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CÓMO SE VE EL NIÑO DISLÉXICO

Hasta su llegada al colegio (4 o 5 años) su vida no presentaba problemas: podía ser inquieto, curioso, preguntón... A lo mejor le costó un poco más soltarse a andar o empezó a hablar algo más tarde, decía «luenga» en vez de «lengua», pero lo corrigió pronto. Sus problemas empiezan cuanto se incorpora al colegio y aparecen los primeros aprendizajes. No hay forma de entender las letras, no se queda con su nombre y algunas para él suenan igual (p, b) o las ve igual (p, q). Le piden cosas extrañas como que escriba de izquierda a derecha, cuando para él es más fácil escribir de derecha a izquierda. No es capaz de aprenderse la hora o de situarse correctamente en los lugares que le indican. No recuerda los días de la semana o los meses del año.

Le cuesta leer y escribir. Tiene que leer muy lentamente, pararse a pensar en las letras y volver atrás para comprender el significado de una frase. Balbucea: lee lo que no está escrito y se come lo que está escrito. Escribir le produce un gran agobio, le sale mal y lo peor son los dictados, necesita que le repitan una y otra vez.

Se siente fracasado. Intenta hacer las cosas bien, pero no puede, no le sale, se queda el último y, aunque se esfuerza, casi nunca termina sus tareas. El profesor le mete prisa, le dice que tiene que ir más rápido, parece que no le comprende. Los otros niños, y también sus hermanos, lo hacen más rápido y generalmente bien, a veces se burlan de él. Se va aislando, se encierra en su mundo interior y bloquea su mundo de relación. No entiende qué le pasa, se siente inferior, frustrado, deficiente y entristecido.

Sus padres se preocupan. En ocasiones parecen comprenderle, le ayudan y le dicen que no se preocupe. Al llegar las notas, se ven caras largas, reproches e insinuaciones que le comparan con los otros niños, se siente rechazado e incomprendido. ¿De que vale esforzarse tanto? El niño se va sintiendo vencido y abandonado.

Puede ser el esbozo de un fracaso escolar. Es inteligente y sensible. Se esfuerza pero no le sirve de nada. Le echan en cara sus fracasos (padres, profesores, amigos y hermanos). Surge así la conflictividad personal, afectiva y de relación que conlleva la dislexia.

 

 

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