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LAS MUJERES SE SIENTEN ENGAÑADAS. ¡QUE LES VENDIERON LA MOTO!

El siglo XX, sin duda, ha sido el siglo de las grandes conquistas de la mujer. En España, por ejemplo, hemos pasado de tener un acceso muy restringido y elitista a la formación superior, a ser mayoría actualmente en la universidad.

Para las mujeres que trabajan fuera de su hogar, el trabajo en casa ha pasado de ocupar la mayor parte de su jornada a alcanzar apenas un tercio de su actividad diaria.

Profesiones y cargos desempeñados hasta hace poco mayoritariamente por hombres son ejercidos cada vez más por mujeres. Desde el punto de vista cultural y profesional, las mujeres nos sentimos hoy más satisfechas, más partícipes de la sociedad en la que vivimos y, en gran medida, autoras de muchos de los cambios profundos que está experimentando la humanidad.

Pero no todo es positivo; no todo han sido conquistas. Muchas mujeres sienten que llevan una vida muy dura, y que en el actual reparto de funciones, tareas y obligaciones, de nuevo les ha correspondido la peor parte.

La mayoría de las mujeres de entre veinte y cuarenta años trabajan fuera de casa, pero ese trabajo no ha implicado grandes liberaciones de los quehaceres domésticos. Las estadísticas más halagüeñas estiman que la mujer dedica a la casa dos veces y media más de tiempo que los hombres. Cuando se trata de los niños, las mujeres dedican a su cuidado tres veces y media más de tiempo que los hombres; en las listas de teléfonos que hay en los colegios, y que se utiliza cuando los niños se ponen enfermos, más del 95 por ciento de los números que figuran en primer lugar corresponden a los teléfonos de las madres. La atención de las personas mayores sigue siendo asumida mayoritariamente por las mujeres... Podríamos seguir ofreciendo ejemplo tras ejemplo de una realidad por todos bien conocida, aunque no necesariamente reconocida. Al final, muchas mujeres se enfrentan a jornadas maratonianas. Se levantan mucho antes de lo que su descanso necesitaría. Empiezan las prisas y las carreras desde primeras horas de la mañana. Cuando llegan al trabajo, algunas han hecho ya casi una jornada: han levantado y arreglado a los niños, les han dado el desayuno, les han llevado al colegio o a la ruta, han dejado la casa más o menos en orden, y no han parado de ir contrarreloj hasta que han llegado puntuales al trabajo. Allí trabajan tanto como los hombres y, después, vuelta a correr: de nuevo los niños, los deberes, las actividades extraescolares, la compra, la casa, la ropa, la plancha, la cena..., y ¡a la cama a las tantas!, muertas y sabiendo que no dormirán lo suficiente para descansar lo que necesitan y, lo que es peor, conscientes de que EN TODO EL DÍA NO HAN TENIDO UN MOMENTO PARA ELLAS.

Algunos le llaman a esto progreso, incluso liberación, pero muchas mujeres lo viven como una auténtica trampa.

La sociedad actual ha perfeccionado sus métodos, ha conseguido que la mujer siga asumiendo el trabajo duro que hacía y además compita con el hombre y alcance la misma o mayor productividad en el trabajo realizado fuera del hogar. Todo un éxito, ¿pero un éxito a costa de quién?

Por supuesto que no estoy diciendo que haya que volver a situaciones pasadas; la regresión nunca ha sido una solución, pero tampoco la situación actual es un decálogo de justicia para las mujeres.

Algo está ocurriendo, y no precisamente bueno, cuando según nuestras estadísticas, en el último año más del 75 por ciento de las personas que acudieron a la consulta del psicólogo fueron mujeres. Alguien podrá pensar que acuden más porque aguantan menos, porque son más flojas y les gusta quejarse. La realidad, por el contrario, nos demuestra que cuando acuden a la consulta suele ser en situaciones bastante extremas: se encuentran en medio de fuertes crisis de ansiedad, incluso ataques de pánico; arrastran depresiones latentes durante mucho tiempo; están inmersas en situaciones límite, a punto de separarse o asfixiadas por un ambiente familiar insostenible; se sienten solas ante los problemas de los hijos... Desde luego, nada parecido al aburrimiento que algunos, de forma banal, sostienen.

El cúmulo de insatisfacciones es tan fuerte que, con frecuencia, influye y condiciona la vida de la pareja.

El caso de Helena y Humberto puede ser un buen ejemplo de este problema.

 

El caso de Helena y Humberto

Helena y Humberto eran una pareja joven —ambos tenían treinta y ocho años—. Vivían juntos desde hacía diez años, tenían dos hijos: un chico de ocho años y una niña de seis, compartían la misma profesión, aunque trabajaban en empresas diferentes y tenían dos temperamentos muy fuertes.

No coincidían en la manera de educar a sus hijos, ni en la forma de enfocar su vida. Tampoco alcanzaban un mínimo acuerdo en relación a cómo debían gastar el dinero, cómo había que repartirse las tareas, cómo debían solucionar los problemas que iban surgiendo... Su vida en común era un caos. Helena sentía que todo lo tenía que hacer ella y había decidido que ¡ya no aguanta mas!

En cuanto había comunicado su decisión a Humberto, éste había reaccionado con incredulidad, no pensaba que la situación fuera tan crítica y había aceptado ir al psicólogo, en principio para ver cómo debían enfocar la separación, pero en el fondo él pensaba que podía ser una buena oportunidad para que ésta no se llevara a efecto.

El análisis que efectuamos del caso no dejaba lugar a dudas. Helena y Humberto eran el típico ejemplo de dos personas antagónicas.

Salvo el trabajo profesional de Humberto, el resto lo asumía íntegramente Helena. Como a él se le daban mal los niños, actuaba como si no existieran, y cuando intervenía, normalmente era para desautorizar a Helena, pues le parecía que estaba demasiado pendiente de los niños y les exigía mucho para lo pequeños que eran. Exigir mucho para Humberto era pedirles que comiesen en un tiempo prudencial, y que mientras lo hacían no jugasen a tirar la comida al suelo; o que no inundasen de agua el cuarto de baño, o que se acostaran a las diez de la noche —debían levantarse a las ocho menos cuarto de la mañana—. Para él no existían las normas y le parecía una tontería todo eso de los hábitos, las pautas, los límites... Algo parecido ocurría con las tareas de la casa, con las cuentas de los bancos, con la compra, la comida...

Humberto asumía que él era un desastre para todas esas cosas, y le parecía que con reconocerlo ya estaba todo arreglado. No creía que Helena tuviera que sentirse tan mal, «al fin y al cabo —decía— ella es muy responsable y perfeccionista, y aunque intentase ayudar, seguro que lo repetiría después, así que ¡tampoco es para tanto!, además ella disfruta teniéndolo todo controlado».

Cuando le pedí que reflexionara de verdad, quitándose la careta que se ponía cuando salían estos temas, empezó a sentirse muy inquieto.

Su malestar aumentó cuando tuvimos las primeras sesiones para analizar la conducta de los niños y la actitud que ambos debían adoptar. No aceptaba ninguna orientación que supusiera asunción de responsabilidades por su parte, continuamente buscaba excusas para justificar lo injustificable.

El punto crucial surgió cuando les pedí un registro de tareas. Ambos anotarían, a lo largo de una semana, lo que hacían desde que se levantaban hasta que se acostaban. Hora a hora irían escribiendo la actividad desarrollada, el nivel de dominio que tenían sobre esa actividad (si sabían hacerla, o les costaba mucho; si sentían que finalmente lo habían realizado bien). Lo apuntarían siguiendo una escala del 1 al 5. El 1 significaba poco dominio sobre la tarea y el 5 máximo dominio. Finalmente, pondrían también —cada hora— el nivel de agrado que les había supuesto la tarea (1 sería poquísimo agrado y 5 máximo agrado).

Al cabo de una semana Helena había registrado puntualmente, día a día, todas sus actividades, poniendo el nivel de dominio y de agrado que le habían supuesto cada una. Su gráfica era terrible, no paraba un instante desde las seis y media de la mañana, hora en que se levantaba, hasta la una de la noche, cuando se acostaba. En general, poseía bastante dominio sobre la mayoría de las tareas que hacía, pero muchas de ellas le suponían muy poco agrado: las tareas domésticas no eran precisamente algo que la entusiasmase, tampoco era muy gratificante pasarse el día corriendo, ir de un sitio a otro apagando fuegos, haciendo todo el papeleo, ocupándose de los niños desde que llegaba a casa hasta que se quedaban dormidos...

Al examinar su hoja de registros entendimos la situación límite en que se encontraba y las ojeras que siempre tenía.

Por el contrario, Humberto sólo había hecho el registro de tareas los dos primeros días; en parte porque cualquier cosa le daba pereza, y en parte porque era muy evidente la descompensación que existía entre lo que él asumía y lo que hacía Helena. Cuando llegaba a casa, alrededor de las siete y media de la tarde, se duchaba y toda su actividad se limitaba a leer la prensa, ver la tele, tomar la cena —que Helena había preparado—, ver otro rato la tele, jugar con el ordenador y marcharse a la cama hacia las doce de la noche.

Tampoco se había mostrado más diligente en relación a las pautas que le habíamos marcado en su actuación con los niños. El diagnóstico era claro: ¡no iba a cambiar!, simplemente estaba esperando que a Helena se le pasara un poco el enfado y siguieran como hasta la fecha, pues al fin y al cabo, ¡a él le iba bastante bien!

El registro de tareas es algo así como la «prueba del algodón». Cuando la pareja, o un miembro de la misma, crea que las responsabilidades no están equilibradas, en lugar de seguir discutiendo una y otra vez sobre este tema, que hagan un registro de tareas, al menos durante una semana; posteriormente los datos «cantarán».

Helena se sentía timada por Humberto, pero también se sentía engañada por un sistema que acepta como normal el hecho de que las mujeres realicen la misma carga de trabajo, a nivel profesional, y además asuman la casi totalidad de las responsabilidades y las tareas de la casa y la familia.

«Realmente —sentenció un día—, ser mujer hoy es una mala jugada del destino».

Helena se separó y, en este caso concreto, mejoró su calidad de vida. Humberto no colaboraba con los niños, pero ahora no interfería; al no estar él, los críos sólo tenían una orientación, la de su madre, y pronto reaccionaron de forma positiva: estaban más tranquilos, más pacíficos y más cariñosos y colaboradores con Helena. Cada quince días se iban con su padre, primero el fin de semana entero y, poco a poco, cada vez menos tiempo; al volver estaban algo descolocados, pero pronto se situaban y, tras dos o tres pulsos con su madre, terminaban por estar otra vez encantados en casa; en cada momento sabían lo que podían esperar, lo que había que hacer, lo que iba a pasar, cuándo podían jugar, cómo iba a reaccionar su madre..., y eso les daba mucha tranquilidad. Por otra parte, Helena, como suele ocurrir en muchas ocasiones a la mujer después de una separación, mejoró su situación económica. Humberto debía pasar una pensión por los niños, y además los gastos ahora estaban controlados. El resultado fue que pudo permitirse tener una persona en casa determinadas horas a la semana, para que ayudase en las tareas domésticas; esto le supuso, por fin, poder tener algo de tiempo para ella misma; algo inaudito en los últimos años.

Ahora Helena, aunque podríamos considerar que sigue llevando la peor parte, pues es ella quien asume íntegramente la educación de sus hijos, y quien tiene su tiempo y sus opciones de vida más limitados por este hecho, en el fondo está más tranquila y menos estresada.

Humberto, por el contrario, no tenía a los niños; disponía de más tiempo libre, estaba menos condicionado en su vida pero, curiosamente, él consideraba que había salido perdiendo. Ahora no tenía al lado a una persona que solucionaba cualquier problema, que se encargaba de que todo funcionase, que hacía todo el trabajo de la casa...; ahora tenía que asumir su vida y, como era de esperar, pronto buscó una solución: a los pocos meses ya estaba viviendo con otra chica que, curiosamente, también era muy trabajadora y muy responsable, pero con menos temperamento, menos combativa y más acomodaticia que Helena.

 

La solución no es que las mujeres deban renunciar a la vida en pareja, o que los hombres egoístas busquen mujeres poco exigentes; la solución sólo vendrá cuando la sociedad en su conjunto y los hombres deforma expresa asuman que todos tenemos la misma dignidad y, como tal, tenemos el derecho a disfrutar de iguales oportunidades y opciones. Todos, absolutamente todos, tenemos derecho a tener vida propia.

 

La equiparación real entre el hombre y la mujer pasa por una serie de medidas que la sociedad aún no ha tomado, pero, sobre todo, significa también un cambio radical en la asunción de responsabilidades y tareas por parte de la pareja. No se trata de que los hombres pierdan, se trata de que ambos ganen; y todos ganarán si tienen las mismas opciones. En muchos casos, eso significará parecida carga de tareas y similar tiempo libre para cada integrante de la pareja; tiempo absolutamente necesario para el equilibrio emocional de cualquier persona, tiempo para hacer lo que cada uno desee o necesite.

Es necesario que estos principios se trabajen y se asuman desde la más tierna infancia; tanto en el área familiar como en el marco escolar.

¿A quién beneficia esta situación tan arcaica y tan injusta? Que nadie se engañe, esta situación perjudica a todos. ¿Por qué no actuar entonces? Quizá porque algunos creen que van a perder privilegios, en lugar de pensar que van a ganar calidad; calidad en la relación con su pareja, calidad en su función de padres, calidad en su dignidad y en su crecimiento como personas.

Es posible que a la mayoría de las mujeres de hoy les vendieran la moto, pero también les vendieron una moto falsa a muchos hombres; una moto que, por mucho que se empeñen, ya no puede seguir andando.

 

La convivencia es compartir, no es vivir uno a costa del otro, eso sabemos que tiene otro nombre.

 

Sin embargo, algo no funciona cuando tantas mujeres se sienten engañadas y tantos hombres se encuentran presionados.

 

 

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