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Templarios en Portugal

Portugal es, probablemente, el único lugar de Europa donde los dispersos y maltrechos caballeros de la Orden del Temple lograron ponerse a salvo de sus perseguidores. Allí se camuflaron bajo la Orden de los Caballeros de Cristo y, a su vez, dejaron buena muestra de sus típicas edificaciones, castillos y fortalezas por todo el país luso.

"Unha Seteira!”, gritó un visitante portugués que, evidentemente, tenía intereses parecidos a los míos. En realidad, lo que estaba señalando mi improvisado acompañante era una especie de ventanuco formado por una cruz inserta en un círculo.

Un símbolo astrológico convenientemente usado por los templarios que representa la unión del mundo terrenal –círculo– con el mundo espiritual –la cruz–, y que delataba el auténtico origen de la construcción que estaba visitando.

Lo cierto es que hacía un par de días que había comenzado un pequeño viaje para escudriñar algunos de los castillos, conventos, iglesias y construcciones templarias que se encuentran diseminadas por medio Portugal, pero sinceramente aquella “señal” de la vieja orden de los caballeros-soldado es lo último que me esperaba encontrar en aquella imponente fortaleza situada en Santa María da Feira.

Una construcción que inicialmente no estaba en mi plan de viaje ya que no consta oficialmente como perteneciente a la enigmática orden medieval. A pesar de ello, pronto me di cuenta de que los subterráneos, pasadizos, intrincadas galerías y sobre todo los olivos que circundan los alrededores del castillo, forjado hacía más de siete siglos, tenían todos los ingredientes clásicos que acompañan una construcción templaria.

Y es que la persecución y exterminio de los templarios comenzó el 13 de octubre de 1307 con una gigantesca redada, considerada hoy en día como una de las más extraordinarias “operaciones policiales” de todos los tiempos. Por orden del rey de Francia, se prende a buena parte de los caballeros en el país galo.

La confesión de algunos miembros de la Orden que se autoinculpan de acciones anticristianas como escupir tres veces a la figura de Cristo, la práctica de los besos obscenos o la idolatría entre otras acciones demoníacas, lleva al Papa Clemente V a expedir una bula en su contra.

En una segunda bula concede a la Orden de los Hospitalarios los bienes de los templarios, excepto en España y Portugal, donde quedan a disposición del Vaticano para ser utilizados en la guerra contra los musulmanes. En 1308, cuando el rey de Portugal recibió la bula papal, procedió a cumplirla discreta y cautelosamente, demorando el proceso el tiempo necesario para que los caballeros se refugiasen en el extranjero.

El monarca, de acuerdo con sus homónimos de Castilla y Aragón, consiguió en el Concilio de Salamanca, celebrado en 1310, la inocencia de la Orden. Esto dio lugar a la bula Ad Providam en 1312 que confiaba a los soberanos peninsulares la posesión de los bienes de la Orden del Templo.

Algunos años después, gracias a la bula Ad Ea Exequibus, se creaba la Orden de los Caballeros de Cristo en Portugal, que se hizo cargo de todos los bienes de templarios.


Montesanto en el corazón de Portugal

Así pues, si había un sitio en Europa donde los templarios habían sobrevivido e incluso creado de nuevo una gran fortuna, sin duda era Portugal. Los nuevos derroteros de mi improvisado peregrinaje me alejaron definitivamente de la costa para internarme en la zona más abrupta y montañosa.

Tras casi 340 km me encontraba en Monte Santo, una milenaria población considerada “la más portuguesa de todas las aldeas”. Su escarpada colina fue testigo del paso de romanos que la denominaron Egitania, e incluso de los godos que construyeron una basílica… eso sí, sobre antiquísimos restos precristianos.

Precisamente por ello, entre las estrechas y laberínticas callejuelas de casitas, se celebra cada año una especie de festejo con tambores y costumbres típicas de las vestales romanas –probablemente es el único lugar de Europa donde aún se celebra esa tradición.

La multitudinaria “procesión” asciende por la empinada montaña hasta el castillo de Monsanto que, como no podía ser de otra manera, fue construido por los templarios en ese lugar tan especial. Se trata de una fortaleza de gruesas y graníticas paredes con cuatro puertas en forma de arco y grandes contrafuertes que albergan una gran cantidad de misterios en su interior.

La edificación contiene muchos ventanucos y huecos en las paredes que resultan enigmáticos. Como ejemplo, tenemos doce relieves inscritos en unas piedras situadas precisamente hacia el poniente. En realidad, todo el conjunto parece tener una clara connotación astrológica ya que las alusiones a los signos zodiacales parecen continuas.

Cerca del castillo, donde se hallaron restos del culto al antiquísimo dios lusitano y prerománico Endovélico, los templarios construyeron una capilla dedicada a San Miguel –que actualmente es el patrón de Portugal– exactamente donde se pueden aún contemplar unos curiosos túmulos excavados en la roca. Más bien parecen piscinas de piedra donde se realizaba algún tipo de ritual.

Efectivamente, los mismísimos templarios portugueses realizaban allí un antiguo ceremonial milenario que ya practicaban hace siglos los romanos, y donde, incluso, se realizaban sacrificios. Al parecer, allí se dirigían los antiguos habitantes de Monsanto en “procesión” para dar sus ofrendas a los dioses.

Para ello practicaban abluciones purificadoras en las extrañas piscinas pero con un líquido inusual: la sangre de sus bueyes y carneros. Según la tradición, con un cuchillo inmolaban a sus víctimas y las cremaban. Después lavaban sus vísceras en algunas de las oquedades pétreas, mientras que las otras se llenaban con la sangre sobrante.

Con ella se mojaban la frente y se repartían las pieles de los animales sacrificados para que los dioses les dieran un buen año agrícola. Según el prestigioso antropólogo portugués, Leite de Vasconcelos: “Todo obedece a un Serapeum, donde la principal divinidad, Seraphis, era adorada junto con las demás… allí se celebraban ‘misterios’ conforme a ritos de las religiones orientales”.

Al margen de la ritualística, las construcciones y toda la organización templaria en Portugal estaba al cargo de un personaje histórico inquietante: el gran maestre del temple en Portugal, Gualdim Pais, fundador de la ciudad de Tomar y señor de la zona de Monsanto. Iniciado en los misterios templarios en Tierra Santa, era un hombre muy culto y un guerrero que se batió con coraje en sucesivas batallas contra los árabes en Gaza y Jerusalén.

Como escudero y amigo personal del rey portugués, desde su más tierna infancia este último le encomendó una importante función: crear una cintura defensiva en la rivera del Tajo contra las zonas castellano-leonesas y las invasiones sureñas de los moros que arreciaban en esa época.

 

 

 

 

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