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CÓMO CAMBIAR LA PERSONALIDAD

Una cuestión muy importante es la de analizar si a uno le gusta la personalidad que tiene.

Es relativamente frecuente encontrar a personas a la que no le agrada su modo de ser, que quisieran cambiar y no saben cómo hacerlo. Los síntomas más destacados en ese no gustarse a sí mismo son los siguientes: inseguridad, excesiva dependencia del criterio de los demás, grandes cambios de humor en períodos muy breves de tiempo (dentro de un mismo día pueden vivir estados de ánimo muy distintos o incluso oscilaciones de un día para otro, bruscas e inmotivadas), bloqueo de la conducta ante ciertas circunstancias más o menos difíciles, reacciones agresivas e incontroladas desencadenadas por estímulos muy pequeños, incapacidad para pensar en los demás y hacer algo por ellos (con realismo y sin buscar el aplauso, el agradecimiento, el que reconozcan lo que uno ha hecho), querer aparentar más de lo que uno es de un modo casi constante, etc.

En tales casos lo que se necesita es una reforma personal concreta, realista y práctica. El mejor modo de hacerla es no perseguir esa reforma personal, sino reflexionar profundamente, ser siempre consciente, discernir en la vida cotidiana y obrar adecuadamente. En raros casos se necesita ningún “maestro” o sacerdote o psicólogo.

Lo primero es hacer un inventario sencillo y claro de qué cosas quitaría de mi personalidad que no son buenas para ella, que no le benefician y, por otra parte, qué ingredientes le añadiría: qué no tiene y qué le vendrían muy bien para alcanzar una cierta madurez. Se trata de una tarea de alquimia. Esta lista debe estar hecha en «lenguaje operativo», es decir, ser superconcreta, no irse por las ramas, ni divagar, sino moverse en un plano práctico, que aterriza en lo concreto, en la vida diaria, familiar, profesional, en los proyectos y que sabe hacer esa labor de rastreo por la propia personalidad, empeñándose en modificarla, en hacerla mejor, más positiva, con más armonía entre sus diversos componentes.

De ahí puede salir un pequeño programa de reflexión y conducta, de forma que el propio sujeto vaya siguiendo diariamente —mediante una puntuación que él mismo se da, siendo juez y parte a la vez— cómo avanza y lucha por mejorar.

Es la hora de empegar a cambiar, sin perderse en la niebla de lo inconcreto, ni seguir ilusiones quiméricas, sueños posiblemente “hermosos” pero sin base real alguna. Andando despacio se recorre el camino y se alcanza la meta prevista.

 

 

 

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