.

3. Una nota clave es la naturalidad: sencillez, mostrarse uno como es, pero procurando corregir los aspectos de nuestra personalidad que no sean positivos, ni adecuados para la convivencia.

4. Hay que tener un proyecto de vida, que es como un esquema previo de lo que queremos hacer con nuestra vida, llevándola hacia adelante.

5. Ese proyecto debe tener coherencia interna, sentido, que todo concuerde con una cierta armonía. Que existan el menor número posible de contradicciones dentro de él.

6. Es de desear conseguir una correcta ecuación entre corazón y cabeza, de manera que se equilibren lo mejor posible la vida afectiva y la intelectual, para alcanzar una progresiva estabilidad psicológica.

7. Tener una organización temporal sana: Esto va a consistir en vivir en el presente, teniendo asumido el pasado y estando, sobre todo, lleno de ilusiones de cara al porvenir, La vida es siempre futuro, permanece atenta ante lo que está por venir: esto define al hombre psicológicamente sano.

8. Ser dueño de sí mismo. Esta es una de las grandes pretensiones a las que debe aspirar el hombre. Que por muy fuertes que sean las presiones de fuera, externas, del ambiente, uno sea capaz de llevar las riendas de su propia vida. No hay que olvidar que el gobierno más difícil es el gobierno de uno mismo. Este camino es largo y costoso, pero todo lo grande del hombre es hijo del esfuerzo y del sacrificio.

9. En una personalidad madura la sexualidad debe estar situada en tercer o cuarto plano de sus intereses. Hay que exceptuar al adolescente y al joven, en los cuales está despertando la sexualidad con fuerza, siendo entonces un impulso que se sitúa a la cabeza de todos. La sexualidad es algo natural. Pero la sexualidad humana es algo más que un deseo puramente físico. De ahí la importancia de recibir una adecuada educación sexual, basada en una educación de la afectividad: comunicar conocimientos y promover actitudes para el amor y la madurez de los sentimientos.

10. Y, por último, para cerrar este inventario, tener una sana constitución corporal y fisiológica; no padecer ninguna enfermedad grave, seria. Aunque se puede prescindir de este último punto. Todos los seres humanos podemos ser conscientes y obrar apropiadamente allá donde nos encontremos y sean las circunstancias que fueren, ejerciendo y desplegando la “personalidad ideal”.

 

 

 

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