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  LA VIDA SE VA EN HUMO

Ya pueden enseñarle al joven recortes de prensa en donde se evidencien las espeluznantes estadísticas de los estragos físicos que produce el hábito del tabaquismo, ¿cómo se lo hacemos creíble a un adolescente pletórico de vida? Ya podemos recordarle que el tabaco causa la muerte de la mitad de los fumadores que adquieren el hábito en la adolescencia y que si sigue dándole al cigarrillo tiene la mitad de posibilidades de llegar a octogenario, ¡qué lejos le queda todo esto! Insístanle, si quieren, en que puede terminar con una bronquitis crónica o un enfisema asfixiante que no le permitirá dar un paso sin fatigarse, que estará en continuo riesgo de sufrir episodios alarmantes de afectación cardiovascular, que puede presentársele un gravísimo cáncer de pulmón o de garganta, ¿quién le mete miedo a un adolescente que rebosa vitalidad por todos sus poros?...

La nicotina es una droga blanda (¡qué eufemismo!) muy arraigada en nuestra cultura occidental. Fumar ha tenido gran aceptación social durante años y forma parte de las conductas iniciáticas del paso de la niñez a la adolescencia. Erradicar de golpe esta costumbre tan consolidada tiene sus dificultades a pesar de las efectivas campañas sanitarias que se desarrollan en todo el mundo.

Parece ser que los varones van dejando de fumar, pero éste no es el caso de las mujeres, que han interpretado el hecho de ser fumadoras como una conquista social del colectivo femenino. En EE.UU., las dos últimas décadas han visto cómo cada día se incorporaban 3 000 quinceañeras al hábito tabáquico (en la actualidad la incidencia del cáncer de pulmón se ha incrementado un 500 % entre las mujeres). Y es bien conocido que el consumo de tabaco, incluso en cantidades pequeñas (1-4 cigarrillos al día), en mujeres que toman anticonceptivos orales entraña el doble de riesgo de sufrir un infarto de miocardio.

Existe un retrato-robot del adolescente fumador, que presenta las siguientes características:

1) Está agrupado con otros jóvenes fumadores.

2) Tiene una menor supervisión de su forma de vida por parte de los padres.

3) Muestra un pobre rendimiento escolar.

4) Participa poco en actividades extraescolares (deportivas, culturales, etc.),

5) Tiene una percepción menos negativa y más positiva del hecho de fumar.


La mejor actuación para evitar que se consolide el hábito del tabaquismo en nuestra población adolescente son las medidas preventivas, tanto a nivel social (continuando con las campañas sanitarias que intentan neutralizar la presión ambiental incitadora a su consumo) como la importante acción a nivel familiar. Los padres han de tener cuidado en evitar o retrasar al máximo la "gratificante" conducta de fumar en sus hijos (se dice que la nicotina es cinco veces más adictiva que la heroína), ya que dejarlo luego es difícil (más de la mitad de los fumadores que intenten dejarlo no lo conseguirán nunca).

Obviamente, si los padres del adolescente fuman en casa, tarde o temprano éste consigue que se le permita fumar en el hogar (¿con qué argumentos cuentan estos padres para prohibírselo?). Asimismo, también hay que tener cuidado con los compañeros del hijo: la influencia de los amigos fumadores resulta decisiva en el 85% de los que se inician. Por aquello de la imitación, ya se sabe.

 

 

 

 

 

 

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