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LA FIGURA DEL PADRE

Hay padres que adoran a sus hijos, «comprometidos», felices, que los llevan al pediatra, se entrevistan con los profesores, y pasean con ellos. Nunca ha habido padres varones tan preparados e implicados como los de ahora.

Hay «padres light», suaves, incapaces de discutir, de imponer normas, de hacerlas cumplir. No ejercen el papel de padres. Los hijos viven muy cómodos con ellos, pero crecen con carencias, desubicados, desorientados, sin criterios. Satisfechos hasta la náusea, se convertirán en los tiranos que todos conocemos.

Otro grupo de padres varones conforman lo que se puede denominar «padres missing» (desaparecidos), ya sea porque abandonaron el hogar (o fueron expulsados del mismo), o porque están trabajando o se entretienen con los amigos —según dicen ellos, «resolviendo problemas laborales»—. Comodidad, desinterés y miedo a educar son las razones más notorias y reales que laten tras esta actitud. El caso es que no se ocupan ni mucho ni poco de la educación, del tira y afloja, de la constante evolución de alguien que no es que viva bajo «su» techo, sino que es su hijo, una realidad, un presente, una esperanza, que le precisa para ganar en libertad, en autonomía, en autogobierno.

El padre es una figura esencial y no suficientemente valorada. Tiene una función fundamental en la formación de la personalidad futura del hijo y es indispensable para el buen desarrollo de su adolescencia. La sociedad no ha percibido que la ausencia del padre (tanto física como psicológicamente), tan común en la actualidad (hay mucho padre en paradero desconocido o que adopta el papel de «espantapájaros») es uno de los factores primordiales de que parte de la misma se desmorone.

 

 

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