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LA TERAPIA RACIONAL EMOTIVO-CONDUCTUAL EN LA CONSULTA

La mayor parte de las personas que acuden a la consulta de un psicólogo lo hacen en busca de ayuda para conseguir paliar o eliminar algún tipo de malestar que generalmente les viene acompañando desde hace largo tiempo y que sufren con una intensidad y frecuencia altas, si es que no lo padecen de continuo.

Cuando a estas personas se les pregunta por la razón que les ha traído a la consulta, sistemáticamente suelen referirse en primer lugar a algún estado emocional desagradable, como sentirse tristes, deprimidos, angustiados, preocupados, conmocionados, aterrados, indefensos, desmotivados, profundamente infelices y sin ganas de vivir, iracundos, descontrolados, y el largo etcétera de estados de ánimo negativos que los seres humanos podemos llegar a padecer.

Si a continuación les preguntamos si creen saber por qué se sienten así, la inmensa mayoría de las personas suelen responder que sí, y rápidamente relatan un hecho antecedente —algo que les ha sucedido— o algo que están absolutamente seguros de que les está ocurriendo o irremediablemente les va a suceder.

Es decir, que como en el caso de mi paciente Luis, establecen una relación causa-efecto entre un hecho activador antecedente y un estado ernocional y comportamiento consecuentes.

Ejemplos habituales en una consulta de psicología suelen ser:

• Estoy muy triste y deprimida porque me ha abandonado mi pareja, con la cual llevaba conviviendo cinco años, y no puedo parar de llorar.

• Estoy tremendamente angustiado porque mi hermano tiene cáncer y no dejo de pensar continuamente en ello.

• Me siento indefenso porque no puedo evitar consumir drogas.

• Estoy continuamente irritado y peleado contra el mundo, porque todo me sale mal o de modo diferente a como yo lo había planeado.

• Me paso la vida pendiente de cualquier alteración de mi cuerpo, porque estoy convencido de que voy a contraer una enfermedad grave en cualquier momento...

 

En estos ejemplos y en cualquier otro que pudiéramos haber mencionado es fácil constatar que, como en el caso de Luis, no todo el mundo reacciona emocionalmente igual, ni acaba actuando del mismo modo. Por ejemplo, no todas las personas que son abandonadas por su pareja se sienten tremendamente tristes, desesperadas y sin ganas de vivir y se pasan el día llorando sin cesar. Aun cuando la experiencia de ser abandonado por una persona a la cual queremos suele ser vivida mayoritariamente como traumática, hay quienes, incluso para su sorpresa, reaccionan mostrándose serenos y son capaces de ponerse en marcha con rapidez, retomando relaciones o aficiones previas al establecimiento de la pareja que acaban de romper, o emprendiendo actividades nuevas con prontitud.

Y sobre todo, aun cuando la mayor parte de la gente se sienta mal ante una ruptura sentimental, lo que está meridianamente claro es que no todas las personas viven una situación como ésa con la misma intensidad de malestar, ni les dura el sufrimiento el mismo tiempo. Hay quien comienza a sentirse bien después de tan sólo unas semanas y quien no se recupera en años, así como hay quien sufre ligeramente y quien lo hace con un padecimiento extremo.

Aunque el hecho haya sido semejante para la mayoría de las personas que han sido abandonadas, los sentimientos de cada cual pueden ser muy distintos, y la respuesta a tal diferencia la encontramos en los variados pensamientos y creencias de las personas.

Cuando pregunto en el ámbito de mi consulta a un paciente destrozado emocionalmente por una ruptura sentimental qué es lo que piensa respecto de lo que le ha sucedido, la respuesta suele ser invariablemente algo así como: «Pues que es terrible. Que es lo peor que me podía pasar en la vida. Que yo le/la quiero y no puedo vivir sin él/ella. Para mí la vida sin él/ella no tiene ningún sentido y estoy seguro de que no lo voy a poder soportar».

Sin embargo, en distintas ocasiones he tenido la oportunidad de coincidir con personas que, habiendo sido igualmente dejadas por sus parejas, no mostraban un especial malestar ante tal hecho. Cuando les he preguntado por lo que pensaban de su situación, normalmente las respuestas han ido en la línea de: «Pues qué le vamos a hacer, tampoco es el fin del mundo. ¿Quién me dice a mí que no voy a encontrar a alguien mejor que él/ella? Más se perdió en Cuba. Hay muchos peces en el mar...». E incluso hay personas que me han relatado haber sentido una extraña y gratificante sensación de libertad y bienestar, pensando que su vida les vuelve a pertenecer al cien por cien, y que ahora no tienen que dar cuentas a nadie de lo que hacen o dejan de hacer.

 

 

 

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