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RELACIONES CON LOS HIJOS SEGÚN SU GÉNERO

No es lo mismo tener un hijo que una hija. Las relaciones van a depender del sexo de sus otros hermanos (no es lo mismo ser la hermana mayor de tres varones que de otras tres chicas, por poner un ejemplo) y de la carga de expectativas que ponga cada uno de los progenitores en que el descendiente sea de un sexo u otro.

Es cierto, por otro lado, que hombres y mujeres se relacionan de distinta manera con los hijos, ya sean niñas o niños. En primer lugar, en muchas ocasiones se transmiten de forma muy acusada los roles distintivos del varón y de la fémina, asignándoles papeles marcadamente diferenciados, en ocasiones cayendo en la discriminación. Puede que desde el nacimiento el trato que se da a niños y niñas sea muy distinto.

Un padre se inquieta más si su hijo se pinta los labios que si su hija se dibuja un bigote o se pone unas botas de vaquero. Por otro lado, se dice que los padres varones «babeamos» con las hijas, que «nos ganan» con facilidad, que «vemos por los ojos de la niña» y, como la mayoría de los tópicos, se comprueba que es cierto, encantadoramente real. Cuando su hija se convierte en mujer, el padre vive momentos difíciles, entiende que la está perdiendo; sentir decepción, tristeza o celos son emociones admisibles si no entorpecen la voluntad de emancipación de su hija.

Con el hijo la relación del padre es diferente. Se convierte en el modelo masculino para él, un ideal, y también un rival.

¿Y las madres? Pues a cierta edad se apoyan en las hijas, pero, en ocasiones, muestran su admiración, cuando no predilección, por los varones.

Quizás estos distingos en la relación obedezcan al propio sexo y al atractivo que (mayoritariamente) ejerce el opuesto sobre él. Que la relación con el hijo o la hija sea distinta, no quiere decir que se quiera más a uno que a otro. Hijo o hija, lo importante es que lo son.

Hoy se demuestra el profundo amor a los hijos aun cuando no hayan estado nueve meses en el seno materno. Y se quiere mucho (en ocasiones con una dedicación continua) a los que nacen con problemas.

Se debe tener cuidado con las hermanas mayores, a las que muchas veces se convierte en auténticas niñeras sin sueldo, con la merma de libertad que esto conlleva. Puede delegárseles alguna responsabilidad, pero de forma puntual y sin obligarlas a asumir el rol de «padre sustituto».

Otra cosa distinta es la cuestión de si se quiere igual a todos los hijos. Cuantitativamente quizás, pero cualitativamente es poco probable, pues la relación con cada hijo es diferente. Debemos saber que esto es así y no vivirlo como algo antinatural (siempre y cuando no se produzca una injusticia comparativa).

 

 

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