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  LA SOCIABILIDAD DEL ADOLESCENTE

Que el ser humano es sociable por naturaleza es algo que no admite duda. No obstante, las posibilidades sociales de la persona han de ir madurando, hasta llegar a sus relaciones con el "otro semejante" que es lo que conocemos por amistad, y luego vendrá la función de ésta en la sociabilidad global de la personalidad y la integración final en el grupo.

La sociabilidad, de hecho, se manifiesta en la búsqueda de un socius, de un compañero, o también por la integración en un grupo. Pero, insistimos, para poder vivir plenamente las relaciones interpersonales, para formar parte de un grupo social, se precisa una condición previa: el deseo de la persona y su aptitud para vivir con otro (aptitud que varía a lo largo del desarrollo individual).

Si examináramos una hipotética película de la transición de la infancia hasta la edad adulta de cualquier persona, veríamos que el escenario cada vez estaría más lleno de personajes. Es decir, las relaciones con amigos y conocidos alcanzan sucesivos niveles de intensidad y se multiplican en número a través de los años. Contar esto no es nada nuevo, pero ¿qué nos impulsa a relacionarnos?...

Existen diversas motivaciones que animan al ser humano a ser sociable. Hay tres "dinamismos" o "necesidades" desde que los jóvenes dejan la niñez y llegan a la adolescencia. Así, el primer dinamismo que rige la interacción social durante la primera infancia y la fase inicial de la niñez consiste en la necesidad de seguridad. En estas tempranas edades, los niños dependen por completo de los demás (los padres en especial) y están vinculados con esta necesidad primordial de sentirse seguros.

Más adelante surge la necesidad de intimidad, la necesidad de compartir emociones con otras personas importantes en la vida del chico. Lo cual desemboca en el establecimiento de una relación particularmente cercana con un miembro del grupo de iguales que tenga la misma edad y sea del mismo sexo. Por primera vez el niño, que acaba de entrar en la adolescencia, experimenta sensibilidad hacia lo que importa a otra persona..., un amigo especial -¡amigo íntimo!- escogido y extraído del grupo más amplio de personas del mismo sexo. Es evidente que estas intensas amistades desempeñan una función primordial en el desarrollo de la intimidad emocional de la persona. En estudios acerca de las relaciones entre alumnos, se ha visto que aquellos que tienen un amigo íntimo suelen ser bastante más altruistas que quienes carecen de él.

La adolescencia es, en sí misma, la época durante la cual se pasa desde las amistades íntimas con alguien del mismo sexo, que implican un afecto profundo (nos referimos al amor a nuestros amigos) que no es de carácter tierno, sentimental o sexual, a las amistades íntimas con personas de otro sexo. Es después de la pubertad, lo que sucede como "dinamismo del deseo". Éste emerge como una necesidad central, que hay que integrar con la seguridad y la intimidad (las dos "necesidades" anteriores), dentro de una relación profunda con un miembro del otro sexo. En realidad, muchos adolescentes experimentan dificultades para integrar los tres dinamismos o necesidades descritos. A veces esta interacción resulta ingobernable... El choque entre el deseo y la intimidad provoca desconciertos y torpezas. Más de uno lucha entre un amor sexualizado y un interés puramente platónico. Un número considerable de jóvenes experimentan sentimientos impregnados de sexualidad o erotismo hacia personas de su propio sexo, y han tenido, incluso, contactos físicos con ellos, sin apartarse en ningún caso de una orientación primariamente heterosexual. Muchos padecen una tremenda amargura porque han interpretado erróneamente estas normales experiencias de desarrollo como demostración de una incipiente homosexualidad... ¡El proceso de sociabilización de nuestro joven está cuajado de penas y alegrías!

 

 

 

 

 

 

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