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MAUI Y LA DIOSA DE LA MUERTE
La inevitabilidad de la muerte

ESTE RELATO MAORÍ DE NUEVA ZELANDA NOS DICE QUE, A PESAR DE LO INTELIGENTES O VALEROSOS QUE SEAMOS, NO HAY SER HUMANO QUE PUEDA LIBRARSE DE LA INEVITABILIDAD DE LA MUERTE. DE HECHO, LA HISTORIA DE MAUI SUGIERE QUE CUANTO MÁS FIRMEMENTE INTENTEMOS ESCAPAR O NEGAR NUESTRA CONDICIÓN DE MORTALES, MÁS NOS APROXIMAREMOS A CREAR ESTE INEVITABLE FINAL. MAUI, AL IGUAL QUE TANTOS HÉROES MÍTICOS, ESTÁ LLENO DE ARROGANCIA Y REHÚSA ACEPTAR SUS LÍMITES MORTALES, PERO, COMO SIEMPRE, LA ÚLTIMA EN REÍRSE ES LA NATURALEZA.
 
UNA noche, Maui se sentía especialmente triste y caprichoso. Su padre, sorprendido de verlo tan deprimido, le preguntó qué era lo que le sucedía. —Padre —replicó Maui—, ¿por qué mientras estamos sentados aquí conversando, los seres humanos están hollando el triste sendero que conduce a la muerte?

—Desgraciadamente hijo, todos los seres humanos están destinados a morir —dijo el padre—. Tarde o temprano caen del árbol como fruta madura y son recogidos por la Gran Madre de la Noche, la diosa Hinenuitepo.

Maui se puso en pie impaciente y comenzó a caminar de un lado a otro.

—¿Pero siempre tiene que ser así? —preguntó—. Si la Muerte muriese, ¿no vivirían para siempre los seres humanos? El padre frunció el ceño.

—Escucha mi advertencia, hijo. Esos pensamientos son peligrosos. Ningún hombre puede vencer a la Muerte.

—Pero tú hablas sobre hombres corrientes, padre. Si ese hombre fuese yo, ¿qué pasaría?

Su padre suspiró profundamente y con mucho pesar.

—Mi querido Maui, tú también vas a morir, como cualquier hombre corriente.

—No soy un hombre corriente. Mi madre profetizó que yo viviría para siempre. De cualquier modo, ningún hombre corriente ha podido realizar las hazañas que yo he hecho. ¿No vencí al miedo, doblegué al sol, e incluso saqué tierra del mar? ¿Qué es para mí la Muerte sino un adversario más que derrotar?

El tono del padre se volvió duro.

—Ahora no estás en el mundo superior, sino en el inferior, donde tu astucia no te va a servir. En efecto, tu madre profetizó que vivirías para siempre. Pero cuando te bauticé, mi mente se quedó en blanco y me olvidé de uno de los pasos del hechizo. Debido a esa omisión, Maui, yo destruí la profecía. Y por eso sé que debes morir como cualquier otro hombre a manos de la diosa Hinenuitepo. Ella es terrible, más allá de toda imaginación, con ojos fulgurantes, cabello de Kelp, dientes tan afilados como la obsidiana y con la mueca malvada de la barracuda. En todos los aspectos es monstruosa, excepto por su cuerpo, que es como el de una anciana.

Un plan estaba tomando forma en la mente de Maui, y su padre percibió que estaba maquinando una de sus tretas. También sabía que su consejo era inútil, y comenzó a orar por Maui en su corazón.

—Adiós, mi hijo menor y respaldo de mi ancianidad —dijo—, porque, en verdad, has nacido para morir.

Maui no le prestó atención. Allá se fue a los bosques para compartir sus planes con sus compañeros más allegados: los muchos cientos de aves de cola en abanico que vivían entre los árboles. Les contó a las aves su plan y la parte que ellas debían desempeñar y, lleno de confianza, Maui y las aves comenzaron a atravesar la selva. A medida que se acercaban a la dormida diosa de la muerte, la animosa charla de las aves se extinguió, hasta que solo se oyó el batir de las alas. El aire se volvió frío y pesado a medida que Maui atravesaba los inclinados árboles, cubiertos de líquenes, que rodeaban el claro donde la diosa yacía. Maui tembló al verla durmiendo en el portal de su casa, exactamente como lo había descrito su padre. Sus terribles ojos permanecían cerrados, y su mandíbula inferior, floja por estar dormida, colgaba hacia abajo, dejando ver sus afilados dientes en una mueca horrible.

Al respirar con fuerza, hacía circular una corriente de aire helado por todo el claro. Maui levantó la mano como señal de que las aves debían detenerse, y susurró: —Mis pequeños amigos, ahí está ella, Hinenuitepo, la Gran Madre de la Noche. Acordaos de mis palabras, porque mi vida está en vuestras manos. Entraré en su cuerpo, pero por ningún motivo debéis reíros hasta que haya pasado a lo largo de todo su cuerpo y haya salido por su boca. Entonces os podéis reír, si queréis. Pero si lo hacéis antes, moriré.

Para entonces las pequeñas aves estaban muy atemorizadas y le rogaron que abandonara su plan, que ahora parecía ser totalmente descabellado. Pero Maui se burló de su temor, e insistió en recordarles de que por ningún motivo debían reírse antes de lo acordado. Entonces Maui se aproximó a la diosa. Se quitó la ropa rápidamente hasta quedar desnudo, con la piel reluciente a la luz que se escapaba de los ojos entreabiertos de la diosa. Entonces, con una sonrisa burlona, se encorvó y al momento se metió de cabeza en el cuerpo de ella. Los hombros y el pecho desaparecieron enseguida. Las aves estaban sorprendidas de la agilidad de Maui. Algunas no se atrevían a mirar y metían la cabeza entre las plumas, otras se aguantaban la risa que amenazaba con apoderarse de ellas. El sonido de las risitas empezó a aumentar y la diosa se movió. Las aves retrocedieron y contuvieron la respiración. La diosa se tranquilizó nuevamente, y las aves volvieron a vigilar los progresos que hacía Maui, pues ahora estaba tratando de meter la cabeza por la garganta de la diosa. Las aves se estremecieron con una risa silenciosa, y, pensando que la victoria estaba del lado de Maui, contuvieron su angustia. Entonces Maui dio un empujón e introdujo los hombros, por lo que la cara apareció de repente dentro de la boca de la diosa.

Eso ya era demasiado para las aves. Rompieron en una aguda risa. De inmediato la diosa se despertó y comprendió lo que estaba pasando. Apretó los muslos sobre Maui y rompió su cuerpo en dos. Así acabó, entre risas y desgracias, el intento de Maui por conquistar la muerte y, a causa de su fracaso, los seres humanos siguen hollando el oscuro camino hacia Hinenuitepo.

 

COMENTARIO: El final tragicómico de Maui nos recuerda que los intentos por conquistar la muerte son fútiles. Las historias arquetípicas como ésta demuestran que en todos los rincones del mundo las personas son iguales; que hay un temor universal a la muerte y una esperanza universal de que, de algún modo, ya sea por medio de la valentía, de la astucia, de la bondad o de la majestad, la muerte pueda ser vencida. Y a pesar de las veces que fracasamos, persiste la esperanza de que algún día vamos a descubrir el secreto de la inmortalidad. Oímos noticias de la existencia de una droga maravillosa que cura todas las enfermedades, y esperanzados nos apresuramos a acudir al médico. Hay quien pide ser sometido a una conservación criogénica, en la esperanza de ser revivido en años venideros. Probamos toda clase de dietas y vitaminas, ejercicios y regímenes. Acudimos a sanadores espirituales y nos sometemos a curas milagrosas con la esperanza de que nuestros cuerpos se verán libres de los estragos de la edad. Después de todo, no somos diferentes a Maui.

Pero quizá esta historia nos pueda enseñar que es más productivo vivir nuestra vida plenamente, y experimentar cada día la riqueza disponible para todos, con independencia de las circunstancias materiales, en lugar de gastar tanto tiempo y energía tratando de engañar a la muerte. En muchos sentidos, el temor a la muerte es el mismo que el temor a la vida, porque si somos incapaces de vivir plenamente en el presente y no estamos dispuestos a aceptar nuestra condición de mortales, en realidad, no estamos viviendo. Entonces tenemos razón en temer que llegue el final de la vida; porque sabemos que hemos derrochado el don que se nos ha otorgado.

El extraño método con el que Maui busca vencer a la Madre de la Noche constituye una imagen del regreso a la matriz, pues Maui se introduce en el cuerpo de esta por el mismo pasadizo por el que dejó el cuerpo de su madre cuando nació. Esta ecuación misteriosa de nacimiento y muerte en un antiguo mito maorí se hace eco de lo que el pensamiento de los psicólogos modernos han formulado recientemente: que el lugar intemporal del que emergemos al nacer y la inmortalidad que buscamos tras la muerte son la misma cosa para la imaginación humana. El anhelo de inmortalidad es también un anhelo de regresar a la matriz; y aunque Maui busca hacerse inmortal por medio de este acto, lo que está buscando secretamente es la muerte. La inmortalidad es un lugar estático, en el que nada cambia ni crece. Es como el primitivo jardín del Paraíso en el que Adán y Eva existen en completa inocencia e inconsciencia; y es como la vida en las aguas de la matriz antes de nacer. Hay muchas personas que desean que la vida sea de ese modo: estática y carente de cambios, libre de conflicto y eternamente la misma. Esa es una clase de muerte en vida.

El anhelo de Maui por la inmortalidad es, en realidad, un rechazo a vivir la vida como ser humano independiente. Por lo tanto su muerte es inevitable, porque la muerte es, a un nivel profundo, lo que verdaderamente desea. Aunque las muchas hazañas que recoge el mito lo presentan como un gran héroe y un portador de cultura, su carácter es extrañamente parecido al de tantos seres humanos corrientes de cualquier época y cultura que mantienen la esperanza de que un bienestar parecido al que disfrutaban en la matriz, y que no pueden lograr en el presente, quedará de algún modo a su alcance con solo poder hallar la fórmula mágica que les permita vivir para siempre. La madre de Maui profetizó que él tendría una vida eterna. Sin embargo, su padre cometió un error humano: se olvidó de las palabra que asegurarían la inmortalidad de su hijo. El padre de Maui reconoció su error y, al hacerlo, afirmó su humanidad. Pero Maui no obró del mismo modo. Su arrogancia, o lo que los griegos llamarían su «hubris», le instó a intentar lo imposible. Y, como siempre sucede en el mito, tal arrogancia es corregida rápidamente por los dioses.

En este relato las pequeñas aves son las últimas en reírse, y lo hacen en más de una forma; pues comprenden lo absurdo de nuestros esfuerzos por lograr la inmortalidad, y pueden oír la carcajada cósmica que resuena en las bóvedas de! firmamento, cuando intentamos convertirnos en lo que no somos.

 

 

 

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