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CONSEJOS A LOS PADRES / ADULTOS SOBRE LOS PROBLEMAS DE ALIMENTACIÓN DE LOS NIÑOS

Vamos a ver ahora cómo mejorar la autoestima de nuestros hijos, pues será la mejor herramienta que tendrán, ya no solamente para prevenir un trastorno de alimentación, sino para cualquier otra situación ambigua que pueda presentarse durante la adolescencia y el resto de su vida:

• Cada hijo es único, aunque se tenga más de uno, y nuestro papel de padres incluye ayudarles a que potencien lo mejor de sí mismos de la manera más adecuada. Habrá que prestar especial atención a sus cualidades, habilidades y necesidades, y no intentar imponerles las nuestras.

• Muchos padres hoy en día valoran a sus hijos principalmente por el rendimiento escolar. Esto es muy frustrante para el niño, como también lo es para el adulto de unos 50 años que no ha conseguido el prestigio laboral que esperaba si lo que ha aprendido es que su valía depende de ese rendimiento. Esto no es justo, no es proporcionado y no es eficaz. Somos mucho más que un rendimiento escolar o laboral. Somos seres espirituales, somos creativos, somos sociales.

• Hay que fijarse en cómo juega el niño, si es capaz de hacer amigos y mantenerlos, si tiene alguna habilidad especial que no tenga que ver con el rendimiento escolar. Hay que enseñarle a cuidar de su cuerpo y a valorarlo, pues es el vehículo con el que irá consiguiendo objetivos en su vida. Para cada madre, su hijo es el más guapo. Decide si tu hijo es guapo por sus rasgos, por su actitud, o por ambas cosas. El atractivo personal no es sólo una nariz bonita o unas piernas largas.

• Ayúdale a fijarse objetivos, a conseguirlos, a corregirlos, y a saber aceptar los pequeños fracasos cuando éstos ocurren.

• Cada vez que haga una actividad que potencie algo de lo mencionado anteriormente, házselo saber. Y cuando haga lo contrario, hazle saber también que esa conducta no merece ni un minuto de tu atención. No conseguirá lo que quiere con una conducta inadecuada. Tú, sobre todo, no pierdas la calma. Sé firme, pero tranquilo. Estarás ayudando a tu hijo y dándole herramientas para que sea un adulto autónomo, pero tú también estarás aprendiendo mucho sobre ti mismo. Como dice el saber popular: en la vida nos educan dos veces, primero los padres, y luego los hijos.

 

Es importante no olvidar en esta etapa que el niño «está aprendiendo» y que nosotros somos los encargados de enseñarle las conductas más adecuadas. Podemos hacerlo principalmente:

• Siendo un modelo de conducta. A los niños les encantan sus papas y sus mamas y quieren imitarles para ser como ellos. Es una preciosa ocasión que no conviene desaprovechar.

• Aprendemos conductas cuando las «repetimos». Cada uno tiene su proceso de aprendizaje, que no es mejor ni peor, sino distinto. Cuando un niño no realiza una conducta, probablemente es porque no la ha aprendido. En este caso nos olvidaremos de los grandes discursos y de los grandes enfados. El «objetivo» es que realicen la conducta adecuada. El niño no es «bueno o malo» porque no la haga. Simplemente todavía no la ha repetido suficientemente como para integrarla en su repertorio de conductas. Imaginemos por un momento que somos mudos. Nos centraríamos solamente en la ejecución de la conducta que queremos observar con más frecuencia. Así que emplearemos nuestra energía en que lo hagan. Las veces que haga falta. Sin perder la calma, ni la firmeza.

Enseñar, educar a los niños requiere mucha paciencia y cariño. Tén mucha firmeza sin agresividad. Cuando un hijo se equivoca, en lugar de regañarle, podemos enseñarle a encontrar soluciones, a hacerlo de una manera con la que él también se sienta bien.

También es importante enseñarle que hay conductas que no resultan agradables, pero que no queda más remedio que hacerlas. De esta manera le estarás enseñando a tener cierta tolerancia a la frustración, a que las cosas, a veces, no son como nos gustaría, sino que son simplemente como son. Si lo aprenden de pequeñitos, se ahorrarán muchos malos ratos de mayores y, lo mejor, serán adultos muy eficaces y resolutivos.

Cuando le decimos a un niño que no haga algo, muchas veces se nos olvida explicarle cuál es la conducta alternativa esperada. Le decimos «no hagas esto», pero no le decimos «esto se hace así». Aunque sea por enésima vez. Si no lo ha aprendido, sí su cerebro no lo tiene guardado en su almacén de memoria, difícilmente lo reproducirá. La forma de asegurarnos de que la conducta se va integrando en su pequeña cabecita es «que la haga». No hace falta regañar ni humillar. Si es necesario, se explicará despacito, hasta convencernos de que el niño la entiende.

Para asegurarnos de que el niño ha comprendido qué tipo de respuesta se espera de él, podemos:

• Pedirle que nos cuente qué es lo que ha entendido de lo que le acabamos de explicar. Si es capaz de verbalizarlo, quiere decir que lo ha comprendido y, por lo tanto, que es capaz de hacerlo. Sí no la comprende, no la ejecutará

• Darle una o varias conductas alternativas adecuadas. Si no lo hacemos, aunque quisiera cambiar su actitud, no sabría cómo, y su cerebro seguiría ejecutando la única que conoce

 

Ya sabemos que el ser humano se nutre no solamente de comida, sino también de afecto. Si le procuras a tu hijo una buena alimentación, no dejes de lado una buena comunicación, una buena educación, y una buena y sana afectividad.

En cualquier caso, y como último consejo, antes de decirle algo a tu hijo, pregúntate cómo te gustaría que te enseñasen lo que surja en cada situación concreta a ti y que te resultase positivo. Piénsalo bien. Seguro que no te equivocas.

Si después de realizar todo lo anterior, se siguen detectando anomalías en la alimentación del niño, lo más conveniente será acudir al especialista adecuado, que nos irá indicando, dependiendo de cada caso y situación, cuáles son las pautas a aplicar para que se solucione el problema cuanto antes. Esta edad es un momento idóneo para que corrijamos conductas que más adelante podrían resultar difíciles y dolorosas.

 

 

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