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EFECTOS DE LA SEPARACIÓN EN LOS HIJOS. CÓMO DEBEN ACTUAR LOS PADRES

Los niños, antes, durante y después del proceso de separación, tienen derecho a saber qué ocurre y qué les va a suceder. Desde un posicionamiento positivo se podrá abordar la cuestión sin dañar en demasía a los hijos, que se hallan inmersos en una crisis real (pre-divorcio, divorcio y post-divorcio). En este gran cambio, los adultos (padres) dejan con frecuencia al niño en segundo término, por lo que su autoestima sufre. Añádase que a los ojos del niño es como si fuera a perder a uno de los padres y a la familia extensa de ese «lado familiar» (abuelos, tíos, primos, etcétera). Obviamente todo ello le genera una gran inestabilidad. El niño precisa tiempo para aceptar unos cambios que él no ha propiciado.

Resulta significativo que los padres no entiendan la reacción de los niños. Si éstos son muy pequeños, se sienten culpables de la crisis; si son un poco más mayorcitos, muestran un gran enfado hacia los padres (por no haberles tenido en cuenta) e incluso con ellos mismos. Si se trata de adolescentes, el posicionamiento negativo ante el planteamiento de la separación de los adultos (que tanto sorprende a los padres) es también absolutamente lógico, pues en esa edad es cuando más seguridad y equilibrio precisan.

Siempre se debe escuchar al hijo, sobre todo si tiene 12 años o más, y respetar su criterio, haciéndole partícipe de la situación. Eso sí, tampoco se le debe convertir en el fiel de la balanza ni usar sus argumentos en contra del «otro». Muchas veces, los niños dicen a cada progenitor lo que quiere oír, llegando en ocasiones a falsear la verdad a ambos. Esto no se debe interpretar como una mentira, sino como una necesidad para su supervivencia emocional.

Hay muchas obligaciones que a menudo se incumplen. Ni la separación ni el divorcio eximen de responsabilidades. El juez, dependiendo de los medios económicos con que cuenta cada uno, distribuye la aportación. Si bien el incumplimiento de esta obligación tiene suficiente previsión legal, pues el Código Penal lo sanciona como pena grave, la realidad es que el impago de pensiones sobrecarga de trabajo los juzgados de Familia. No se olvide que, en ocasiones, el incumplimiento del pago de pensión de alimentos repercute de manera grave en la formación de los niños.

El régimen de visitas puede ser cumplido sin excesivos quebrantos, pero ocurre con reiterada frecuencia el funesto trueque de «no me pasas la pensión de alimentos dictada, pues no hay régimen de visitas». También se generaliza una realidad inapropiada: la madre tiene que atender las actividades cotidianas los días laborables, como tareas escolares, duchas, etcétera; mientras que al padre suele tocarle los fines de semana. A veces, el incumplimiento del régimen de visitas lleva a situaciones dramáticas y hasta trágicas, en las que el padre o la madre conducen al niño a la comisaría de policía ante la negativa de éste o ésta a cumplir con la visita establecida. Por último, y dentro de las rigideces egoístas, se llega a extremos del tipo: «En Nochebuena me dejas al niño a las doce en punto y en el portal de casa».

Es fundamental educar en común. Si a la hora de educar siempre es difícil mantener la sintonía entre los padres, tanto más si están separados. Sin embargo, hay que esforzarse al máximo para homogeneizar criterios. A veces un padre pone límites, se muestra autoritario, y el otro adopta el papel de amigo, de progenitor light; estas diferencias afloran en las pequeñas y fundamentales situaciones tales como horarios de salidas, el grupo de amigos, horas que debe pasar el niño ante la televisión, ¿debe ir en vacaciones al campamento... ? Igualmente fundamental es evitar el hablar mal del «otro», culpabilizarle, de lo contrario el adolescente con los años puede mostrarse despectivo con uno o los dos padres. A veces, la crítica cáustica contra el «ex» se vuelve contra uno con el tiempo, como un bumerán. Cuando el padre es muy permisivo, y además habla mal de la madre, si ésta es consentidora, puede provocar que con los años el hijo la agreda.

El proceso de hostilidades de los padres, con continuas recriminaciones y denigraciones, es un paso rápido del amor al odio. En ocasiones, alguno de ellos o los dos tratan de utilizar al hijo como aliado, ocasionándole un gran conflicto de lealtades y una profunda disensión, con sentimientos colaterales de culpabilidad o rechazo. Muchas veces se produce un aprovechamiento perverso de la situación por parte del hijo: «Iré este fin de semana con el que me lleve al cine». También existe, aunque sea sólo en ocasiones, una «utilización bastarda de los niños», un uso atroz de la mentira. Ellos y ellas (insistimos, sólo en casos excepcionales) son capaces de inventar que sus ex, cuando disfrutan del régimen de visitas, abusan sexualmente del niño, o tienen una conducta promiscua, o les hablan de Satán... e inducir al hijo a que confirme dichas mentiras. Un niño no miente cuando dice que ha sido víctima de algún tipo de abuso, pero puede ser inducido (obligado, de hecho) a mentir. Es aquí donde se instaura, por expertos psicólogos, el difícil análisis de la credibilidad de su testimonio, tarea compleja, tanto más si por un mal sistema procedimental el niño o la niña han tenido que contar y revivir muchas veces el hecho traumático. Piénsese en el horrendo sufrimiento que experimenta el niño cuando dice la verdad, y en el aterrado dolor que siente cuando es mentira. El proceso, inequívocamente, está mal planteado. Se puede y se deben aunar dos derechos fundamentales, que son el mejor interés del menor y la presunción de inocencia, pero simplificando y dando inmediatez al procedimiento de niños de los que presuntamente se ha abusado sexualmente. La gravedad de estos casos y las características propias de los niños exigen una intervención inmediata, simple, contradictoria pero exquisitamente delicada.

 

 

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