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OBJETIVOS DE LA EDUCACIÓN FAMILIAR

• Educar transmitiendo conocimiento, valores y principios espirituales, éticos y morales. Estos principios son los que se recoge en La Página de la Vida.

Cuando educamos, pedimos a nuestros hijos una serie de conductas y les transmitimos al mismo tiempo los valores que justifican que esas conductas deban producirse de esa manera dentro del entorno familiar. Por ejemplo: a un hijo le pediremos que quite la mesa, porque debe «colaborar» en las tareas familiares, que recoja el baño cuando se ducha, por «respeto» a su hermano, que lo utilizará después... Le educaremos en valores sociales: respeto a los demás y a las normas de convivencia, aceptación de la autoridad. Le ayudaremos a entender a los otros mostrando comprensión y tolerancia, colaboración y participación, sinceridad, cordialidad en la relación, elegancia en las formas... Serán los valores los que den sentido a las normas de convivencia.

Educaremos en aquellos valores y actitudes que faciliten el éxito escolar: respeto al ambiente de trabajo, esfuerzo y constancia en la tarea, motivación por el aprendizaje, interés por los resultados obtenidos, orden y organización, hábito de estudio y de trabajo.

• Definir unas normas de convivencia que regulen el funcionamiento de las distintas actividades que se desarrollan en la familia: las de la mesa o las de la utilización del baño, reglas en la interacción con los hermanos... Estas normas, definidas y consensuadas por los padres, serán las pautas que tengamos para estimular el comportamiento y, a medida que el niño crezca, se irá dando cuenta de qué cosas agradan a papá y a mamá, y querrá hacerlas para sentirse querido y tomado en cuenta. Las normas le ayudarán a aprender los límites de su comportamiento en beneficio de toda la familia.

Por ejemplo:

— Si el niño nace en una familia donde todos tienen competencias definidas y ser responsable es valioso para los padres, se esmerará en ello porque de esta manera les agradará y se sentirá importante.

— Si el niño nace en una familia donde es importante ser ordenado y respetar el espacio personal y las pertenencias de los otros, el niño se esmerará en ser ordenado y respetuoso con las cosas de sus hermanos y de sus padres, porque de esta manera agradará a sus padres, se sentirá parte de la familia y valioso. Si desde que son pequeños les marcamos de forma natural las reglas de funcionamiento familiar y transmitimos a nuestros hijos nuestra satisfacción por las conductas que suponen el acercamiento a la norma, estaremos educando en positivo. Si llegamos a una situación en la que el cumplimiento de las normas se ha complicado, es que hemos fallado en algo, entonces debemos retomar la puesta a punto consensuada de las mismas, ponérselas claras a nuestros hijos, y felicitarles cuando las cumplan y ser inflexibles ante el incumplimiento. Si hemos llegado a una situación que no sabemos reconducir, es fundamental que lo antes posible recurramos a la orientación de un psicólogo.

• La educación debe ser positiva. Una educación basada en continuas regañinas y castigos poco operativos no contribuye más que a crear malestar entre padres e hijos. Para construir una relación positiva es fundamental que se den cuatro elementos: el respeto mutuo (respetar y exigir ser respetado); la estimulación, con cariño, hacia comportamientos buenos que reforzaremos, con lo cual conseguiremos que se repitan; la demostración de amor (cariños, caricias, besos, abrazos, palmaditas en la espalda) que les ayude a sentirse seguros; la dedicación de tiempo para divertirse, «estar juntos bien», etcétera.

Cuando el niño siente que se le tiene en cuenta y que es valioso para su familia, no precisa recurrir a conductas negativas para llamar la atención o expresar su rabia.

Ante el comportamiento negativo de nuestro hijo, debemos detectar qué objetivo persigue con él. Es bueno aplicarnos en la observación. Cuatro son los objetivos fundamentales:

—  ATENCIÓN. Los niños, unos más que otros, necesitan sentir la atención de los padres, y si no la consiguen por vía positiva, la buscarán por vía negativa (para ellos es mejor ésta que ser ignorados). Si ha descubierto que una conducta inadecuada busca su atención, no debe reforzarla prestándosela. Debemos centrar nuestra atención en un comportamiento constructivo.

— PODER. El niño que busca «poder» trata de hacer solamente lo que él quiere, mostrando que es él el que manda. Los padres, a veces, por complacerle, le siguen la pauta. Si ha descubierto que una conducta inadecuada de su hijo busca poder, no entre en la batalla, tenga claro que la autoridad la tiene usted. Si cree que puede perder los nervios, lo mejor es retirarse y volver cuando esté fuerte.

— REVANCHA. Cuando el objetivo de la conducta inadecuada del niño es la revancha, es porque está convencido de que no es querido. Se siente importante sólo cuando puede molestar a otros, tanto como cree haber sido él mismo molestado y también cuando actúa con crueldad y es rechazado por ello. Los padres deben tener cuidado de no ser revanchistas, manteniendo la calma y mostrando buena voluntad.

— DEMOSTRACIÓN DE INSUFICIENCIA. En este caso, el niño responde pasivamente o, simplemente, no responde a nada que los padres hagan. Los padres deben eliminar toda censura y enfocar sus comentarios sobre las buenas cualidades y sobre las potencialidades del niño, deben estimular cualquier esfuerzo hecho por el niño para mejorar, no importa cuan pequeño parezca.

• Debemos dejar que ante una conducta negativa surja su consecuencia natural. Cuando se premia o castiga se está negando a los hijos la oportunidad de tomar decisiones y de responsabilizarse por su comportamiento. Hay que dejar que el niño asuma y tome conciencia de las consecuencias naturales y lógicas de sus acciones. Que entienda que cada acción acarrea consecuencias y que éstas pueden ser agradables o no. De esta manera sabrá elegir en el futuro las conductas socialmente aceptables.

Son consecuencias naturales aquellas que permiten al niño aprender del orden natural del mundo físico (por ejemplo: cuando no se come, se tiene hambre) o de la realidad del orden social (por ejemplo: si no cumplo las reglas del fútbol, los compañeros no me dejarán jugar). Para que las consecuencias sean efectivas, los niños deberán percibirlas como lógicas. Es importante mostrar firmeza y amabilidad. Sea paciente; las consecuencias naturales y lógicas tardan en ser efectivas.

• Favorecer que el hijo llegue a conocer sus cualidades positivas y aquellos pequeños defectos que, como toda persona, tiene. Sólo ayudándole a identificar los fallos los podrá superar. También le debemos transmitir nuestra satisfacción como padres ante las cosas bien hechas y así incentivaremos su afán de superación. De esa manera conseguirá confianza en sí mismo y una correcta autoestima. Si sólo vemos del hijo lo que hace mal, le convertiremos en el «hijo desastre».

 

Educar es, sin duda, una tarea compleja; pero también es aquella que más satisfacciones nos puede producir. Contribuir con todo el amor de padres al crecimiento de los hijos es el cometido más maravilloso que podemos desarrollar; requiere voluntad, pero cuanto más conscientes, perseverantes y coherentes seamos en la acción educativa familiar, mayor será la influencia que ejerzamos en la formación de los hijos y, aunque existan etapas más o menos complejas, el poso de aquélla siempre perdurará.

 

 

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