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LA CASTIDAD: UNA OPCIÓN SEXUAL DIGNA Y VIABLE EN LA ADOLESCENCIA

Es sabido que están proliferando en Europa y Norteamérica los clubes de virginidad, en donde se reúnen jóvenes de ambos sexos que defienden la castidad en su estilo de vida y la continencia en sus relaciones sexuales. Hay, pues, quien enarbola la bandera de la castidad con el mismo ímpetu que otro empuña el estandarte de la libertad sexual y proclama "haz el amor y no la guerra".

Ciertamente, en la actualidad existen pragmáticos argumentos, basados en los conocimientos científicos -sin tendencia política ni confesional-, que preconizan la castidad en las relaciones entre adolescentes como la mejor prevención de las enfermedades sexuales transmisibles, con especial atención al SIDA. Obviamente, otras profundas razones de índole moral y religiosa inciden en esta opción libre y voluntaria del comportamiento casto.

Para entender la génesis de la castidad hay que apreciar que, al igual que la vida, la sexualidad humana es evolutiva. Uno tiene sexo por el mero hecho de haber nacido; pero, a la vez, la propia sexualidad está por hacer. Mejorarla es una posibilidad excelente que la persona tiene, pero ello implica elevar al máximo las posibilidades de perfección que uno recibe. Es decir, integrar adecuadamente las dimensiones cognoscitiva, afectiva y moral de la sexualidad. La sexualidad, pues, necesita ser guiada para manifestarse en su plenitud adulta, y la frustración del instinto sexual en el niño es una condición previa para el progreso en el desarrollo.

La vida sexual humana se transforma profundamente por la canalización social y la experiencia personal y, por consiguiente, adopta formas distintas bajo distintas condiciones sociales. Quede claro, pues, que las respuestas sexuales humanas no son sólo instintivas sino que están condicionadas a los estímulos socioculturales. Lo que sucede es que, habitualmente, se incurre en el craso error de clasificar el sexo como uno más de los instintos, como el hambre, la sed, etc. Y no se tiene en cuenta que el sexo -extendiéndolo como actividad de relación interhumana- es, además de algo aprendido, producto de la experiencia individual y del ambiente cultural. De esta manera, nosotros sólo heredamos la capacidad para la excitación sexual y el orgasmo, y los patrones sexuales que practiquemos son hábitos adquiridos, preferencias emocionales que hemos aprendido y que están en concordancia con nuestra manera de ser. Siguiendo esta argumentación, ha de quedar bien claro que la castidad es una forma de entender la sexualidad humana de lo más respetable.

La sexualidad es una motivación secundaria, adquirida o aprendida. De lo cual resulta que la necesidad de satisfacción sexual sería un proceso inmerso en la persona sin ser inexorable como el hambre o la sed. Resulta por tanto controlable y posponible. Es importante, pues, que los jóvenes sepan que la virtud de la castidad no busca suprimir o negar la sexualidad, es decir, no es sólo una renuncia en el sentido estricto de la palabra, sino más bien una capacitación de la persona y, en nuestro caso, del adolescente para ordenar su vida pasional de manera que sea verdaderamente dueño de sus deseos.

En conclusión podemos decir que ser capaz de amar y de controlarse uno mismo son dos elementos necesarios para el desarrollo armónico de la sexualidad del adolescente. Pero, para ser capaz de amar, uno ha de haber sido querido, y para ser capaz de controlarse, tiene que haber sido educado en la consciencia, el conocimiento y el control.

 

 

 

 

 

 

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