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CONDUCTAS DEL NIÑO TIRANO Y CÓMO DECIR «NO»

Los niños llegan sin saber cuáles son las pautas de respuesta ante sus reclamos. De nuestro comportamiento frente a sus demandas dependerá su forma de adaptarse a este nuevo entorno en el que comienzan a crecer.

En los primeros años de vida son los padres los que han de «condicionar» al bebé, no al revés (sin convertirnos con ello en simples adiestradores). Ha de comprobar, consciente o inconscientemente, que no puede vencernos, ni manipularnos. Por ejemplo, partiendo de que el bebé necesita el contacto físico para sentirse seguro, no lo está malcriando si a corta edad lo coge en brazos cuando llora. Hay tiempo ulterior para formarle. Más adelante, ante esta conducta, le dejaremos llorar dos minutos y le cogeremos en brazos, le abrazaremos, le hablaremos y le dejaremos en la cuna y, si vuelve a llorar —para que le cojamos en brazos— repetiremos la acción, pero esta vez esperaremos hasta cinco minutos, y así en todas las conductas que deseemos extinguir.

Aproximadamente a los 18 meses, un niño cobra conciencia de que su «yo» es distinto del mundo circundante (incluyendo a su madre). Comenzará a intentar hacer lo que se le prohíbe —coger un objeto que se le ha negado— y tanteará las reacciones para comprobar hasta dónde puede llegar. No es exactamente un reto —aunque lo parece—, pero necesita ver las consecuencias de sus acciones en las respuestas de los padres. A partir de entonces, cuando le digamos «no», podremos hacer que dicha negativa se cumpla. Es imprescindible que sea compartido por la pareja, se diga con coherencia y se imponga con firmeza. Así comprenderá lo que está permitido y lo que no, apreciará sus propios límites y entenderá que hay normas que debe respetar.

Hacia los 20 meses, el niño comprende que los actos que dañan a los «no yo» están prohibidos. La oposición de los otros y la autolimitación hacen que tome conciencia de sí mismo y de los demás.

Los tres primeros años del niño son fundamentales en el aprendizaje y en las improntas que está adquiriendo y que conforman su personalidad. Es fundamental proponer unas normas básicas de disciplina desde la primera edad para que vaya adquiriendo costumbres que con el tiempo se conviertan en hábitos.

 

Sencillas normas de disciplina

• Obedecer a los padres.

• No pegar a padres, hermanos, amigos.

• No mentir.

• No contestar con malos modos.

• No gritar al enfadarse.

• No interrumpir a los mayores cuando están hablando.

• No romper o estropear cosas de la casa o del colegio.

• No quitar cosas a los hermanos y compañeros.

• Respetar los horarios de comida, cena, estudio, juego, irse a la cama.

• No amenazar a los padres con marcharse de casa.

 

Ir inculcándole buenos hábitos, con horarios (poner la mesa para comer, estudiar, irse a dormir...), será fundamental para que el niño sepa lo que tiene que hacer y lo que se espera de él, así como lo que va a suceder, que será muy distinto si se cumplen las reglas o no.

Igualmente es preciso que desde pequeño aprenda a autodominarse y a aceptar la frustración. Cuando desea algo y no se le concede es frecuente que se desencadene una rabieta. Hay que enseñarle a dominarse, a vencer la rabia, a limitar las manifestaciones de disgusto. Los padres han de responder con calma, pero con absoluta determinación. Han de hablar con el niño, no pegarle, pero ser inflexibles. Explicarle las razones por las que no se satisface su deseo. Ocasionalmente, ignorar la rabieta puede ser eficaz a largo plazo. Las conductas de uno y otros se condicionan por los estímulos que las provocan y las respuestas que se obtienen. Ante las rabietas, refuerzo negativo. Cuando el niño se porta bien, o lo que solicita es propio de su edad, se le otorga, lo que supondrá un refuerzo positivo. Hay que estimular las conductas positivas y desincentivar las negativas desde el primer momento, de lo contrarío el bebé, el niño, el adolescente, el joven, se hace con el mando de la situación y se convierte en víctima de sus apetencias, en un ser sin capacidad de autodominio, transformando a quienes le rodean en esclavos de su tiranía.

La coartada del afecto, el chantaje afectivo, es utilizado por algunos niños para manipular a los padres, los hacen dependientes temporal y afectivamente. Los padres han de manejar las situaciones, no dar o dejar de dar, conceder o no, dependiendo de que el niño manifieste agrado o repulsa. Tienen que saber transmitir que el cariño se da a fondo perdido, que no es egoísta.

Otros niños se niegan a estudiar, a hacer los deberes, les da igual suspender. El fracaso escolar responde en parte a esa falta de estímulo, de esfuerzo, derivada de la cultura del hedonismo en la que vivimos, en la que se les deja hacer a los pequeños. Se intenta obligar, en lugar de motivar. Hay que incentivar la curiosidad. Educar es trasladar a quien no conoce al mundo del conocimiento.

Otra forma de tiranía se refleja en esos niños que piden, reclaman y exigen de todo, cosas y formas de vida. Niños acostumbrados a tener todo lo que piden, y de manera inmediata, con unos padres que cambian su tiempo y atención por cosas materiales. Si a esto añadimos que la televisión cumple muy a menudo funciones de niñera por horas (a veces por muchas horas) y que numerosos anuncios buscan con astucia engatusar a los niños, tendremos un panorama todavía más completo sobre las causas de esta insaciabilidad infantil.

El tiempo y el cariño no se pueden sustituir con nada. Ni se compran ni se venden. Dejémonos de sucedáneos y démosles a los niños lo que de verdad necesitan.

 

 

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