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  RETRASO, DESGANA Y BAJÓN DE RENDIMIENTO EN LOS ESTUDIOS

Aunque en realidad el retraso en el aprendizaje escolar siempre precede al fracaso y termina en él si no se pone remedio oportuno, en rigor el término fracaso se reserva para los retrasos escolares que superen los dos años, en relación al nivel de estudios que correspondería al alumno por su edad.

En la práctica cotidiana, el niño y el adolescente presenta toda una gama de conductas que se manifiestan primariamente en el ámbito docente, pero que terminan en las consultas de psiquiatría infantil y juvenil. Veamos cuáles son las más frecuentes.

Desgana o desinterés escolar (o desinvestimiento), que se caracteriza por apatía, pasividad, indiferencia y desmotivación por las enseñanzas que imparte la escuela. Es la causa más frecuente de fracaso escolar y, para el docente que no conoce, la más descorazonadora, ya que se trata de alumnos con un aceptable nivel intelectual, desganados y sin que nada les interese (aunque en casos de mejor pronóstico muestran entusiasmo por actividades no escolares). Esta desgana puede haberse manifestado muy precozmente en la vida del niño, mostrando ya de pequeño escasa actividad indagatoria o exploratoria del mundo circundante (son niños que esperan que se les dé todo hecho), que luego continúa con una pereza en el pensamiento y el razonamiento que no le permite progresar en sus estudios. En otros casos, el desinterés se ha ido fraguando a causa de ambientes restrictivos, represivos o muy empobrecidos económica y culturalmente.

También sucede muy a menudo la llamada inflexión escolar, que es un bajón en el rendimiento, y cuando aparece es siempre después de un período de escolaridad satisfactoria. Casi se puede asegurar que la inflexión surgirá en algún momento de la escolarización de todo adolescente (aunque sea difícil precisar en qué curso escolar se manifiesta más frecuentemente, en el plan de estudios español vigente hasta hace poco era en los cursos de 8.° de EGB y 2° de BUP, en los que los chavales tenían 14 y 16 años respectivamente). En la mayoría de los casos se inicia sin causa aparente (decía un maestro que aún es necesario reservar el derecho del niño, como el del adulto, a ser perezoso). Desde el punto de vista psicológico, esta inflexión aparece como la consecuencia directa de los distintos cambios característicos de la adolescencia: transformación corporal, aparición de las menstruaciones, primeras relaciones amorosas, explosión de los impulsos sexuales, conflictos de identificación, etc. La sorpresa que constituye la pubertad y la consecuente erotización del cuerpo desplaza la actividad del pensamiento, y se acompaña de una inhibición en la actividad intelectual y de la actividad creadora.

En otros casos, no obstante, la inflexión aparece como una reacción ante dificultades externas: enfermedad, separación de los padres, muerte, etc. Hay que recordar que la dinámica relacional entre el adolescente y sus padres se manifiesta y organiza a veces de forma privilegiada a propósito de la escolaridad: la inflexión es entonces la toma de postura ante distintos conflictos que inciden en esta relación paterno-filial, representando una función de restablecimiento del equilibrio (homeostasis) de la situación conflictiva.

Aunque la evolución espontánea de esta inflexión escolar es favorable en la mayoría de los casos (es, pues, normal y transitoria), algunos adolescentes, durante la primera fase de la inflexión, pueden experimentar cierta inquietud, puesto que tienen muchas dificultades en expresar el origen de aquélla y comprender por qué están obteniendo malos resultados en una determinada materia o en varias. En una segunda fase, la inflexión puede extenderse al conjunto de materias o, por el contrario, concernir a una sola, pero el fracaso es entonces total. Además, esta inflexión se asocia progresivamente a un desinterés manifiesto frente a la escolaridad, a la vista de que el trabajo es decepcionante y, aparentemente, cada vez menos eficaz (el absentismo escolar puede presentarse, aunque acostumbra a ser moderado).

En esta segunda fase de la inflexión también puede aparecer un cuadro depresivo, que a su vez repercutirá aún más sobre la actividad intelectual, enlenteciéndola, y manifestándose claramente en las dificultades que el adolescente presenta para seguir un pensamiento en una exposición oral, una lectura o un ejercicio escolar. Si la inflexión no se corrige, corre el riesgo de convertirse en duradera, especialmente cuando el adolescente “focaliza” en esta inflexión la imagen que tiene de sí mismo, pudiendo entrar en una neurosis de fracaso, por ejemplo.

En otro orden de cosas, también hay que tener cuidado en la valoración de estas bajas súbitas del rendimiento escolar, porque en ocasiones (extremadamente raras) pueden ser el primer indicio de una afectación cerebral, una enfermedad degenerativa o un cuadro psicótico.

 

 

 

 

 

 

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