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PARSIFAL
El hallazgo del Grial

EN LA SEGUNDA PARTE DE ESTE LINDO MITO, ENCONTRAMOS AL JOVEN PARSIFAL CABALGANDO EN BUSCA DE AVENTURAS. MÁS TARDE, PARSIFAL TROPEZÓ CON EL CASTILLO DEL GRIAL Y TUVO UNA VISIÓN DE UN REY HERIDO Y DE UN GRIAL, A QUIEN NO PUDO RESPONDER CON LAS PREGUNTAS ADECUADAS. A MENUDO EN LA JUVENTUD SURGE ESPONTÁNEAMENTE UNA VISIÓN DE LA REALIDAD ESPIRITUAL, PERO CARECEMOS DE LA MADUREZ SUFICIENTE PARA COMPRENDER O PREGUNTARNOS LO QUE ESO SIGNIFICA PARA NOSOTROS. AHORA ENCONTRAMOS A PARSIFAL. AÑOS DESPUÉS, TEMPLADO POR SUS LUCHAS Y SUFRIMIENTOS, Y, A LA POSTRE, CAPAZ DE PREGUNTARSE LO QUE EN VERDAD SIGNIFICA EL GRIAL.

 

EL joven Parsifal se alejó cabalgando del Castillo del Grial sin haber comprendido lo que allí había visto. En el bosque halló a una hermosa joven que, al oír que había visitado el Castillo del Grial pero que no había aprendido nada, se horrorizó de su simpleza. «¡Hombre infortunado!», exclamó. «Cuánto se habría conseguido si tan solo hubieras preguntado. El rey enfermo se hubiese curado y todo habría vuelto a su cauce. Pero ahora vendrán nuevas desgracias. Te has comportado neciamente».

Avergonzado, Parsifal continuó su camino. Cierto tiempo después, encontró a otra mujer, pero esta era horrenda de aspecto, como si acabase de salir del infierno. En su mano llevaba un látigo. También ésta reprendió a Parsifal por no haber preguntado sobre el Grial, y le advirtió que habría muchos que sufrirían debido a su egoísmo y estupidez.

Durante cinco años, Parsifal anduvo deambulando y, durante este tiempo, perdió todo recuerdo de Dios. Tan solo buscaba hechos violentos y aventuras curiosas. Un día se encontró con tres caballeros con sus respectivas damas. Iban todos caminando y llevaban vestiduras de penitencia. Estas personas se sorprendieron de que Parsifal anduviera por allí armado en el día de Viernes Santo. ¿Es que no sabía que en este día uno no debía llevar armas? Acababan de ver a un santo ermitaño con quien se habían confesado y del que habían recibido la absolución. Al oír esto, Parsifal lloró y deseó visitar al ermitaño. Después de hallar al anciano, admitió que durante cinco años casi se había olvidado de Dios y no había hecho otra cosa sino daño. Cuando el ermitaño le preguntó por qué, Parsifal le dijo que una vez había visitado al Rey Pescador y había visto el Grial, pero no había hecho preguntas sobre esto. La omisión le había causado tanto pesar que había abandonado su fe en Dios.

El ermitaño, al conocer la historia de Parsifal, le concedió la absolución, y este retomó su camino. Todavía no estaba en posición de formular la pregunta decisiva, pero una vez más había adquirido esperanza.

Después de esto, Parsifal estaba determinado a volver a encontrar el Castillo del Grial con objeto de redimirse de su fracaso anterior. Continuó participando en numerosas aventuras, pero siempre el Grial era lo que dominaba sus pensamientos. Entonces, cierto día, encontró a una damisela sentada bajo un roble. Como había sido amable con ella, esta le dio un anillo que tenía una piedra mágica, lo que le permitiría cruzar un extraño puente de cristal y pasar por un segundo puente peligroso que podía girar sobre su propio eje. A la mañana siguiente, perdido en un bosque misterioso, Parsifal oró a Dios para que lo condujera al Castillo del Grial. Siguió cabalgando y, al llegar la noche, divisó a lo lejos un árbol mágico en el que había muchas luces encendidas. Allí encontró a un cazador, que le anunció que se hallaba cerca del castillo que buscaba. Finalmente llegó al castillo. Los sirvientes lo condujeron ante el rey del Grial, que se hallaba sentado en un diván púrpura. En esa ocasión Parsifal contempló al monarca enfermo con compasión, sintiendo dolor por el dolor del rey, apenándose por su largo penar. Cuando le instaron a hacerlo, le presentó humildemente al rey un relato de sus largas aventuras y habló abiertamente de sus fracasos. Por fin, preguntó qué era lo que afligía al rey y, lo más importante, qué era el Grial y a quién servía. Al oír estas palabras, el rey se puso en pie de repente, curado ya, y abrazó a Parsifal. Entonces el rey le reveló que era su abuelo y que viviría solo tres días más, y que entonces Parsifal debería ceñirse la corona y gobernar el reino.

De ese modo Parsifal, que comenzó su viaje siendo joven y necio, por fin comprendió que el Grial era una visión de su propio espíritu inmortal, reconocido únicamente por medio del sufrimiento y la comprensión, y al servicio de la totalidad de la vida; y que, preguntando por último por el significado de esta visión, había redimido su propia oscuridad y había obtenido el derecho de ser un depositario adecuado de la luz.

 

COMENTARIO: En esta historia, el largo y espinoso camino hasta volver a hallar el Castillo del Grial no es seguido por la realización de actos heroicos. Parsifal lo logra paso a paso, a través de los encuentros con las mujeres. Lo que nos habla de algo profundamente importante relacionado con la búsqueda espiritual: que esta no se consigue a través del ascetismo o la negación, sino por medio de la relación. Cualquiera que sea nuestro sexo, es a través del compromiso emocional con los demás como uno comienza a descubrir las prioridades y, a medida que la vida deja atrás la juventud y llega a la edad madura, el remordimiento ante la propia insensibilidad y ante los actos egoístas hace cambiar algo en lo profundo del alma.

A lo largo de los siglos, el mito del Grial ha sido interpretado bajo claves muy distintas, y todas ellas poseen algo de verdad. Desde una perspectiva psicológica, se trata de un viaje interior, y, si bien la creación de la historia original tiene lugar dentro del cristianismo, este viaje interior es compatible con cualquier fe religiosa profunda, ortodoxa o heterodoxa. En realidad se trata de un viaje para descubrir la compasión, que solo puede ocurrir si nos permitimos compartir los sentimientos con los demás y sufrir con aceptación las consecuencias de nuestras acciones. Es la compasión lo que permite a Parsifal responder de forma correcta al rey enfermo, y es la compasión lo que nos permite a todos mirar más allá de nuestras propias preocupaciones, hacia la tierra desierta que nos rodea y ver la necesidad de todos los seres humanos de encontrar algún pequeño rayo de luz con que iluminar sus viajes mortales. El monarca enfermo y el Grial son imágenes que están dentro del mismo Parsifal, pero que también se hallan dentro de nosotros. El rey representa la enfermedad espiritual de la falta de significado, y el Grial es la copa siempre rebosante de la unidad con el resto de la vida, que constituye el único antídoto para esa falta de significado. Disponemos de términos muy diversos para describir la experiencia básica de la compasión, pero quizá la terminología religiosa sea innecesaria. Pues todas nuestras experiencias más transformadoras surgen a partir de ese misterioso sentido de unidad que puede ocurrir cuando compartimos el dolor y infelicidad ajena. En este mito el significado y la compasión aparecen íntimamente vinculados. El rey enfermo se cura al final de esta historia, pero después acepta gustoso la muerte para que la corona pase a su nieto. Esta es, corno ocurre en la historia de Quirón, a quien hemos encontrado anteriormente, otra representación de la muerte como símbolo de transformación. Quien se hallaba herido puede ahora curarse y morir, y quien está renovado y lleno de esperanza puede ahora gobernar sobre las razones de nuestra vida. Por eso, el sufrimiento que experimentamos en vida, que parece ser tan irrevocablemente hiriente, puede desecharse de modo que la vida comience otra vez con un espíritu de esperanza y generosidad.

Es correcto y adecuado que gradualmente, mientras va creciendo en edad, y mientras las experiencias van haciendo que aumente su cansancio y su cinismo, la búsqueda espiritual comienza a reemplazar su anterior determinación a ser un gran caballero y a recibir reconocimiento en el mundo exterior. Por eso nosotros también, llegados al punto en que nos sintamos cansados de acumular posesiones o de esforzarnos tras el triunfo mundano, podemos preguntarnos a qué propósito sirve, en verdad, nuestra vida.

 

 

 

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