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  LA MUJER Y EL TRABAJO: EL SEGUNDO TURNO

La mayoría de las mujeres empleadas pasa una jornada laboral completa para, después, volver a casa a desarrollar un segundo turno de trabajo en el hogar y con la familia. Si definimos el trabajo como el remunerado, que se realiza fuera del hogar, más el de la propia casa, las mujeres trabajan una media de 15 horas semanales más que los hombres. En el transcurso de un año, las mujeres trabajan un mes extra de días de 24 horas. Hay una diferencia de salarios entre mujeres y hombres, también la hay en el tiempo libre.

No obstante, el problema del doble cometido de la mujer (trabajo remunerado y trabajo doméstico) no sólo es cuestión de horas. Las mujeres están también más divididas, desde el punto de vista emocional, entre las exigencias del trabajo y las demandas de la familia. Además, el segundo turno provoca conflictos en muchos matrimonios. Con frecuencia, la mujer lucha para convencer al marido de que comparta por igual las tareas de la casa; otras veces, ella hace casi todo y se resiente por ello. E incluso, cuando el marido comparte algo o por igual las faenas domésticas, la mujer sigue siendo la responsable de todo.

Nos encontramos en un período de transición en medio de una revolución social en la que han cambiado los papeles asignados a los géneros y las mujeres se han sumergido en el mundo del trabajo remunerado. En este período de transición, todavía no hemos llegado a una estructuras sociales estabilizadas. En cierto sentido, la revolución está detenida. Ya no tenemos la familia mítica, estable aunque patriarcal, blanca, de clase media, con la esposa en casa y sin poder económico. Por otra parte, aún no hemos conseguido un sistema en el que las mujeres tengan unas relaciones de igual a igual con los hombres, tanto en el trabajo como en casa.

¿Qué necesitamos para evitar que la revolución siga detenida de forma permanente? Desde nuestro punto de vista, es precisa una combinación de cambios privados y públicos. En el ámbito privado, los papeles asignados a los géneros deben seguir cambiando, de manera que los hombres contribuyan por igual y tengan la misma responsabilidad que las mujeres con respecto a las tareas domésticas y de atención a los hijos. En el ámbito público, necesitamos políticas sociales nuevas planeadas por los gobiernos, que proporcionen un apoyo auténtico a las familias en las que trabajan los dos progenitores, políticas que sean de verdad favorables al ser humano.

En Occidente todavía siguen perviviendo muchos obstáculos para que la integración laboral de las mujeres se lleve a cabo en condiciones de verdadera igualdad. Entre ellos, es necesario destacar la elevada tasa de desempleo que afecta a gran parte de la población femenina y sobre todo, la menor disponibilidad profesional de las mujeres que proviene de la dificultad de conciliar la vida familiar y la actividad profesional.

Los gobiernos deben estimular o regular que las empresas den permisos retribuidos por maternidad o paternidad para los nuevos progenitores, y oportunidades para trabajar con dedicación parcial, horarios flexibles y de distribución del trabajo Debemos tener una política uniforme de igualdad salarial, de manera que se remunere con justicia a las mujeres por el trabajo que realicen. Por ejemplo, muchas trabajarían con gusto solo el 75% de su jornada laboral si su salario por dedicación completa fuese adecuado, con lo que se aliviaría la tensión en el trabajo y en la familia Sólo mediante esta combinación de cambios privados y públicos podremos llegar a un nuevo tipo de estabilidad social.

 

 

 

 

 

 

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