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LA PORNOGRAFÍA

Se considera pornografía toda obra artística (literatura, pintura, fotografía, espectáculo, etc.) que encierra un carácter obsceno. Es decir, que promueve al escándalo atentando contra el pudor y la vergüenza a través de la excitación sexual.

En realidad, pornografía es un término impreciso, pues en muchas ocasiones no puede establecerse una normativa estricta que califique ciertos fenómenos como pornográficos frente a otros que no lo son. La moralidad del individuo es tan polifacética como la personalidad en sí. Lo que para unos es obsceno para otros puede no serlo. Es una apreciación subjetiva que, por lo regular, está vinculada a la educación, costumbre y ética propias. Del mismo modo es una concepción adaptativa al cambio de mentalidad que tiene lugar a lo largo de los tiempos. Sin duda hace cien años tacharían de pornografía descarada la postura de una mujer sentada con las piernas cruzadas y mostrando sus rodillas bajo la falda. La polémica frente a la pornografía ha girado siempre en torno a su posible inducción al crimen, al delito sexual o a la conducta antisocial.

En diversos países se ha constituido a lo largo de los últimos años diversas comisiones multidisciplinarias implicando a legisladores, sociólogos, teólogos, artistas, psicólogos y psiquiatras, que han tratado seriamente el tema, estimando la conveniencia o no de establecer una normativa gubernamental para el control o restricción de la pornografía sin llegar a una conclusión clara. Unas catalogaban la pornografía como indeseable, otras como peligrosa e incluso otras como beneficiosa al ser una válvula de escape a las pulsiones reprimidas. Por otro lado se enfrentaban con los derechos constitucionales que amparan la libre expresión.

Respecto a su relación con las posibles conductas criminales y antisociales, sobre todo en el área de la juventud, no se han obtenido resultados concluyentes. Estos estadísticos comparativos en diferentes países y épocas tratando de relacionar los índices de criminalidad y delitos sexuales con el grado de permisividad en la difusión de la pornografía no han aportado paralelismo alguno. El que no haya tal correlación sugiere, pero no prueba, la no influencia de la pornografía en la conducta antisocial. Las conclusiones parecen ser que el material pornográfico para adultos no constituye un peligro claro. La mejor prueba estriba en que, lejos de provocar una excitación creciente, la exposición repetida de material pornográfico conduce a la saciedad y el aburrimiento.

Una polémica aparte se plantea con respecto a los menores, en las que las comisiones citadas estimaron que no era ético conducir a los menores hacia un contacto directo con la pornografía aunque fuera organizada. La opinión pública está de acuerdo en que los padres no deseen que sus hijos manejen pornografía. Es un derecho a respetar por lo que se recomienda un control del acceso de tal material a los menores. Sobre todo albergando la posibilidad de que muchos de ellos recibirían su primera información sexual exclusivamente a través de la pornografía sin una educación previa en este terreno.

Del mismo modo se piensa en el derecho que tienen muchas personas a ser protegidas de la exhibición pornográfica cuando la consideran ofensiva e inmoral. Debido a ello es admisible un control en los anuncios y exhibiciones cuando tienen una repercusión pública, máxime si puede verse afectado un público infantil. Esto no supone un prohibición, sino limitar su acceso exclusivamente a quien lo desee. La mayoría de las comisiones encargadas de la valoración ética de la pornografía coincidieron en afirmar que una buena educación sexual en la edad apropiada (presentada en un marco competente, estético y moral) disminuye el interés por la pornografía en mayor medida que una legislación restrictiva.

 

 

 

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