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LA POLÍTICA DESDE LA PSICOLOGÍA

El término política —literalmente: ciencia del Estado— se acuñó en Grecia, unos seis siglos antes de nuestra era; el hecho de que sigamos empleándolo no obedece, como en el caso de otros nombres, a una simple convención: fue en Grecia donde, por vez primera en la historia de Occidente, el ciudadano libre se cuestionó el hecho político en sí, adoptó una postura activamente crítica frente al Estado y logró intervenir de forma protagónica en el proceso de formación de las instituciones estatales. No es casual que la frase que titula este artículo, que todos habremos oído alguna vez repetida como una mera «frase hecha», pertenezca al filósofo Aristóteles: «Es evidente», se lee en su Política, «que el Estado es una creación de la naturaleza y que el hombre es un animal político por naturaleza. Y quien naturalmente y no de un modo accidental esté fuera del Estado, se halla por encima o por debajo de lo humano». Con esta afirmación, Aristóteles «salía al paso», por así decirlo, del pensamiento de los sofistas, quienes consideraban que el Estado era una mera creación convencional, que podía darse o no, todo dependía de las circunstancias.

A pesar del tiempo transcurrido, el siglo IV a. C. no está tan alejado de nosotros: cuando Aristóteles rebate a los sofistas, en la sociedad griega latía un escepticismo —otro término griego acuñado hacía la misma época que política— frente al gobierno en general que cualquier ciudadano del XXI suscribiría, quizá, sin pensárselo dos veces. En la generación anterior a Aristóteles, Platón había trazado ya, en la República, este símil del Estado y sus gobernantes (o mejor: la transición de la tiranía a un gobierno «democrático»): imaginemos que el Estado es un barco «cuyo capitán es más alto y más fuerte que el resto de la tripulación, pero que es también ligeramente sordo y corto de vista y cuyo conocimiento del arte de navegar no es mucho mayor que su vista y su oído». Llegado un momento, los tripulantes, hartos de ser mal conducidos, se rebelan y toman el mando del navío, para: «bebiendo y dándose a la juerga continuar el viaje, con el resultado que podría esperarse de ellos». Dicho de otra forma: el Estado —seguímos refiriéndonos, por supuesto, al Estado ateniense del siglo V a. C.— está en manos de unos perfectos incompetentes que, eso sí, «se lo pasan en grande» mientras el país va a la deriva.

Tanto Aristóteles como Platón partían de una idea ética básica: el fin último del Estado es servir al hombre para que éste logre la máxima felicidad. El ser humano no puede subsistir, ni económica ni afectivamente, por sí mismo, de ahí que precise integrarse en una estructura estatal que cubra sus necesidades en uno y otro sentido; dicha estructura debe ser, al igual que el individuo, lo más justa posible, es decir, individuo y Estado tienen que regirse por un mismo código ético.

La idea de un Estado rendido a la causa de la felicidad humana puede parecer no ya una utopía sino en determinados casos una broma que roza el humor negro (imaginemos, por un momento, qué nos diría en 1939 un ciudadano alemán llamado David lerusalén acerca de su Estado), y lo cierto es que la mayoría de los autores que se han cuestionado el hecho político han partido de una constatación idéntica a la que movió a Platón y Aristóteles: el Estado no sólo no favorece la felicidad del hombre, sino que, con frecuencia, es el motivo último de su felicidad, idea que prosperaría hasta el punto de cristalizar en una corriente ideológica que —dándole la vuelta al pensamiento griego— consideraba que la premisa principal para que el hombre alcance la felicidad es, precisamente, la abolición del Estado.

Al margen ahora del contenido revolucionario de las ideas anarquistas, ¿es posible que el hombre viva por sí solo? La respuesta, obviamente, es que no: el ser humano precisa, tanto desde el punto de vista económico como del psíquico, relacionarse con los demás. Ahora bien, ¿es necesario que esta relación termine configurando una estructura estatal? Aquí, a pesar de la «mala prensa» que han tenido tradicionalmente los sofistas, no hay más remedio que alinearse junto a ellos: depende. En el caso hipotético, por ejemplo, de que una comunidad encontrase de forma espontánea en su habitat suficientes recursos como para subsistir, lo más probable es que jamás desarrollase estructuras pre-estatales, manteniendo una economía de subsistencia sencillamente porque no necesita para nada desarrollar otra. El problema radica en que es prácticamente imposible que la naturaleza genere por sí misma suficientes recursos como para mantener el equilibrio adecuado entre la producción y número de población. Tarde o temprano el hombre tiene que plantearse cómo incrementar artificialmente la producción e, inmediatamente, cómo distribuirla, lo que obliga a una primerísima estratificación social: alguien de entre la comunidad —el líder carismático— debe encargarse de regular los sistemas de producción y, al mismo tiempo, de cumplir el papel de distribuidor oficial de los bienes.

El problema vuelve a surgir cuando se quiebra el equilibrio demanda-oferta, es decir, en cuanto existe un excedente de producción. El «problema del excedente» se puede solucionar de formas muy curiosas: los siuai de las islas Salomón, por ejemplo, no se rompen mucho la cabeza: reúnen todos los productos sobrantes y se los comen todos, celebrando un gran festín en el que participa toda la tribu. Lo más frecuente, sin embargo, es que ese excedente se reconvierta, generalmente a través de una economía de mercado, en nuevos productos de riqueza, cuya explotación dependerá del líder carismático o del círculo de sus familiares y amigos. En el momento en que el líder o líderes pasan de ser meros distribuidores a explotar el excedente, la aparición de una sociedad estratificada en clases es inevitable, con lo cual estaríamos ya ante una estructura estatal.

Desde el punto de vista histórico, para hablar de Estado, es necesario de hecho que una comunidad integre los siguientes elementos:

A) Una fuerza legitimada que regule la producción y redistribución de bienes.

B) Una sociedad estratificada en clases.

C) La existencia de mercados como un sistema de redistribución.

D) Otros factores de diferenciación social.

 

 

Las causas primordiales que determinan la aparición o no del Estado y la forma en que éste se desarrolla con posterioridad son, pues, esencialmente de índole económica. Ahora bien, una vez instituida, toda sociedad necesita elaborar una ideología que dé un sentido a sus instituciones; y aquí es donde entran en juego la afectividad y la psicología humanas. Los analistas institucionales seguidores de Freud establecieron que en toda comunidad instituida se dan tres componentes básicos:

A) Una estructura libidinal, equivalente al afecto existente entre los miembros del grupo.

B) Una organización coercitiva, o sea, unas leyes que regulen ese afecto.

C) Una ideología, o sublimación de los instintos, que contribuye a dar cohesión al conjunto.

 

La figura del líder es tan necesaria desde el punto de vista afectivo como desde el económico: para que los miembros de la comunidad sientan afecto mutuo deben identificarse como tales y esta identificación se realiza a través de la figura del líder —que sería así no sólo un redistribuidor de riquezas, sino también de afectividad. Todo análisis del hombre como animal político debe conducirse, pues, atendiendo tanto a sus motivos económicos como a sus necesidades afectivas, generadoras a su vez de la ideología que da coherencia a sus instituciones.

 

 

 

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